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      <title>HIPERTEXTUALIDAD by JANYS ANDREA ROMERO PACHECO</title>
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      <description>PERTENEZCO AL TALLER 08</description>
      <language>en-us</language>
      <pubDate>2021-12-08 00:34:15 UTC</pubDate>
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         <title>CALIGRAMA </title>
         <author>janysromero</author>
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         <description><![CDATA[]]></description>
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         <pubDate>2021-12-08 00:37:33 UTC</pubDate>
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         <title>TEXTO BASE</title>
         <author>janysromero</author>
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         <description><![CDATA[<div><strong>LA NOCHE DE LOS FEOS<br></strong><br></div><div>Mario Benedetti&nbsp;<br><br></div><div>Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia. Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro. Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía, pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos - de la mano o del brazo - tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas. Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura. Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal. Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente. La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó. La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculo mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo. Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo. "¿qué está pasando)", le pregunté. Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma. "Un lugar común", dijo. "Tal para cual". Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo. "Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?" "Sí", dijo, todavía mirándome. "Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida." "Sí." Por primera vez no pudo sostener mi mirada. "Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo." "¿Algo cómo qué?" "Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad." Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas. "Prométame no tomarme como un chiflado." "Prometo." "La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?" "No." "¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?" Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata. "Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca." Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico. "Vamos", dijo. No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse. Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron. <strong>En ese instante comprendí que debía arrancarme ( y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado</strong>. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso. Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad, mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas. Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra<strong>. Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices</strong>. Luego me levanté y descorrí la cortina doble<br><br></div>]]></description>
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         <pubDate>2021-12-08 00:38:16 UTC</pubDate>
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         <title>CARTA A MI MADRE</title>
         <author>janysromero</author>
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         <description><![CDATA[<div>Querida Madre ….<br><br></div><div>Sé que ha pasado un tiempo desde que no te escribo, sé que te ha estado matando la incertidumbre de cómo le está yendo la vida a tu hijo, déjame decirte que está quemadura que me acompaña ya no me hace sentir excluido de este mundo, poco a poco esta mentira que creado con el tiempo se ha derrumbado, he arrancado todo esto de lo que creía que era, también le he arrancado todo lo que creía que era a una mujer con el mismo infortunio que yo, me he cansado de vivir marginado por el mundo de los bien parecidos, por las caras bonitas y cabellos lisos, he dejado todo odio hacia mí mismo, de este ser que tanto aborrecía, qué tanto le daba miedo aceptarse, que estaba ciego y hambriento de entendimiento. No es que tú no me hayas consolado, pero ahora puedo sentir una caricia sin que de por medio existan lástima o asco.<br><br></div><div>Ese día que debíamos ir a comer juntos, cambió completamente mi desastrosa vida, te debo confesar que me canse de ser acongojado por mis inseguridades, me arme de valor y decidí salir una noche, escondido en la oscuridad, hasta que mi divago me llevo a ir al cine.<br><br></div>]]></description>
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         <pubDate>2021-12-08 00:42:23 UTC</pubDate>
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         <title>MASCARAS</title>
         <author>janysromero</author>
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         <description><![CDATA[<div>Ella solo entro a la habitación y se sentó a los pies de la cama, yo solo la contemplaba, aun cuando tantos meses pasaron, en todos estos meses que me cambiaron, recuerdo la primera vez que nos miramos, con insolencia y total curiosidad el uno por el otro, no podría definirse como amor, eso si que no, eso fue después, solo el asombro de que dos fealdades se juntaran parecía cosa del destino, no solo trate de aferrarme a ella, <strong>trate de arrancar todo lo que creíamos que éramos en ese entonces</strong>, solo era una mentira bien cimentada, con todos los muros que se fortalecieron al pasar de los años, cada uno construyéndolos para sentirse protegido en su penumbra, como desentendidos, pobres infelices.&nbsp;<br><br></div><div>Conocimos los escrúpulos de nuestras vidas, como nos ensañábamos ante esos seres que nos convertían en un espectáculo, risas y murmullos, crecimos alrededor de eso, era lo único que se podía tener con claridad al nuestro entorno, los odiábamos, seres estúpidos, pero con el paso del tiempo dejamos de odiarlos terriblemente, nuestra desgracia era irremediable de nosotros, sin olvidar el poco gozo que tuvimos de ser bien parecidos, nos dimos cuenta que nos deshicimos de la estupidez que traía consigo la belleza, caras bonitas y mentes huecas solía pensar.<br><br></div><div>Hoy puedo decir que ya no me siento así, su pómulo hundido ya no es algo que vea diferente y se que mi ferviente quemadura ya no me distingue más, ella podía mirarme de una manera tan especial, ya no sentía ese asco estremecedor por mi infortunio.&nbsp;<br><br></div><div>“Es como si usáramos máscaras, ¿verdad?” dijo mientras me miraba ávidamente<br><br></div><div>“Me siento perteneciente a este mundo” respondí<br><br></div><div>No solo había dejado de desear el rostro asimétrico digno de mi obsesión desde que ocurrió lo de mi quemadura, podía volver a sentir una caricia sin lastima, ni asco, mucho menos era el tan silencioso cariño de mi madre, dudaba de dejar de sentirme el espectáculo de los demás por primera vez, mi falsa felicidad, se desplomo, poco a poco se zambulló en la incertidumbre de poder disfrutar de esta mascara, si debería o no, las dudas aun me atormentaban, pero ella se veía feliz, ya no éramos los de antes en ese mundo marginado, en el que fue un milagro habernos encontrado, nos complementamos, la verdad hiriente se convertía en consoladora, hasta podría decir que motivadora, me sentí uno de esos seres con los que podía compartirse el mundo.<br><br></div><div>Se acerco lentamente a mí, deslizándose entre la cama, no me sorprendió cuando me acaricio, el coraje que antes precarizaba en mí desapareció, pude entrever mi mano entre su pelo, podía admirar la belleza que antes no notaba en sus facciones, estaba ciego por la fealdad que creía tener, dejé mi antigua mascara atrás y me puse una nueva, entendí que la belleza no era más que el encanto de un instante, la belleza que llevaba ella consigo, más allá de lo físico, era arrasadora. La belleza que tenía en mí recién iba empezar a cimentar.<br><br></div>]]></description>
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         <pubDate>2021-12-08 00:44:15 UTC</pubDate>
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         <title>AUTOR</title>
         <author>janysromero</author>
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         <description><![CDATA[<div>MARIO BENEDETTI<br>Poeta, novelista, dramaturgo, cuentista y crítico uruguayo perteneciente a la Generación del 45. La literatura ciudadana es el medio que tiene <strong>Benedetti</strong> para comunicarse con sus lectores</div>]]></description>
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         <pubDate>2021-12-08 02:14:26 UTC</pubDate>
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