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      <title>Genero narrativo  by DULCE ROSÍO QUINÁ ICHAJ</title>
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      <pubDate>2024-04-17 22:57:14 UTC</pubDate>
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         <title>Parábola del hijo pródigo</title>
         <author>dulcequina</author>
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         <description><![CDATA[<p>11 También dijo: Un hombre tenía dos hijos; 12 y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes. 13 No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente. 14 Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle. 15 Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos. 16 Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba. 17 Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! 18 Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. 19 Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros. 20 Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó. 21 Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo. 22 Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. 23 Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; 24 porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse.</p><p><br/></p><p>25 Y su hijo mayor estaba en el campo; y cuando vino, y llegó cerca de la casa, oyó la música y las danzas; 26 y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. 27 Él le dijo: Tu hermano ha venido; y tu padre ha hecho matar el becerro gordo, por haberle recibido bueno y sano. 28 Entonces se enojó, y no quería entrar. Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase. 29 Mas él, respondiendo, dijo al padre: He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos. 30 Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo. 31 Él entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. 32 Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado.</p>]]></description>
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         <pubDate>2024-04-17 23:01:58 UTC</pubDate>
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         <title>La casa donde murió</title>
         <author>dulcequina</author>
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         <description><![CDATA[<p>- I -</p><p><br/></p><p>Camino del pueblo de B..., situado cerca de la capital de una provincia cuyo nombre no hace al caso, íbamos en un carruaje, tirado por dos mulas, Cristina, su madre, Fernando el prometido de la joven, y yo.</p><p><br/></p><p>Eran las cinco de la tarde, el calor nos sofocaba porque empezaba el mes de Agosto, y los cuatro guardábamos silencio. La señora de López rezaba mentalmente para que Dios nos llevase con bien al término de nuestro viaje; Cristina fijaba sus hermosos ojos en Fernando que no reparaba en ello, y yo contemplaba la deliciosa campiña por la que rodaba nuestro coche.</p><p><br/></p><p>Serían las seis cuando el carruaje se —4→ detuvo a la entrada del pueblo; bajamos y nos dirigimos a una capilla donde se veneraba a Nuestra Señora de las Mercedes, a la que la madre de Cristina tenía particular devoción. Mientras esta señora y su hija recitaban algunas oraciones, Fernando me rogó que le siguiera al cementerio, situado muy cerca de allí, donde estaba su padre enterrado. Le complací y penetramos en un patio cuadrado, con las tapias blanqueadas, y en el que se observaban algunas cruces de piedra o de madera, leyéndose sobre lápidas mortuorias varias inscripciones un tanto confusas. En un rincón vi a una mujer arrodillada, en la que mi compañero no pareció fijarse al pronto.</p><p><br/></p><p>Me enseñó la tumba de su padre, que era sencilla, de mármol blanco, y comprendí que no era únicamente por verla por lo que el joven había llegado hasta allí. Observé que buscaba alguna cosa que no encontraba, hasta que vio a la mujer, que era una vieja mal vestida y desgreñada, que le estaba mirando atentamente. Fernando bajó los ojos, y ya iba a alejarse, cuando la anciana se levantó y le llamó por su nombre, obligándole a detenerse.</p><p><br/></p><p>-¿Qué desea V., madre María? -la preguntó en un tono que quería parecer sereno.</p><p><br/></p><p>—5→</p><p>-Lo de siempre -contestó la vieja, en cuya mirada noté cierto extravío-, preguntarte en dónde has ocultado a mi niña. Diez años hace que te la has llevado, bien lo sé, y hoy me han dicho en el pueblo que vienes aquí para celebrar tu boda con otra.</p><p><br/></p><p>-No ignora V., madre María, que su hija murió hace diez años y que yo pagué su entierro para que su hermoso cuerpo descansase en este campo-santo. A mi vez le pregunto: ¿dónde se encuentra la tumba de la pobre Teresa?