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      <title>Mi padlet sofisticado by Nayla Palacios</title>
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      <description>Hecho con extravagancia</description>
      <language>en-us</language>
      <pubDate>2021-05-26 04:08:55 UTC</pubDate>
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         <title>EL RÍO DE LA PLATA 1.776-1.914 DESARROLLO CIENTÍFICO Y CULTURAL</title>
         <author>naylapalacios57</author>
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         <description><![CDATA[]]></description>
         <pubDate>2021-05-26 04:16:21 UTC</pubDate>
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         <title>El virreinato del río de la plata</title>
         <author>naylapalacios57</author>
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         <description><![CDATA[<div>La creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776 transformó las condiciones sociales y culturales de la zona más austral del Imperio hispánico en América. Se estableció una administración sólida y consistente -el Virrey y los Gobernadores Intendentes-, con el propósito de defender el territorio, controlarlo eficazmente y hacerlo progresar. Este impulso se sintió sobre todo en Montevideo, donde se crea la flota de guerra, y en Buenos Aires, la capital y a la vez el puerto de ese espacio político y económico, que incluía al Alto Perú y sus minas de plata. El puerto de la plata, tuvo un importante comercio, que fue pasivo hasta que las dificultades políticas y navales de España, notorias desde 1795, permitieron a los comerciantes porteños tener un estilo mercantil activo y autónomo. El dinamismo comercial de Buenos Aires estimuló la explotación ganadera, que consistía en la matanza de animales cimarrones en las llanuras de Entre Ríos y la Banda Oriental, para exportar los cueros. Se trataba de una actividad con mínimos requerimientos técnicos, adecuada para una sociedad primitiva, que creció al margen de las convenciones sociales, donde blancos pobres, indios y negros se mezclaron libremente. En el Interior del Virreinato, en cambio, la sociedad se organizó según las líneas de castas, y fue más estable y ordenada. Las actividades económicas -agricultura de escala reducida, ganadería, artesanías- se desarrollaron, orientadas a las necesidades de consumo del Alto Perú. La sociedad decente se concentraba en las ciudades, que eran centros comerciales y administrativos.<br><br></div><div>En las décadas finales del siglo XVIII se manifiesta una renovación cultural, coincidente con las ideas de los tiempos, pero dirigidas a la cultura establecida. No hubo una brusca irrupción de novedades, sino un calmo procesamiento, que fue dotando de nuevos contenidos a la cultura escolástica. El centro cultural tradicional era la Universidad de Córdoba, fundada a principios del siglo XVII y administrada por los jesuitas hasta su expulsión en 1767. Los sucedieron los franciscanos primero, y desde 1800 se hizo cargo el Obispado. En Córdoba se estudiaba teología, y la enseñanza pasaba por la doble censura eclesiástica y política, que permitió que las nuevas ideas fueran abriéndose paso, de manera moderada y dosificada, en el marco del aristotelismo, comenzó a hablarse de la nueva física, la de Descartes y Newton, que aunque solo fuera para criticarla. En 1801 el rector fray Sullivan decidió comprar un "laboratorio" de física experimental, compuesto de diversas "máquinas". El Cabildo de Córdoba negó la autorización, argumentando que en la Universidad debía enseñarse teología, aunque admitió que podía desarrollarse la física teórica. En cambio, el rector recibió el apoyo franco de las más importantes autoridades administrativas, incluyendo al Virrey, que apoyaron la enseñanza de la física experimental. Esta incorporación graduada del siglo se dio en Montevideo, donde en 1787 se estableció una cátedra de filosofía en el Colegio Franciscano, y sobre todo en Buenos Aires; desde 1771 se hacían allí gestiones para fundar una Universidad, y superar así la situación de inferioridad frente a Córdoba o Charcas. Según el Cabildo de Buenos