<?xml version="1.0"?>
<rss version="2.0">
   <channel>
      <title>Coloca el guion de tu podcast by KAREN JHOANA LIEVANO ESPINOSA</title>
      <link>https://padlet.com/karen_lievano/jl24o5r0nqg20pnc</link>
      <description>Comparte tus ideas y comenta las de los demás.</description>
      <language>en-us</language>
      <pubDate>2025-06-03 23:28:51 UTC</pubDate>
      <lastBuildDate>2025-06-04 02:00:02 UTC</lastBuildDate>
      <webMaster>hello@padlet.com</webMaster>
      <image>
         <url>https://padlet.net/icons/png/1f9e0.png</url>
      </image>
      <item>
         <title>Karen Liévano</title>
         <author>karen_lievano</author>
         <link>https://padlet.com/karen_lievano/jl24o5r0nqg20pnc/wish/3478093243</link>
         <description><![CDATA[<p>"Durante la pandemia descubrí mi espíritu emprendedor. Comencé a vender accesorios desde casa, pero no era solo por ingresos: soñaba con una tienda virtual que ayudara a las mujeres a sentirse seguras, lindas, poderosas. Cada pieza que escogía tenía un mensaje, una intención. A pesar del miedo y la incertidumbre, ese proyecto me dio propósito. Y ver cómo otras mujeres se empoderaban a través de mis productos me hizo entender que emprender también es una forma de cuidar y conectar."</p>]]></description>
         <enclosure url="" />
         <pubDate>2025-06-04 01:44:23 UTC</pubDate>
         <guid>https://padlet.com/karen_lievano/jl24o5r0nqg20pnc/wish/3478093243</guid>
      </item>
      <item>
         <title>DEIBY ARANGO</title>
         <author>deibylopeza</author>
         <link>https://padlet.com/karen_lievano/jl24o5r0nqg20pnc/wish/3478097517</link>
         <description><![CDATA[<p>Yo siento que fui emprendedor</p><p> desde el colegio. Mientras otros vendían dulces o hacían rifas, yo me di cuenta de que había algo que muchos necesitaban desesperadamente: tareas bien hechas. Así que empecé a vender trabajos. No era solo por el dinero —aunque claro, me ayudaba a ahorrar para mis cosas—, sino porque en el fondo sentía que estaba ayudando. Había compañeros que, por falta de tiempo o por dificultades reales, no lograban mantener sus calificaciones. Y yo les ofrecía una solución.</p><p>No era copiar y pegar, cada trabajo lo hacía con dedicación, personalizado, con el estilo de quien me lo pedía. Me tomaba el tiempo de entender lo que necesitaban. Aprendí a gestionar entregas, a poner precios, a lidiar con clientes exigentes... sin saberlo, estaba aprendiendo de negocios, de empatía y de estrategia.</p><p>Esa experiencia me enseñó que emprender no siempre empieza con una idea brillante. A veces empieza con observar una necesidad a tu alrededor y atreverse a ofrecer algo que haga la diferencia. Incluso si es una tarea de biología en décimo grado.</p>]]></description>
         <enclosure url="" />
         <pubDate>2025-06-04 01:47:14 UTC</pubDate>
         <guid>https://padlet.com/karen_lievano/jl24o5r0nqg20pnc/wish/3478097517</guid>
      </item>
      <item>
         <title></title>
         <author></author>
         <link>https://padlet.com/karen_lievano/jl24o5r0nqg20pnc/wish/3478098173</link>
         <description><![CDATA[<p>Yo siento que fui emprendedor desde el día en que, con una mesa vieja y una freidora prestada, empecé a vender comida rápida en el andén de mi casa. No había presupuesto, ni estrategia de marketing, ni nombre para el negocio. Pero sí había hambre—literal y figurativamente. Hambre de crecer, de ayudar en casa, de demostrar que con poco se puede hacer mucho. Recuerdo que los primeros clientes fueron los vecinos, luego llegaron los amigos de los vecinos… y en cuestión de semanas ya tenía una pequeña fila esperando por mis hamburguesas.</p><p>Lo hacía todo yo: compraba los ingredientes, cocinaba, cobraba, y al final del día, limpiaba. Aprendí sobre costos, sobre trato al cliente, sobre cómo reinventarse cuando algo no funciona. Aprendí también que emprender no es tener todo resuelto, es lanzarse con lo que se tiene, aunque sea poco.</p><p>Hoy, cuando la palabra “emprendimiento” suena tan grande, me gusta recordar que el mío empezó en la acera, oliendo a papas fritas y con el miedo de que nadie comprara. Pero compraron. Y ese primer “sí” del cliente fue también un “sí” a mí mismo. Ahí supe que era capaz de mucho más de lo que creía.</p>]]></description>
