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      <title>Escritura Hipertextual by Xiomara Condori Yana</title>
      <link>https://padlet.com/xiomaracondori20042003/jpf5gatv7dqv257x</link>
      <description>Julio Ramón Ribeyro</description>
      <language>en-us</language>
      <pubDate>2021-12-06 22:51:35 UTC</pubDate>
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         <title>Una Aventura Nocturna - Julio Ramón Ribeyro</title>
         <author>xiomaracondori20042003</author>
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         <description><![CDATA[<blockquote>Una Aventura Nocturna&nbsp;<br><br></blockquote><div><sup>Luego de que Arístides sintiera la desilusión, se fue a casa donde en el camino se puso a pensar varias cosas, como también se preguntó en varias ocasiones -- ¿por qué mi vida es tan miserable? – al llegar a su casa Arístides observo su ropa sucia por todos lados, los muebles averiados y en una soledad tremenda, luego se puso a pensar en su familia, ya que Arístides era huérfano por padre y madre.&nbsp;<br></sup><br></div><div><sup>Arístides antes de dormir se puso a pensar, ya que si tenía una oportunidad con la mujer podía salir de las condiciones que se encontraba y la soledad. Pero el sintió que la mujer solo lo estaba utilizando para cargar las mesas; por eso Arístides dijo en voz fuerte:<br></sup><br></div><div><sup>&nbsp;- todavía que cargo las mesas que pesaban como un caballo, ¿me rechazas?&nbsp;<br></sup><br></div><div><sup>- me voy a vengar, esto no puede quedar así – dijo Arístides&nbsp;<br></sup><br></div><div><sup>Al día siguiente para Arístides fue un día normal, como si nada hubiera pasado; sin embargo, seguía pensando en su venganza hacia la mujer. Arístides quería ver a la mujer, por eso fue con la excusa de tomar un café.&nbsp;<br></sup><br></div><div><sup>Arístides le pregunta a un mozo: - ¿la dueña se encuentra?, es que es una amiga mía-&nbsp;<br></sup><br></div><div><sup>El mozo responde: - ¿dueña?, la cafetería es del señor Carlos, y él no es casado&nbsp;<br></sup><br></div><div><sup>Arístides se pone a pensar, ya que él pensó que la mujer que había conocido el día anterior era la dueña, por eso le responde al mozo:&nbsp;<br></sup><br></div><div><sup>entonces me confundí, disculpé – dice Arístides.&nbsp;<br></sup><br></div><div><sup>¿No va a consumir nada señor? – dice el mozo; Arístides responde: -ah, cierto, tráigame una cerveza-&nbsp;<br></sup><br></div><div><sup>el mozo le responde – claro señor.&nbsp;<br></sup><br></div><div><sup>Arístides se pone a buscar a la mujer, mira por todos los lados y no la encuentra. Luego de 5 horas Arístides seguía esperando.&nbsp;<br></sup><br></div><div><sup>El mozo empezó a decir – lo dejaron plantado, de seguro es por su forma de vestir y el olor que carga encima.<br></sup><br></div><div><sup>Luego de tanto esperar Arístides se va del lugar y va al cine del barrio donde ya estaba acostumbrado de ir. Aproximadamente a la 1 de la noche Arístides vuelve a pasar por el lugar y de lejos puede observar a la mujer, una mujer gorda, con pieles, que fumaba y leía distraídamente un periódico. Tal como la había visto el día anterior, también se percató de las mesitas que él las había guardado. Arístides se va acercando tímidamente.&nbsp;<br></sup><br></div><div><sup>¿Cómo está? – le dice Arístides – bien y usted? le dice la mujer.&nbsp;<br></sup><br></div><div><sup>luego Arístides intenta ingresar al café y la mujer le dice: -¿va a consumir? – y Arístides le dice –sí -&nbsp;<br></sup><br></div><div><sup>Entonces Arístides va ingresando al café, y lo primero que le pide una cerveza; sin embargo, la mujer solo traía una cerveza, entonces Arístides le pregunta:&nbsp;<br></sup><br></div><div><sup>- ¿usted no se va a sentar a tomar conmigo? - la mujer le responde –No por hoy, ya que la señora se sentía avergonzada del suceso que había pasado un día anterior.