Aires, la nueva Universidad debía incorporar, entre otras cosas, la enseñanza de la física moderna, apartándose de Aristóteles. La oposición de Córdoba impidió la creación de la Universidad porteña, pero en 1773 se fundaron los Reales Estudios, de nivel primario, y en 1783 el Real Colegio de San Carlos, donde estudiaron los futuros próceres de la Revolución. Sin embargo, no fue allí donde tomaron contacto con las nuevas ideas, salvo algunos agregados de modernidad, la enseñanza se ajustó a los criterios, ciertamente flexibles, de la escolástica&nbsp;<br><br></div><div>La renovación intelectual cobró impulso desde 1790. Influyó la apertura comercial de Buenos Aires, la llegada de libros y de periódicos españoles, que comentaban las nuevas ideas, y también los viajes de estudio de algunos jóvenes, como Belgrano, en 1802 comenzó a editarse el Telégrafo Mercantil, primer periódico rioplatense. Al igual que en la España de Carlos III, circulaban las nuevas ideas, había un nuevo público atento a ellas, y sobre todo un grupo de activistas y militantes. No eran ideas subversivas. La monarquía y la Iglesia compartían la aspiración de los ilustrados a la realización de la felicidad del pueblo, y estos contaban con tan poderoso apoyo para llevar adelante sus ideas. Tal era, particularmente, la posición de Manuel Belgrano, designado en 1794 por el Rey como Secretario del Consulado, desde donde llevó adelante una intensa acción renovadora. Belgrano y sus amigos creían que no se trataba de inventar nuevas ideas sino de adecuar algunas de las que estaban en boga en Europa. Siguiendo las lecciones de la fisiocracia, debía fomentarse la agricultura, identificada con la civilización, y crear así una alternativa al fuerte desarrollo ganadero que ya se vislumbraba. Hipólito Vieytes difundió esas ideas desde el Semanario de Agricultura, fundado en 1802, y las continuó Belgrano en el Correo de Comercio, que empezó a aparecer a principios de 1810. También el comercio con todo el mundo se asociaba con la apertura, la circulación de ideas y la civilización, al inaugurar en 1816 la Biblioteca Pública de Montevideo. En este aspecto, los intereses de los ilustrados coincidían con los de los comerciantes porteños, por entonces lanzados a arriesgadas operaciones comerciales o empresariales, como fue el caso del mismo Lavardén, que dirigió el primer saladero rioplatense, en la Banda Oriental<br><br></div><div>En Buenos Aires, a diferencia de Córdoba, las inquietudes culturales o científicas se relacionaron pronto con las necesidades más inmediatas de la sociedad: el saber científico era apreciado en tanto ayudaba a resolver los problemas prácticos. En 1798 se creó el Protomedicato de Buenos Aires, para habilitar a quienes ejercían la medicina, ocuparse de atender los problemas de la salud pública -como la vacunación contra la viruela- y formar nuevos médicos. En 1801 comenzó la enseñanza de la medicina, a cargo de Cosme Argerich, y en 1808 se graduó la primera camada de médicos, de destacada actuación posterior. En 1799, por iniciativa del Consulado, se creó una Escuela de Dibujo, que se cerró poco después, y otra de Náutica, donde tuvo amplio desarrollo la enseñanza de las matemáticas y de los métodos experimentales. La Escuela debía combinar la enseñanza científica con la formación de los pilotos reclamados por un activo comercio porteño, que incursionaba por Africa o el Caribe. Ambas iniciativas se interrumpieron como consecuencia de la crisis política que siguió a las invasiones inglesas que desembocó en la ruptura del lazo colonial.<br><br></div>]]></description>
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         <pubDate>2021-05-26 04:24:47 UTC</pubDate>
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         <title>Independencia y guerras civiles, 1810-1852</title>
         <author>naylapalacios57</author>