         <enclosure url="" />
         <pubDate>2025-06-04 01:47:33 UTC</pubDate>
         <guid>https://padlet.com/karen_lievano/jl24o5r0nqg20pnc/wish/3478098173</guid>
      </item>
      <item>
         <title></title>
         <author></author>
         <link>https://padlet.com/karen_lievano/jl24o5r0nqg20pnc/wish/3478099607</link>
         <description><![CDATA[<p>Yo me sentí emprendedora el día que decidí montar una ferretería en una zona rural. No fue una decisión impulsiva, fue una respuesta a una necesidad urgente que veía todos los días: los pequeños productores no tenían acceso fácil a herramientas, materiales o insumos básicos para trabajar la tierra o mantener sus fincas. Muchos debían viajar largas distancias hasta pueblos o ciudades, con costos altos y tiempos perdidos. Pensé: <em>¿por qué no acercar esos recursos a su realidad, a su territorio?</em> Así nació la idea. No se trataba solo de abrir un negocio, sino de crear un espacio útil, cercano, adaptado a los precios y necesidades del campo. La ferretería se convirtió en un punto de encuentro, de confianza, y también en una forma de fortalecer la economía local. Emprender no siempre significa pensar en grande, a veces significa pensar en lo que tienes cerca, en lo que puedes mejorar, y en cómo impactar de forma positiva a quienes te rodean. Para mí, emprender fue eso: transformar una necesidad en una oportunidad, no solo para mí, sino para toda una comunidad.</p>]]></description>
         <enclosure url="" />
         <pubDate>2025-06-04 01:48:22 UTC</pubDate>
         <guid>https://padlet.com/karen_lievano/jl24o5r0nqg20pnc/wish/3478099607</guid>
      </item>
      <item>
         <title>Angie Pacheco</title>
         <author></author>
         <link>https://padlet.com/karen_lievano/jl24o5r0nqg20pnc/wish/3478101274</link>
         <description><![CDATA[<p>¿Saben cuándo supe que tenía alma de emprendedora? Cuando aún estaba en el colegio. Mientras muchos soñaban con la fiestas y vacaciones, yo pensaba en cómo ayudar a mi mamá a salir adelante.</p><p>Empecé vendiendo congelados. Sí, esos que preparábamos en casa con todo el amor y el esfuerzo del mundo. Cada mañana salía con mi mochila llena, pero no solo de libros, sino también de productos que ofrecía a mis compañeros… y hasta a mis profesores. Al principio me daba pena, lo confieso. Pero las ganas de salir adelante fueron más fuerte que el miedo.</p><p>Con el tiempo, aprendí a hablar con seguridad, a calcular costos, a entender qué se vendía más y por qué. Sin darme cuenta, estaba creando mi primer modelo de negocio. Y aunque era pequeña, para mí significaba libertad, orgullo… y esperanza.</p><p>Hoy miro hacia atrás y entiendo que emprender no siempre empieza con un plan de negocios o una inversión. A veces empieza con una necesidad, una cocina, y una adolescente con muchas ganas de salir adelante.</p><p>Porque ser emprendedora no fue una decisión… fue una forma de sobrevivir, de soñar, y de creer que sí se puede.</p>]]></description>
         <enclosure url="" />
         <pubDate>2025-06-04 01:49:34 UTC</pubDate>
         <guid>https://padlet.com/karen_lievano/jl24o5r0nqg20pnc/wish/3478101274</guid>
      </item>
      <item>
         <title></title>
         <author>jhoncastellanosd</author>
         <link>https://padlet.com/karen_lievano/jl24o5r0nqg20pnc/wish/3478102966</link>