</p><p><br/></p><p>-¿Acaso lo sé yo? Un día vine aquí, busqué la cruz que me indicaba el lugar donde me decían que estaba ella, y ¿sabes lo que vi? Un hoyo vacío, y un poco más lejos la tierra recientemente removida. Había cumplido el plazo, y como nadie cuidó de renovarlo y pagar, aquel rincón no pertenecía ya a mi hija y la habían echado a la fosa donde arrojan a los pobres, a los que entierran de limosna.</p><p><br/></p><p>-¡Pero eso es una infamia! Yo envié dinero para esa renovación -exclamó Fernando.</p><p><br/></p><p>-No digo que no, pero la persona a quien tú escribiste estaba gravemente enferma, en dos meses no abrió tu carta y entonces ya era tarde.</p><p><br/></p><p>El joven bajó la cabeza y no replicó.</p><p><br/></p><p>—6→</p><p>-¿Con quién te casas? -le preguntó la vieja.</p><p><br/></p><p>-Con la señorita Cristina López.</p><p><br/></p><p>-¿Y cuándo te casas?</p><p><br/></p><p>-Dentro de tres días.</p><p><br/></p><p>-Eso será si Teresa lo consiente; ella es tu desposada y no tardará en venir a buscarte.</p><p><br/></p><p>-Madre María -dijo con tristeza el joven-, Teresa no puede venir; los muertos no salen de los sepulcros.</p><p><br/></p><p>-Ya me lo dirás mañana temprano; por hoy vete en paz.</p><p><br/></p><p>-Adiós -murmuró Fernando, dirigiéndose hacia la salida del cementerio, donde yo le seguí.</p><p><br/></p><p>-Sin duda te habrá extrañado lo que acabas de ver y oír -me dijo apenas estuvimos fuera-; pero no será así cuando te cuente esa historia de los primeros años de mi juventud, que deseo conozcas en todos sus detalles. Vamos ahora con Cristina y su madre, que sin duda nos esperan ya; y luego, mientras ellas visitan la casa que hemos de habitar y en la que está mi tía, la futura madrina de mi boda y por la que hacemos hoy este viaje, lo sabrás todo.</p><p><br/></p><p>Cristina y su madre nos esperaban, en efecto, y juntos nos dirigimos a casa de la tía de Fernando, que estaba situada en la plaza del pueblo, haciendo esquina —7→ a una calle estrecha y sombría, en la que, sin saber por qué, entré con una profunda tristeza.</p><p><br/></p><p>La tía del joven no me agradó; era una señora de unos cincuenta años, alta, delgada, con ojos grises muy pequeños, nariz larga que se inclinaba hacia su barba puntiaguda, y cabellos casi blancos recogidos en una gorra de color oscuro. Estaba muy enferma, y como había servido de madre a Fernando, este había suplicado a la señora de López que la boda se celebrase en el pueblo, para evitar a su tía las molestias de un viaje que, aunque corto; hubiera sido sumamente penoso para ella.</p><p><br/></p><p>Mientras Cristina y las dos señoras visitaban la casa y recibían a los numerosos amigos que acudieron al saber su llegada, Fernando, que se había obstinado en no subir al piso superior, me llamó, me hizo sentar a su lado, y empezó la prometida historia en estos términos:</p><p><br/></p><p>-Hace once años, cuando solo tenía yo veinte y había acabado la carrera de abogado en Madrid, mi padre me envió una temporada a este pueblo para que hiciese una visita a su única hermana, que es esa señora a quien acabas de ver. Era yo huérfano de madre, me había educado sin sus consejos, lejos también de mi padre, al que retenían fuera de su casa —8→ constantes ocupaciones; así es, que puedo asegurar que desconocía casi totalmente lo que eran los goces de familia. Aunque heredero de una mediana fortuna, no debía entrar en posesión de ella hasta mi mayor edad; tenía muchos compañeros de estudios, pero ningún amigo; por lo tanto, excusado es decir que, hallándome casi solo en el mundo, me apresuré a aceptar con júbilo lo que mi padre me proponía, poniéndome en camino para este pueblo con el alma inundada de dulces emociones. ¿Correspondió esto a lo que yo esperaba? Seguramente no. Mi tía, a la que no veía desde niño, me fue al pronto repulsiva, por más que se mostrara desde luego cariñosa y tolerante conmigo; el pueblo me pareció triste, a pesar de sus jardines y de las pintorescas casitas que hay en él; sus habitantes poco simpáticos, aunque todos me saludaban con afecto. Me dediqué a la caza, estudié un tanto la botánica, y así se pasó un mes, durante el cual llegué a reconciliarme con mi tía, con el pueblo y con sus moradores.