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         <description><![CDATA[<div>La guerra, muy costosa, originó una aguda penuria económica. Fuera de Buenos Aires produjo depredación de riquezas, tanto en las regiones ganaderas como en los centros urbanos, afectados también por la apertura comercial y, sobre todo, la desaparición del flujo de metales provenientes del Alto Perú, que quedó en manos realistas. Pero también fueron años de efervescencia patriótica y de ebullición de las ideas: en Buenos Aires se tradujo El Contrato Social, se publicó el periódico La Gaceta, al que siguieron otros también destinados a educar al pueblo, y hubo "una feliz revolución en las ideas", de tono más radicalizado en algunos, como Mariano Moreno o Bernardo de Monteagudo, o más moderado, como el Deán Gregorio Funes, que por entonces formulaba el nuevo plan de estudios de la Universidad de Córdoba. Funes admitía la necesidad de ampliar la enseñanza de la física experimental y las matemáticas, pero recomendaba conservar la tradicional escolástica para la metafísica. Belgrano, en cambio, recomendaba enseñar lógica según Condillac, abandonar la metafísica y reforzar los aspectos morales de la religión. La penuria financiera hizo que se interrumpiera la existencia de varias instituciones creadas al fin de la Colonia. Algunas sobrevivieron, adecuadas a las nuevas necesidades militares: el Instituto Médico Militar, o la Academia de Matemática y Arte Militar, indispensable para la formación de los artilleros. Luego de 1815 pudieron reanudarse algunos emprendimientos. Así, se rehabilitó el antiguo Colegio de San Carlos, convertido en Colegio de la Unión del Sur. Juan Crisóstomo Lafinur, profesor de filosofía, introdujo en sus cursos las teorías de la ideología, suscitando el rechazo de los más tradicionales, quienes, en 1819, en ocasión de los exámenes públicos de sus alumnos, lo acusaron de poner en peligro la existencia del alma.&nbsp; Siguieron los conflictos civiles, que fueron disolviendo la unidad política virreinal. Algunos se convirtieron en estados independientes: Bolivia, Paraguay o la Banda Oriental, cuya independencia se declaró en 1828, después de una guerra entre las provincias del Río de la Plata y Brasil, se formaron estados provinciales autónomos y economías empobrecidas, cuyos gobernantes fueron denominados caudillos. En cambio, Buenos Aires vivió un período de prosperidad, posibilitada por la notable expansión de la explotación ganadera. El estado provincial se organizó sobre bases modernas, y se alentó una renovación cultural de resultados notables, condicionada por una inestabilidad política que desembocaría en nuevas guerras civiles.<br><br></div><div>La explotación ganadera, realizada en estancias, mantuvo su arcaísmo técnico, pero en los saladeros -donde se preparaban los cueros y la carne salada- se incorporaron algunas innovaciones, como la grasería, que introdujo el químico español Antonino Cambaceres. Otros profesionales vinieron al Plata para ocuparse de obras del puerto, de salubridad, urbanización, o de las empresas mineras, por entonces prometedoras pero que no llegaron a prosperar. La necesidad de trazar los linderos de las estancias estimuló la creación del Departamento Topográfico, y el desarrollo de la agrimensura, la medición pluvial y otras actividades que requirieron una nueva experticia ingenieril. Muchos de esos expertos fueron contratados en Europa por Rivadavia, aprovechando los exilios obligados por las persecuciones políticas, y una cierta ilusión que despertaba el "rio de la<br><br></div><div>plata". Así, llegó a Buenos Aires un número importante de científicos de primer nivel: el naturalista Aimé Bonpland, que fue colaborador de Humboldt, los físicos italianos Pedro Carta Molina y Fabricio Mossotti, el matemático Mauricio Chauvet, los escritores José Joaquín de Mora y Pedro de Angelis o el ingeniero Carlos Enrique Pellegrini.