&nbsp;<br></sup><br></div><div><sup>Arístides se va acercando lentamente va sacando una moneda de un sol y lo pone en el disco, luego le invita a bailar a la mujer, bailan como 10 min abrazados. Luego de que termina la música, Arístides le invita a salir a la mujer, ya que realmente el día anterior vio lo solo que se encuentra, y lo infeliz que era. La mujer responde tímidamente a la pregunta:<br></sup><br></div><div><sup>–sí, podemos salir, hasta si quieres podemos salir hoy- Arístides le responde –Genial -&nbsp;<br></sup><br></div><div><sup>la mujer le dice: - pero primero tengo que meter las mesas que están afuera—Arístides responde –claro, yo las meto—<br></sup><br></div><div><sup>luego de a ver metido todas las mesas adentro, la mujer corrió y cerro las puestas, también apago las luces y lo dejo afuera. como el día anterior, entonces:&nbsp;<br></sup><br></div><div><sup>Arístides dice: -nunca creeré en el amor, en la felicidad, eso ya se acabó para mi--</sup></div>]]></description>
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         <pubDate>2021-12-06 22:52:14 UTC</pubDate>
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         <title>Autor: Julio Ramón Ribeyro</title>
         <author>xiomaracondori20042003</author>
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         <description><![CDATA[<div>Julio Ramón Ribeyro Zúñiga fue un escritor peruano, considerado uno de los mejores cuentistas de la literatura latinoamericana. Es una figura destacada de la Generación del 50 del Perú.</div>]]></description>
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         <pubDate>2021-12-06 22:52:27 UTC</pubDate>
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         <title>Texto No Literario - Una aventura Nocturna</title>
         <author>xiomaracondori20042003</author>
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         <description><![CDATA[]]></description>
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         <pubDate>2021-12-08 05:30:54 UTC</pubDate>
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         <title>Texto Literario - Una Aventura Nocturna</title>
         <author>xiomaracondori20042003</author>
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         <description><![CDATA[<div>En una noche oscura encontró una cafetería,&nbsp;</div><div>al entrar se percató que ya todos se había ido,&nbsp;</div><div>pidió una cerveza para despejar el olvido.&nbsp;<br>&nbsp;</div><div>Conoció a una mujer en esa noche oscura,&nbsp;</div><div>él pensó que ya era su oportunidad de dejar el olvido;&nbsp;</div><div>sin embargo, se fue desilusionado y utilizado &nbsp;</div><div>&nbsp;</div><div>Arístides deja el olvido en esa noche oscura,&nbsp;</div><div>recordará como una noche esplendorosa para el olvido.&nbsp;</div>]]></description>
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         <pubDate>2021-12-08 05:31:50 UTC</pubDate>
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         <title>Audio del Cuento </title>
         <author>xiomaracondori20042003</author>
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         <description><![CDATA[]]></description>
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         <pubDate>2021-12-08 05:34:35 UTC</pubDate>
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         <title>Una Aventura Nocturna - Julio Ramón Ribeyro </title>
         <author>xiomaracondori20042003</author>
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         <description><![CDATA[<div><br></div><blockquote><strong>UNA AVENTURA NOCTURNA</strong><br><strong>&nbsp;</strong><br><strong>Julio Ramón Ribeyro</strong></blockquote><div><strong>&nbsp;</strong></div><div><sup>A los cuarenta años, Arístides podía considerarse con toda razón como un hombre "excluido del festín de la vida". </sup><strong><em><sup>No tenía esposa ni querida</sup></em></strong><sup>, trabajaba en los sótanos del municipio anotando partidas del Registro Civil y vivía en un departamento minúsculo de la avenida Larco, </sup><strong><em><sup>lleno de ropa sucia, de muebles averiados y de fotografías de artistas prendidas a la pared con alfileres</sup></em></strong><sup>. Sus viejos amigos, ahora casados y prósperos, pasaban de largo en sus automóviles cuando él hacia la cola del ómnibus y si por casualidad se encontraban con él en algún lugar público, se limitaban a darle un rápido apretón de manos en el que se deslizaba cierta dosis de repugnancia. Porque Arístides no era solamente la imagen moral del fracaso sino el símbolo físico del abandono: andaba mal trajeado, se afeitaba sin cuidado y olía a comida barata, a fonda de mala muerte.