</p><p><br/></p><p>Una mañana, al volver a casa, encontré, al pasar por una de las habitaciones, a una muchacha de quince a diez y seis años, a la que nunca recordaba haber visto, cosiendo con el mayor afán. Al oír mis pasos alzó la cabeza, y aunque la —9→ bajó de nuevo casi en seguida, no fue tan pronto para que no hubiera observado que tenía una frente blanca y pura que adornaban hermosos cabellos castaños, ojos pardos que lanzaban miradas francas o inocentes, una boca pequeña, una nariz más graciosa que perfecta y unas mejillas coloreadas por un suave carmín. No le dirigí la palabra; pero pregunté a un criado quién era, sabiendo por él que venía a coser casi todos los días a casa de mi tía Catalina, que era huérfana de padre, que mantenía a su madre enferma, de la que era el único sostén, pues había perdido a sus tres hijos mayores, no quedándole más amparo y consuelo que aquella niña. La historia me interesó; yo era joven, la muchacha hermosa, no habíamos amado nunca; empezamos a hablar, sin que mi tía lo advirtiese, y acabamos por adorarnos. Teresa no había recibido una educación vulgar; hasta los doce o trece años había estudiado en el convento de religiosas del pueblo, saliendo de él a la muerte de su padre, acaecida hacía cuatro años.</p><p><br/></p><p>No sé quién refirió a mi tía nuestros amores; ello es que los supo, que me amonestó con dureza, amenazándome con hacerme marchar a Madrid, después de escribírselo todo a mi padre; y desde entonces la joven no volvió a mi casa, y —10→ tuve diariamente que saltar las tapias de su jardín para verla y hablarla sin que su madre lo advirtiera, pues también se oponía a nuestras amorosas relaciones.</p><p><br/></p><p>Así estaban las cosas, cuando hace poco más de diez años caí gravemente enfermo, atacado de unas calenturas contagiosas. Mi tía se alejó de mí, los criados se negaron a asistirme, y entonces María y Teresa se ofrecieron a ser mis enfermeras, no pudiendo oponerse mi tía a ello porque mi estado era cada vez más alarmante y exigía continuos cuidados.</p><p><br/></p><p>Desde el momento en que Teresa estuvo a mi lado sentí un dulce bienestar, la fiebre desaparecía por instantes; pero se me figuraba ver que las mejillas de mi amada tomaban tintes rojizos, que sus labios estaban comprimidos y ardientes, que sus ojos brillaban con un fuego extraño. La enfermedad que huía de mí, se iba apoderando de ella, y era mi mismo mal el que la devoraba.</p><p><br/></p><p>-¿Qué tienes? -le pregunté.</p><p><br/></p><p>-He pedido tanto a Dios que salvase tu vida a costa de la mía -murmuró la joven-, que me parece que por fin se ha dignado escucharme y me voy a morir antes que tú.</p><p><br/></p><p>Aquello era cierto; por la noche Teresa se agravó tanto, que no pudo volver a su casa, y mi tía le ofreció su cuarto —11→ y su cama para que descansase; entonces estaba profundamente agradecida a los tiernos cuidados de la joven.</p><p><br/></p><p>Excusado es decir que doña Catalina pensaba renunciar para siempre a su habitación y a su lecho, temiendo el contagio de la enfermedad.</p><p><br/></p><p><br/></p><p><br/></p><p><br/></p>]]></description>
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         <pubDate>2024-04-17 23:06:11 UTC</pubDate>
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         <title>Tío Tigre y Tío Conejo</title>
         <author>dulcequina</author>
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         <description><![CDATA[<p>Una calurosa mañana, se encontraba Tío Conejo recolectando zanahorias para el almuerzo. De repente, escuchó un rugido aterrador: ¡era Tío Tigre!</p><p>—¡Ajá, Tío Conejo! —dijo el felino—. No tienes escapatoria, pronto te convertirás en un delicioso bocadillo.</p><p>En ese instante, Tío Conejo notó unas piedras muy grandes en lo alto de la colina e ideó un plan.</p><p>—Puede que yo sea un delicioso bocadillo, pero estoy muy flaquito —dijo Tío Conejo—. Mira hacia la cima de la colina, ahí tengo mis vacas y te puedo traer una. ¿Por qué conformarte con un pequeño bocadillo, cuando puedes darte un gran banquete?</p><p>Como Tío Tigre se encontraba de cara al sol, no podía ver con claridad y aceptó la propuesta. Entonces le permitió a Tío Conejo ir colina arriba mientras él esperaba abajo.</p><p>Al llegar a la cima de la colina, Tío Conejo gritó:</p><p>—Abre bien los brazos Tío Tigre, estoy arreando la vaca más gordita.</p><p>Entonces, Tío Conejo se acercó a la piedra más grande y la empujó con todas sus fuerzas. La piedra rodó rápidamente.</p><p>Tío Tigre estaba tan emocionado que no vio la enorme piedra que lo aplastó, dejándolo adolorido por meses.</p><p>Tío Conejo huyó saltando de alegría.</p><p><br/></p>]]></description>
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         <pubDate>2024-04-17 23:07:59 UTC</pubDate>