<br><br></div><div>Mientras duró la bonanza rivadaviana, estos científicos combinaron las actividades profesionales con las científicas y académicas. Mossotti, por ejemplo, instaló un observatorio astronómico en el Convento de Santo Domingo y escribió un artículo en una importante revista científica europea sobre el eclipse de 1833. Además, realizó observaciones pluviométricas para el Departamento Topográfico y enseñó física en la Universidad de Buenos Aires, que acababa de crearse El proyecto porteño, se concretó en 1821. Según el modelo francés, la Universidad debía regir el conjunto de la enseñanza, en sus tres niveles. Así, se crearon varias escuelas primarias y se introdujo el método Lancaster, muy adecuado dada la escasez de docentes y de recursos para pagarlos. El Colegio se reorganizó como Colegio de Ciencias Morales, y recibió alumnos becados, provenientes de las provincias del Interior. Además del derecho, la Universidad impulsó la enseñanza de las ciencias experimentales, gracias al aporte de los físicos italianos mencionados, y de la medicina; aquí se aprovechó el saber de los excelentes médicos como Cosme Argerich hijo o Francisco Javier Muñiz, un notable y esforzado médico militar, que se dedicó también a la paleontología. En filosofía se impuso la nueva corriente de la ideología, y se siguió a Condillac, Cabanis y Destutt de Tracy, con quien se carteaba Bernardino Rivadavia. Juan Manuel Fernández de Agüero, profesor de filosofía, tuvo un conflicto con el rector de la Universidad, un canónigo más tradicional, pero fue respaldado por las autoridades políticas.<br><br></div><div>Buenos Aires tenía cinco librerías, se editaba un número considerable de periódicos, había representaciones teatrales y de ópera, cenáculos literarios y polémicas. Pero los conflictos políticos pronto derrumbaron un edificio de bases débiles. La renuncia de Rivadavia a la presidencia en 1827 acabó con muchos proyectos particularmente las obras públicas, y con el correr de los años ya en tiempos de Rosas,&nbsp; se llegó a suspender los sueldos de maestros y profesores universitarios. Por otra parte, las luchas políticas crearon un clima faccioso, y muchos científicos e intelectuales emigraron o fueron expulsados de sus empleos. La mayoría de los europeos se volvieron; algunos sobrevivieron dedicándose a otra cosa, como el ingeniero Pellegrini, que terminó como pintor de moda.<br><br></div><div>El gobierno de Rosas, instalado en 1829, se consolidó como dictadura en 1835. Se caracterizó por el orden autoritario, el clima extremadamente faccioso y xenofobia, acentuada por los bloqueos impuestos por franceses e ingleses. Su poder, así como el de la mayoría de los gobernantes de las provincias, se apoyaba en las masas rurales, hostiles a las clases urbanas. En todo el territorio rioplatense predominó esta hostilidad del campo hacia las ciudades y la cultura que ellas representaban.&nbsp;<br><br></div><div>Una nueva generación intelectual se propuso comprender esta situación, y tratar de actuar sobre ella. Eran en su mayoría jóvenes estudiantes universitarios, insatisfechos con la enseñanza de sus maestros -algunos tan respetados como Diego Alcorta. Se inspiraban en los filósofos eclécticos y en los poetas y literatos románticos, a través de quienes llegaban las ideas de Herder. También influían los ecos de la revolución de 1830. La juventud universitaria e intelectual quería entender lo que sus predecesores no habían comprendido, y actuar en consecuencia.&nbsp;<br><br></div><div>La "generación del '37" se desenvolvió primero en Buenos Aires de Rosas y luego optó por emigrar a Santiago de Chile o a Montevideo, y sumarse a los antirrosistas. En el exilio escribieron sus obras más importantes: el Dogma socialista de Esteban Echeverría, el Facundo de Domingo Faustino Sarmiento o el Fragmento preliminar al estudio del Derecho, un texto previo de Juan Bautista Alberdi, con el que aspiró a doctorarse en Buenos Aires.<br><br></div><div>En Montevideo se reunieron los enemigos de Rosas: porteños, orientales y muchos europeos, como Garibaldi, que se sumaban a la lucha por la libertad. Los apoyaba la escuadra francesa, de modo que la ciudad, también enfrentada con su campaña, tuvo un aire cosmopolita. Los emigrados animaron la vida cultural, promovieron los periódicos, los debates literarios y la vida académica. En Montevideo se reanudaron las polémicas entre ideólogos y saintsimonianos, entre neoclásicos y románticos. En 1838 comenzó a publicarse el periódico El Iniciador, desde 1833 se instalaron cátedras universitarias y en 1838 se dispuso la creación de la Universidad. sucesivamente crearon una Biblioteca, un Museo un Archivo, y en 1843 el instituto Histórico y Geográfico. En 1848 se fundó el Gimnasio, pronto convertido en Colegio Nacional, y en 1849 se efectivizó la fundación de la Universidad, donde Luis José de La Peña enseñó las doctrinas eclécticas. Andrés Lamas comenzó su recopilación de documentos de la historia del Uruguay, en Buenos Aires por Pedro de Angelis, un escritor napolitano que, en una ciudad intelectualmente poco estimulante, lograba sobrevivir sirviendo a Rosas como escritor y periodista<br><br></div>]]></description>