<br> <br>De este modo, sin relaciones y sin recuerdos, Arístides era el cliente obligado de los cines de barrio y el usuario perfecto de las bancas públicas. En las salas de los cines, al abrigo de la luz, se sentía escondido y al mismo tiempo acompañado por la legión de sombras que reían o lagrimeaban a su alrededor. En los parques podía entablar conversación con los ancianos, con los tullidos o con los pordioseros y sentirse así participe de esa inmensa familia de gentes que, como él, llevaban en la solapa la insignia invisible de la soledad.<br><br>Una noche, desertando de sus lugares preferidos, Arístides se echó a caminar sin rumbo por las calles de Miraflores. Recorrió toda la avenida Pardo, llegó al malecón, siguió por la costanera, contorneó el cuartel San Martín, por calles cada vez más solitarias, por barrios apenas nacidos a la vida y que no habían visto tal vez ni siquiera un solo entierro. Pasó por una iglesia, por un cine en construcción, volvió a pasar por la iglesia y finalmente se extravió. Poco después de medianoche erraba por una urbanización desconocida donde comenzaban a levantarse los primeros edificios de departamentos del balneario.<br> <br>Un </sup><strong><em><sup>café cuya enorme terraza llena de mesitas</sup></em></strong><sup> estaba desierta, llamó su atención. Sobreparándose, pegó las narices a la mampara y observó el interior. El reloj marcaba la una de la mañana. No se veía un solo parroquiano. Tan sólo detrás del mostrador, al lado de la caja, pudo distinguir a una mujer gorda, con pieles, que fumaba un cigarrillo y leía distraídamente un periódico. La mujer elevó la vista y lo miró con una expresión de moderada complacencia. Arístides, completamente turbado, prosiguió su camino.<br> <br>Cien pasos más allá se detuvo y observó a su alrededor: los inmuebles modernos dormían un sueño profundo y sin historia. Arístides tuvo la sensación de estar hollando tierra virgen, de vestirse de un paisaje nuevo que tocaba su corazón y lo retocaba de un ardor invencible. Volviendo sobre sus pasos, se aproximó cautelosamente al café. La mujer continuaba sentada y al divisarlo reprodujo su gesto delicadamente risueño. Arístides se alejó con precipitación, se detuvo a medio camino, vaciló, regresó, espió nuevamente y, empujando al fin la puerta de vidrio, se introdujo hasta ocupar una mesita roja, donde quedó inmóvil, sin levantar la mirada.<br> <br>Allí esperó un momento, no sabía concretamente qué, observando una mosca desalada que se arrastraba con pena hacia el abismo. Luego, sin poder contener el temblor de sus piernas, elevó tímidamente un ojo: la mujer lo estaba contemplando por encima de su periódico. Conteniendo un bostezo, dejó escuchar una voz gruesa, un poco varonil:<br> <br>- &nbsp; Los mozos ya se han ido, caballero.<br> <br>Arístides recogió la frase y la guardó dentro de sí, presa de un violento regocijo: una desconocida le había hablado en la noche. Pero de inmediato comprendió que esa frase era tina invitación a la partida. Súbitamente confundido, se puso de pie.<br><br>- &nbsp; Pero yo lo puedo servir, ¿qué cosa quiere? - la mujer avanzaba hacia él con un andar un poco lerdo al cual no se le podía negar cierta majestad.<br><br>Arístides volvió a sentarse:<br> <br>-&nbsp; Un café. Solamente un café.<br> <br></sup><strong><em><sup>La mujer</sup></em></strong><sup> había llegado a la mesa para apoyar en su borde una mano regordeta cargada de joyas:<br> <br>-&nbsp; Ya está apagada la máquina, Le puedo servir un licor.