         <description><![CDATA[<p>¿Sabes cuándo supe que tenía alma de emprendedora?<br>No fue con un plan de negocios impecable, ni con una inversión millonaria, ni después de leer algún libro famoso sobre startups. No. Fue un día cualquiera, cuando decidí montar un pequeño puesto de hamburguesas.</p><p>Sí, así como suena. Un puesto. Una mesita, una parrilla portátil y muchas, muchas ganas.<br>No era algo grande. No tenía nombre, logo, redes sociales ni nada de eso. Tenía, en cambio, una idea sencilla: hacer hamburguesas ricas, honestas, con el toque que yo sabía darle.</p><p>Mi motivación no vino de un análisis de mercado, sino de una sensación muy humana: querer salir adelante. Querer demostrarme a mí misma que podía crear algo con mis propias manos. Y también, por qué no decirlo, de la necesidad de generar ingresos. Pero más allá del dinero, había una pregunta que me rondaba la cabeza: <em>¿seré capaz de hacer esto por mí misma?</em></p><p>El primer día fue una mezcla de nervios y emoción. Recuerdo levantarme muy temprano, ir al mercado, elegir cada ingrediente con cuidado: la carne, el pan, los vegetales, los condimentos. No era solo comida, era casi un ritual. Porque cuando uno comienza algo propio, cada detalle importa.</p><p>Me instalé en una esquina que sabía que tenía algo de movimiento, cerca de una plaza. Era un lugar modesto, sin pretensiones. Pero para mí, era como abrir un pequeño restaurante al aire libre. Tenía una hielera con refrescos, unas pocas sillas plegables y una sonrisa tan grande que no cabía en el toldo.</p><p>¿Y sabes qué? Las primeras horas fueron duras. Nadie venía. La gente pasaba, miraba con curiosidad, pero seguía de largo. Yo pensaba: <em>¿Y si esto no funciona? ¿Y si hice todo esto para nada?</em></p><p>Pero también pensaba: <em>Estoy aquí. Estoy intentando. Y eso ya cuenta.</em></p><p>Y entonces, llegó el primer cliente. Un señor mayor, con cara amable, que me dijo:<br>—¿A cómo la hamburguesa, mija?</p><p>Le respondí con una mezcla de nervios y entusiasmo. Preparé la hamburguesa con tanto cuidado como si fuera para un chef de cinco estrellas. Y cuando la probó, sonrió.<br>—Está buena —me dijo—. Mañana vuelvo con mi esposa.</p><p>Ese momento lo guardé como un tesoro. Porque no era solo una venta. Era una validación. Era la chispa que me decía: <em>vas bien, no pares</em>.</p><p>Los días siguientes fueron una mezcla de lecciones y pequeñas victorias. Aprendí que no siempre todo sale como uno quiere. Que a veces se te olvida algo tan básico como el hielo para los refrescos, o que hay clientes que llegan justo cuando se te acabó el pan. Pero también aprendí a resolver, a improvisar, a escuchar. A veces, los comentarios de los clientes eran duros, pero sinceros. Me ayudaban a mejorar.</p><p>Una vez, por ejemplo, un joven me dijo que la hamburguesa estaba buena, pero que le faltaba “algo especial”. Me quedé pensando en eso. Y fue entonces cuando decidí crear una salsa casera, con una receta propia, inspirada en sabores de mi infancia. Le puse tanto corazón a esa salsa, que terminó convirtiéndose en mi sello.<br>Desde entonces, varios clientes venían preguntando directamente por “la hamburguesa con la salsa especial”.</p><p>Mira, emprender no es solo vender. Es estar ahí cuando nadie te conoce, cuando tienes que explicar una y otra vez por qué vale la pena probar lo que haces. Es madrugar, cargar con cosas pesadas, estar bajo el sol o la lluvia. Pero también es recibir una sonrisa, un “gracias”, un “está deliciosa”, y sentir que todo eso vale la pena.</p><p>Recuerdo también el día que casi quise tirar la toalla. Llovía a cántaros, no había vendido nada en horas, y se me había quemado la carne por un descuido. Me senté en una de las sillas, sola, empapada, y pensé: <em>¿qué estoy haciendo aquí?</em><br>Pero entonces, vi pasar a una señora con su hija. Se acercaron bajo el paraguas y me dijeron:<br>—¿Todavía estás vendiendo? Vinimos por la hamburguesa que probamos el otro día.</p><p>Y ahí entendí algo: a veces no se trata de cuánto vendes, sino de a quién estás impactando. Estás creando algo que conecta con la gente, y eso es poderoso.