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         <pubDate>2021-05-26 04:31:05 UTC</pubDate>
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         <title>Organización y apertura, 1852-1880</title>
         <author>naylapalacios57</author>
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         <description><![CDATA[<div>La caída de Rosas en 1852, con el comienzo de la gran expansión del capitalismo, transformó las condiciones del Río de la Plata. La producción agropecuaria para la exportación -sobre todo la ganadería se desarrolló firmemente; creció el comercio exterior, se intensificó el flujo de inmigrantes y se multiplicaron las empresas colonizadoras. Ambas capitales, y algunas otras ciudades, crecieron y se modernizaron aceleradamente los estados no llegaron a afirmarse plenamente sino al fin del período: la guerra entre las dos facciones tradicionales -blancos y colorados- se perpetuó en Uruguay, en 1880. Para agravar las cosas, ambos países participaron, junto con el Brasil, en una guerra con el Paraguay en este proceso de construcción económica e institucional tuvo activa&nbsp; participación el conjunto de los intelectuales y políticos formados en el exilio rosista, quienes propusieron las alternativas para la organización de ambos países, fundadas en el liberalismo político y la apertura económica. En la Argentina los destacados fueron Juan Bautista Alberdi -su Bases sirvió de modelo para la Constitución de 1853- y Domingo Faustino Sarmiento, que fue presidente en 1868 y tuvo influencia en muchos campos en educativo. En Uruguay, en cambio, los "doctores" -que militaban en los dos partidos tradicionales- no lograron doblegar la influencia de los "caudillos". Los instrumentos para el progreso dela sociedad fueron la inmigración -que se estimuló por la vía de la colonización- y la educación, sobre todo la primaria o "popular". Los grandes impulsores fueron Sarmiento y el uruguayo José Pedro Varela, puesto en 1876 a cargo de la Instrucción Pública por el presidente Latorre. Las acciones más espontáneas se sistematizaron simultáneamente en los grandes instrumentos legales que establecieron la educación obligatoria, gratuita y laica. En 1870 se fundó la Escuela Normal de Paraná, donde Pedro Scalabrini difundió las ideas denominadas positivistas, particularmente el laicismo y la fe en la ciencia. Los educadores formados los "normalistas"- tuvieron una enorme influencia en la educación pública en las décadas siguientes.<br><br></div><div>&nbsp;<br><br></div><div>Las ideas del progresismo racionalista y laico alcanzaron un enorme auge, como la doctrina evolucionista de Darwin. Los grupos renovadores, liberales y anticlericales, chocaron con la Iglesia católica, especialmente cuando sus obispos se empeñaban en seguir las ideas ultramontanas de Pio IX, y con intelectuales que combinaban esas posturas con un espiritualismo más genérico. En el Uruguay, el obispo Vera se empeñó en erradicar el catolicismo liberal alineando al ultramontanismo cerrado, mientras que los liberales fundaron en 1872 el Club Racionalista y aprobaron una Profesión de fe racionalista, que combinaba el liberalismo doctrinario con una vigorosa apelación moral. Los choques ideológicos fueron quizás intensos, en relación con las cuestiones reales en juego: el Estado como la Iglesia apenas estaban comenzando a organizarse, pero definió en cuestiones claves, como la educación. En torno de la educación se realizaron debates. En 1863 se inició en la Argentina la creación de Colegios Nacionales, destinados a formar a las nuevas elites políticas, cultas y solidarias