<br> <br>-&nbsp; Entonces, una cerveza.<br> <br>La mujer se retiró al bar. Arístides aprovechó para observarla. No cabía duda que era la patrona. A juzgar por el establecimiento, debía tener mucho dinero, Con un rápido movimiento, acomodó su vieja corbata y alisó sus cabellos. La mujer regresaba. Además de la cerveza traía una botella de coñac y una copa.<br> <br>- &nbsp; Lo acompañaré - dijo sentándose a su lado -. Tengo la costumbre de beber siempre algo con el último parroquiano.<br> <br>Arístides agradeció con una venia. La mujer encendió un cigarrillo.<br> <br>- &nbsp; Hermosa noche - dijo -. ¿Le gusta a usted pasear? Yo soy un poco noctámbula; Pero en este barrio la gente se acuesta temprano y a partir de medianoche me encuentro completamente sola.<br> <br>-&nbsp; Es un poco triste - balbuceó Arístides.<br> <br>- &nbsp; Yo vivo en los altos del bar - su mano señaló una puerta perdida al fondo del local -. A las dos cierro las mamparas y me voy a dormir.<br> <br>Arístides se atrevió a mirarla al rostro. La mujer soplaba el humo con elegancia y lo miraba sonriente. La situación le pareció excitante. De buena gana hubiera pagado su consumo para salir a la carrera, coger al primer transeúnte y contarle esa maravillosa historia de una mujer que en plena noche le hacía avances inquietantes. Pero ya la mujer se había puesto de pie:<br> <br>-&nbsp; ¿Tiene usted una moneda de a sol? Voy a poner un disco. Arístides alargó presurosamente su moneda.<br>La mujer puso música suave y regresó. Arístides miró hacia la calle: no se veía una sombra. Alentado por este detalle, presa de un repentino coraje, la invitó a bailar.<br> <br>- &nbsp; Encantada - dijo la mujer, dejando su cigarrillo en el borde de la mesa y despojándose de su chal de piel para descubrir unos hombros fláccidos, salpicados de pecas.<br> <br>Sólo cuando la tuvo cogida del talle - tieso y fajado bajo su mano inexperta - tuvo la convicción Arístides de estar realizando uno de sus viejos sueños de solterón pobre: tener una aventura con una mujer. Que fuera vieja o gorda era lo de menos. Ya su imaginación la desplumaría de todos sus defectos. Mirando las repisas con botellas que giraban a su alrededor, Arístides se reconciliaba con la vida y, desdoblándose, se burlaba de aquel otro Arístides, lejano ya y olvidado, que temblaba de gozo una semana sólo porque un desconocido se le acercaba para preguntarle la hora.<br> <br>Cuando terminaron de bailar, regresaron a la mesa. Allí conversaron un momento. La mujer le invitó una copa de coñac. Arístides aceptó hasta un cigarrillo.<br> <br>-&nbsp; Nunca fumo - dijo -. Pero ahora lo hago, no sé por qué.<br><br>Su frase le pareció banal. La mujer se había echado a reír. Arístides propuso otro baile.<br>-&nbsp; Cerraré antes las persianas - dijo la mujer, encaminándose hacia la terraza.<br> <br>Bailaron aún. Arístides observó que el reloj de pared había marcado las dos horas. A pesar de ello la mujer no se decidía a retirarse. Esto le pareció un buen augurio e invitó a su vez un coñac. Empezó a sentirse un poco envanecido. Hizo preguntas indiscretas con el objeto de crear un clima de intimidad. Se enteró que vivía sola, que estaba separada de su marido. La había cogido de la mano.<br> <br>-&nbsp; Bueno - dijo la dueña levantándose -. Es hora de cerrar el bar. Conteniendo un bostezo, se dirigió hacia la puerta.<br>-&nbsp; Me quedo - dijo Arístides, con un tono imperioso que lo sorprendió. A medio camino, la mujer se volvió:<br>-&nbsp; Claro. Está convenido - y continuó su marcha.<br> <br>Arístides se tiró de los puños de la camisa, los volvió a esconder porque estaban deshilachados, se sirvió otra copa, encendió un cigarrillo, lo apagó, lo encendió otra vez. Desde la mesa observaba a la mujer y la lentitud de sus movimientos lo impacientaba. Vio cómo cogía un vaso y lo llevaba hasta el mostrador.<br> <br>Luego hacía lo mismo con un cenicero, con una taza. Cuando todas las mesas quedaron limpias experimentó un enorme alivio. La mujer se dirigió hacia la puerta y en lugar de cerrarla, quedó apoyada en el marco inmóvil, mirando hacia la calle.