</p><p>Poco a poco, ese pequeño puesto se volvió parte del paisaje. Algunos ya me llamaban por mi nombre. Otros venían a contarme cómo les fue en el trabajo, o con sus hijos. Yo era más que una vendedora. Era parte de una rutina, de una comunidad.</p><p>No me hice rica. No abrí una cadena de comida rápida. Pero aprendí lo más valioso: que emprender es atreverse. Es comenzar con poco, con lo que tienes, pero con todo el corazón. Que no necesitas esperar el “momento perfecto”, porque muchas veces ese momento perfecto nunca llega. Lo creas tú, con cada acción, con cada paso, con cada error y cada acierto.</p><p>Hoy, cuando alguien me pregunta si me considero emprendedora, no dudo en decir que sí. Porque emprender es más que montar un negocio. Es creer en una idea cuando nadie más lo hace. Es apostar por ti. Es fallar y seguir. Es ver una oportunidad donde otros ven solo una esquina vacía.</p><p>Tal vez algún día tenga un local grande, o una marca reconocida. O tal vez no. Pero lo que nadie me quita es esa sensación de orgullo cuando recuerdo mi primer cliente, mi primera venta, y todo lo que aprendí vendiendo hamburguesas en un puesto que nació solo con ganas y con fe.</p><p>Así que si tú que estás escuchando esto tienes una idea, una pasión, un proyecto en el corazón, pero estás esperando a tenerlo todo resuelto para empezar… te tengo una noticia: no esperes más. Empieza con lo que tienes. Emprender no es saberlo todo desde el principio. Es aprender en el camino. Es lanzarse, equivocarse, corregir, avanzar.</p><p>Y créeme: hay magia en eso.<br>Hay magia en intentarlo.</p>]]></description>
         <enclosure url="" />
         <pubDate>2025-06-04 01:50:07 UTC</pubDate>
         <guid>https://padlet.com/karen_lievano/jl24o5r0nqg20pnc/wish/3478102966</guid>
      </item>
      <item>
         <title></title>
         <author></author>
         <link>https://padlet.com/karen_lievano/jl24o5r0nqg20pnc/wish/3478104296</link>
         <description><![CDATA[<p>¡Hola a todos y bienvenidos a "Emprende desde Cero"! Hoy tenemos una historia que, estoy seguro, resonará con muchos de ustedes. A veces, las grandes ideas nacen en los lugares más inesperados, incluso en la cocina de tu propia casa.</p><p>Yo siento que fui un emprendedor mucho antes de saber siquiera lo que significaba la palabra. Todo comenzó cuando decidí crear una pequeña empresa desde mi casa, ¿y adivinen qué vendía? ¡Dulces! Sí, así como lo oyen. No era una idea sofisticada ni un plan de negocios elaborado. Era más bien una necesidad y una pasión por los sabores.</p><p>Recuerdo que empecé con unas pocas recetas que me encantaban. Bizcochos, galletas, algunos chocolates caseros… La gente que venía a casa siempre elogiaba mis postres, y en algún momento, se me encendió la bombilla. ¿Por qué no convertir esto en algo más?</p><p>Al principio, era un caos organizado, para ser honesto. Mi cocina se transformó en un laboratorio de dulces. El olor a vainilla y chocolate lo impregnaba todo. Mis primeros clientes fueron amigos, familiares y vecinos. La palabra se fue corriendo de boca en boca, y de repente, los pedidos empezaron a llegar.</p><p>No tenía un local, no tenía empleados. Era yo, mis manos, y mi cocina. Aprendí sobre costos, sobre cómo empaquetar de forma atractiva, sobre la importancia de la calidad y el boca a boca. Cada dulce que salía de mi casa llevaba un pedazo de mi esfuerzo y mi cariño.</p><p>Fue un aprendizaje increíble. Enfrenté desafíos, claro. Hubo días en los que sentí que no iba a poder con tantos pedidos, o en los que algún bizcocho no salía como esperaba. Pero cada pequeño obstáculo era una lección.</p><p>Lo más gratificante de esa experiencia fue ver la cara de la gente cuando probaba mis dulces. No era solo una venta; era compartir un momento de alegría, de disfrute. Y eso, para mí, es la verdadera esencia de emprender. No se trata solo de dinero, sino de crear algo que genere valor, que conecte con las personas.</p><p>Así que, si estás pensando en emprender, no subestimes el poder de lo que puedes crear desde tu propio espacio, con tus propias manos y tu propia pasión. Mi negocio de dulces caseros me enseñó que el espíritu emprendedor no necesita grandes inversiones, solo una idea, mucha dedicación y, a veces, un poco de azúcar.</p><p>Gracias por escuchar mi historia. ¡Nos vemos en el próximo episodio de "Emprende desde Cero"!</p><p> Generar resumen de audio</p>]]></description>