con el Estado nacional. El Colegio Nacional de Buenos Aires, que dirigió Amadeo Jacques, debía servir de modelo a sus pares: el Monserrat de Córdoba y el de Concepción del Uruguay. Conforme a sus propósitos, la orientación de la enseñanza era humanista. También se reorganizó la Universidad. Bajo el rectorado de Juan María Gutiérrez; se creó el Departamento de Ciencias Exactas, donde en 1868 se recibió la primera camada de ingenieros, conocidos como "los doce apóstoles". Pese a eso, la Universidad argentina se mantuvo distante de la renovación intelectual y de los debates de su tiempo. El desarrollo de las ciencias fue muy significativo. El estado hizo un gran esfuerzo para estimular las instituciones y traer científicos europeos de valor como Germán Burmeister, un sabio alemán contratado en 1862, que reorganizó el Museo de Ciencias de Buenos Aires y lo convirtió en una institución notable. Luego Burmeister se trasladó a Córdoba, donde en 1870 impulsó la creación de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas y la Academia de Córdoba, convertida en 1878 en Academia Nacional de Ciencias. Simultáneamente, el Gobierno nacional establecía el Observatorio Meteorológico, de modo que Córdoba se convirtió en un segundo centro de irradiación científica.&nbsp; En 1872 un grupo de docentes de la Facultad de Ciencias Exactas de Buenos Aires fundó la Sociedad Científica Argentina. Eran los miembros de la primera camada de ingenieros, encabezados por Luis Huergo, que se proponían intervenir activamente en las cuestiones de interés público. En 1875, en coincidencia con la Exposición Industrial, la Sociedad Científica organizó un concurso relativo a los aportes de la ciencia a la industria nacional, y a la elaboración de materias primas&nbsp;<br><br></div>]]></description>
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         <pubDate>2021-05-26 04:34:53 UTC</pubDate>
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         <title>Del optimismo a la duda, 1880-1914</title>
         <author>naylapalacios57</author>
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         <description><![CDATA[<div>&nbsp;En ambos países se avanzó hacia la instauración del orden y la unidad político, aunque Uruguay vivió su última guerra civil en 1904-, de desarrollo de las instituciones estatales y de sostenido crecimiento económico. Este se basó en el comercio exterior, las exportaciones agropecuarias, la inversión de capitales &nbsp; en ferrocarriles y puertos y la inmigración, que modificó el perfil de la sociedad. El campo se modernizó y crecieron las grandes ciudades, especialmente Buenos Aires y Montevideo. El proceso social se caracterizó por una fuerte movilidad, una creciente diversificación, y la emergencia de nuevos conflictos, en las ciudades y en el campo. El régimen político, originariamente controlado, evolucionando hacia una participación más amplia.<br><br></div><div>Los nuevos estados asumieron plenamente el programa de "educar al soberano": asegurar la escolaridad básica, gratuita, laica y obligatoria, y ella formaría a los nuevos ciudadanos. Las escuelas primarias y los colegios nacionales, de nivel medio, cumplieron esa función y le aseguraron al Estado el dominio sobre un campo en el que ni la Iglesia ni las instituciones de las colectividades extranjeras pudieron competir. Las ideas pedagógicas del llamado normalísimo se difundieron y cobraron nuevo impulso en la Universidad de La Plata, creada en 1905, donde se puso el acento en la enseñanza práctica y en los métodos experimentales, la educación humanística clásica. En otros campos el Estado también avanzó sobre terrenos en los que la Iglesia tenía hipotéticas aspiraciones, como el Registro Civil de nacimientos, matrimonios y defunciones, el avance se detuvo y desde 1890 se manifestó una actitud más contemporizadora, mientras que en el Uruguay, laico recibió desde 1903 su reforma que unió progresivamente la modernización estatal, el intervencionismo económico, el desarrollo de políticas de seguridad social y un impulso al laicismo que, culminó en 1919 con la separación de la Iglesia y el Estado.