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         <description><![CDATA[<p><strong>Épica de Gilgamesh – Anónimo</strong></p><p><em>Escena de caza de la epopeya de Gilgamesh</em></p><p>A menudo se considera como el trabajo de literatura más antiguo que ha sobrevivido hasta la Edad Moderna; tiene más de 4000 años.</p><p>Se compuso en la antigua <a rel="noopener noreferrer nofollow" href="https://www.lifeder.com/cultura-mesopotamica/">Mesopotamia</a> y narra la historia del rey Gilgamesh (basado en un rey de Asiria), quien se embarca en una búsqueda por la vida eterna.</p><p>Gilgamesh confronta temas comunes a este género, como la división humano/deidad, la mortalidad, la seducción y el legado.</p><p>Como un joven dios rey, sus prácticas arrogantes causan problemas a la población hasta que Endiku, un salvaje creado por un dios, enfrenta su poder.</p><p>Esta epopeya sigue los pensamientos del rey después de la muerte de Endiku. Trata sobre cómo convertirse en humano, con un gran énfasis en la inmortalidad</p>]]></description>
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         <pubDate>2024-04-17 23:10:07 UTC</pubDate>
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         <author>dulcequina</author>
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         <description><![CDATA[<p>a cronografía es una <strong>figura retórica de descripción que se centra en comentar de manera detallada un momento o un periodo</strong>. Por ejemplo, se puede describir un momento del día, una estación, un mes, una festividad o una época. Parte de un texto.</p><p><br/></p>]]></description>
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         <pubDate>2024-04-17 23:11:49 UTC</pubDate>
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         <author>dulcequina</author>
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         <description><![CDATA[<p>Todos se sorprendieron cuando lo vieron llegar porque era gigante, medía más de quince metros, tenía el cabello largo y dorado como el sol, los ojos almendrados, la cara redonda y las cejas muy tupidas.<br><br></p><p><br/></p>]]></description>
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         <pubDate>2024-04-17 23:12:38 UTC</pubDate>
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         <title>De El viejo y el mar de Ernest Hemingway</title>
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         <description><![CDATA[<blockquote><p>“En la oscuridad el viejo podía sentir venir la mañana y mientras remaba oía el tembloroso rumor de los peces voladores que salían del agua y el siseo que sus rígidas alas hacían surcando el aire en la oscuridad. Sentía una gran atracción por los peces voladores que eran sus principales amigos en el océano. Sentía compasión por las aves, especialmente las pequeñas, delicadas y oscuras golondrinas de mar que andaban siempre volando y buscando y casi nunca encontraban, y pensó: las aves llevan una vida más dura que nosotros, salvo las de rapiña y las grandes y fuertes.»</p><p><br/></p></blockquote>]]></description>
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         <description><![CDATA[<ul><li><p>El dueño del hotel tenía cincuenta años, el pelo canoso y todas las mañanas pasaba por el hotel para ver que el trabajo funcionara bien, porque era un hombre que se preocupaba por cuidar su negocio.</p><p><br/></p></li></ul>]]></description>
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         <pubDate>2024-04-17 23:15:17 UTC</pubDate>
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         <title>«A un hombre de gran nariz», de Francisco de Quevedo (1647)</title>
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         <description><![CDATA[<p><em>Érase un hombre a una nariz pegado,</em><br><em>érase una nariz superlativa,</em><br><em>érase una alquitara medio viva ,</em><br><em>érase un peje espada muy barbado.</em></p><p><em>Era un reloj de sol mal encarado,</em><br><em>érase un elefante boca arriba,</em><br><em>érase una nariz sayón y escriba ,</em><br><em>era Ovidio Nasón más narizado.</em></p><p><em>Érase un espolón de una galera,</em><br><em>érase una pirámide de Egipto,</em><br><em>las doce Tribus de narices era.</em></p><p><em>Érase un naricísimo infinito,</em><br><em>frisón archinariz, caratulera</em><br><em>sabañón garrafal, morado y frito.</em></p><p><br><br></p><p><br/></p>]]></description>
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         <pubDate>2024-04-17 23:18:24 UTC</pubDate>
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