<br> <br>-&nbsp; ¿Qué hay? - preguntó Arístides.<br> <br>-&nbsp; Hay que guardar las mesas de la terraza.<br> <br>Arístides se levantó, maldiciendo entre dientes. Para echarse prosa, avanzó hacia la puerta mientras decía:<br> <br>-&nbsp; Ésa es cosa de hombres.<br> <br>Cuando llegó a la terraza sufrió un sobresalto: había una treintena de mesas con su respectiva serie de sillas y ceniceros. Mentalmente calculó que en guardar aquello tardaría un cuarto de hora.<br> <br>-&nbsp; Si las dejamos afuera se las roban - observó la patrona.<br> <br>Arístides empezó su trabajo. Primero recogió todos los ceniceros. Luego empezó con las sillas.<br> <br>- &nbsp; ¡Pero no en desorden! - protestó la mujer -. Hay que apilarlas bien para que mañana el mozo haga la limpieza.<br> <br>Arístides obedeció. A mitad de su labor sudaba copiosamente. </sup><strong><em><sup>Guardaba las mesas, que eran de hierro y pesaban como caballos.</sup></em></strong><sup> La dueña, siempre en el dintel lo miraba trabajar con una expresión amorosa. A veces, cuando él pasaba resoplando a su lado, extendía la mano y le acariciaba los cabellos. Este gesto terminó de reanimar a Arístides, por darle la ilusión de ser el marido cumpliendo sus deberes conyugales para luego ejercer sus derechos.<br><br>- &nbsp; Ya no puedo más - se quejó al ver que la terraza seguía llena de mesas, como si éstas se multiplicaran por algún encanto.<br> <br>-&nbsp; Creí que eras más resistente - respondió la mujer con ironía. Arístides la miró a los ojos.<br>-&nbsp; Valor, que ya falta poco - añadió ella, haciéndole un guiño.<br> <br>Al cabo de media hora, Arístides había dejado limpia la terraza. Sacando su pañuelo se enjugó el sudor. Pensaba si tamaño esfuerzo no comprometería su&nbsp; virilidad. Menos mal que todo el&nbsp; bar estaba a su disposición y que podría reponerse con un buen trago. Se disponía a ingresar al bar, cuando la mujer lo contuvo:<br> <br>-&nbsp; ¡Mi macetero! ¿Lo vas a dejar afuera?<br> <br>Todavía faltaba el macetero. Arístides observó el gigantesco artefacto a la entrada de la terraza, donde un vulgar geranio se deshojaba. Armándose de coraje se acercó a él y lo levantó en peso. Encorvado por el esfuerzo, avanzó hacia la puerta y, cuando levantó la cabeza, comprobó que la mujer acababa de cerrarla. Detrás del cristal lo miraba sin abandonar su expresión risueña.<br> <br>-&nbsp; ¡Abra! - musitó Arístides.<br> <br>La patrona hizo un gesto negativo y gracioso, con el dedo.<br> <br>-&nbsp; ¡Abra!</sup><strong><em><sup> ¿No ve que me estoy doblando?</sup></em></strong><sup> La mujer volvió a negar.<br>-&nbsp; ¡Por favor, abra, no estoy para bromas!<br>&nbsp;<br>La mujer corrió el cerrojo, hizo una atenta reverencia y le volvió la espalda. Arístides, sin soltar el macetero, vio cómo se alejaba cansadamente, apagando las luces, recogiendo las copas, hasta desaparecer por la puerta del fondo. Cuando todo quedó oscuro y en silencio, Arístides alzó el macetero por encima de su cabeza y lo estrelló contra el suelo. El ruido de la teriacota haciéndose trizas lo hizo volver en sí: en cada añico reconoció un pedazo de su ilusión rota. Y tuvo la sensación de una vergüenza atroz, como si un perro lo hubiera orinado.</sup></div>]]></description>
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         <pubDate>2021-12-08 17:05:32 UTC</pubDate>
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         <title>INDICE</title>
         <author>xiomaracondori20042003</author>
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         <description><![CDATA[<div>1. Bibliografía Autor<br>2. Cuento escrito por Julio Ramón Ribeyro<br>3. Texto Literario- Continuación del cuento&nbsp;<br>4. Audio del Cuento.&nbsp;<br>5. Texto No Literario - Collage<br>6. Texto Literario - Poema <br><br></div>]]></description>
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         <pubDate>2021-12-08 22:33:50 UTC</pubDate>
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