<br><br></div><div>El perito Francisco P. Moreno y el Comandante Fontana exploraron y describieron sistemáticamente la Patagonia y el Chaco. Moreno reunió una enorme colección de piezas óseas y objetos industriales con las que se dotó al Museo de La Plata, flamante capital de la provincia de Buenos Aires. El Museo, luego unido a la Universidad, se convirtió en una institución dedicada a la investigación en ciencias naturales y antropológicas, modelo de otras que por entonces también fomentó el Estado argentino, como el Museo Etnográfico, fundado por Juan B. Ambrosetti en la Universidad de Buenos Aires, el Observatorio de La Plata, también incorporado a la Universidad, el Museo Darwinion, creado por Cristobal Hicken, el similar iniciado a partir de los esfuerzos personales de Miguel Lillo en Tucumán, y también el Jardín Zoológico y el Jardín Botánico en Buenos Aires. El desarrollo científico estuvo acompañado de un intenso debate en torno de las teorías de Darwin. En Montevideo esas discusiones se dieron en el ámbito del Ateneo, fundado en 1877, a propósito del evolucionismo discutieron espiritualistas y positivistas. En Buenos Aires la discusión fue intensa, al punto que Eduardo Holmberg pudo escribir en 1875 un cuento satírico, "Dos partidos en lucha", que remataba con la imaginaria llegada de Darwin. Entre sus enemigos reales estaban los intelectuales católicos, como José Manuel Estrada, y científicos como Germán Burmeister, que rechazaban el evolucionismo y defendían el creacionismo. Entre los partidarios de Darwin se encontró Florentino Ameghino, el más notable científico argentino del período. Ameghino, que tropezó con la férrea oposición de Burmeister, dirigió el Museo de Buenos Aires desde 1902. Fue un geólogo y paleontólogo, que desarrolló la teoría del origen americano del hombre, y más precisamente pampeano, y formuló una cosmovisión de raíz evolucionista.<br><br></div><div>El positivismo ganó la Universidad de Montevideo durante el largo rectorado de Adolfo Vasquez Acevedo, entre 1880 y 1900, solo interrumpido durante la breve reacción espiritualista del noventa. En Buenos Aires a &nbsp; fines del siglo ya estaba instalado en la Facultad de Filosofía y Letras, donde en 1904 Ernesto Quesada inauguró la cátedra de sociología. Fue característica de la preocupación sociologista: se trataba de comprender, a la luz de los planteos de Comte y Spencer, de Taine, Le Bon, Durkheim o Simmel, problemas novedosos de la realidad social. La afluencia masiva de extranjeros dio lugar a la reflexión sobre la raza y sobre el crisol de razas. Las multitudes &nbsp; en las grandes ciudades- obligaron a pensar en cómo manejarlas. Se preguntaron por las raíces de esa sociedad tan heterogénea, que buscaron en la herencia española o en la tradición criolla, y otros se inquietaron por el cosmopolitismo creciente. Tal fue el caso de Ricardo Rojas, José María Ramos Mejía, Agustín Alvarez, Juan Agustín García o Carlos Octavio Bunge, mientras que José Ingenieros exploró desde la psiquiatría los linderos entre la locura y el crimen pasaron de la reflexión a la acción, proponiendo reformas sociales o políticas. de una manera más moderada el argentino Joaquín V. González, quien asesorado por Juan Bialet Massé, propuso en 1904 un Código del Trabajo que legalizara la actividad de los sindicatos. Por su parte, Roque Sáenz Peña e Indalecio Gómez impulsaron la reforma electoral, que en 1912 abrió las puertas a la democracia ellos tenían una sólida fe en el progreso y en la capacidad humana para promoverlo y regularlo.<br><br></div><div>&nbsp;La Primera Guerra Mundial significó un corte en este proceso. Los problemas sociales que la siguieron conmovieron hasta lo más hondo las bases del optimismo progresista, mientras que la crisis económica mundial, y los problemas fiscales cada vez más serios, dificultaron la función promotora de la cultura y la ciencia que tan enérgicamente venía asumiendo el Estado. A partir de las angustias de los años que siguieron, aquellas décadas anteriores a la Gran Guerra empezaron a ser recordadas como la edad dorada.<br><br></div>]]></description>
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