         <enclosure url="" />
         <pubDate>2025-06-04 01:51:00 UTC</pubDate>
         <guid>https://padlet.com/karen_lievano/jl24o5r0nqg20pnc/wish/3478104296</guid>
      </item>
      <item>
         <title></title>
         <author></author>
         <link>https://padlet.com/karen_lievano/jl24o5r0nqg20pnc/wish/3478107213</link>
         <description><![CDATA[<p>¿Sabes cuándo sentí por primera vez que tenía espíritu emprendedor? Fue justo al salir del colegio. Con un grupo de compañeras, decidimos aplicar todo lo que habíamos aprendido en el enfoque del colegio y nos embarcamos en un pequeño gran proyecto: hacer las sudaderas oficiales para la siguiente generación. Sí, esas sudaderas que todos esperan con emoción en su último año.</p><p>Nos encargamos de todo: diseño, cotizaciones, manejo de proveedores, comunicación con los cursos... ¡hasta la entrega final! Fue la primera vez que experimenté lo que es trabajar en equipo con un objetivo claro, tomar decisiones importantes y lidiar con retos reales.</p><p>Más allá del dinero, lo que ganamos fue experiencia. Aprendimos cómo es coordinar un proyecto de principio a fin, cómo se negocia, cómo se gestiona el tiempo… y también cómo se siente ver algo hecho por ti en manos de otros.</p><p>Lamentablemente, cada una tomó su camino y el proyecto no continuó. Pero esa chispa… esa sensación de haber creado algo con impacto… nunca se me apagó. Y hoy sé que ese fue mi primer paso en el mundo del emprendimiento.</p><p>Porque a veces, los grandes comienzos se esconden en los proyectos más pequeños</p>]]></description>
         <enclosure url="" />
         <pubDate>2025-06-04 01:52:46 UTC</pubDate>
         <guid>https://padlet.com/karen_lievano/jl24o5r0nqg20pnc/wish/3478107213</guid>
      </item>
      <item>
         <title></title>
         <author>yhondelgado</author>
         <link>https://padlet.com/karen_lievano/jl24o5r0nqg20pnc/wish/3478119461</link>
         <description><![CDATA[<p>Era yo, con mis 10 años y una mente que ya soñaba en grande. El recreo no era solo para jugar fútbol; era mi <strong>horario de oficina</strong>. Mi mochila, más que cuadernos, guardaba un tesoro: una variedad de golosinas que, con la astucia de un lobo de Wall Street en miniatura, vendía a mis compañeros.</p><p>Mi jornada empezaba temprano. Antes de que cantara el gallo, o mejor dicho, antes de que sonara la chicharra de entrada, ya estaba seleccionando mi <strong>inventario</strong>. Chicles de bola, Colombinas, Bon Bon Bum y, mi producto estrella, los paquetes de papas fritas. La clave estaba en la <strong>diversificación</strong> y en conocer a mi <strong>mercado objetivo</strong>. Sabía que Juanita prefería los chicles ácidos, mientras que a Pedrito le encantaban los Bon Bon Bum de fresa.</p><p>El patio se convertía en mi centro de operaciones. Con una sonrisa de oreja a oreja y un ingenio que ya quisiera cualquier publicista, pregonaba mis productos. "¡Las papitas más crujientes!", "¡Chicles que te hacen volar!", eran algunos de mis eslóganes. Mis compañeros, con los ojos brillantes y las monedas listas, se agolpaban a mi alrededor. La fila era constante, y la satisfacción de ver cómo mis productos desaparecían era inmensa.</p><p>Claro, no todo era color de rosa. Hubo desafíos. La competencia desleal, encarnada en algunos compañeros que intentaban vender golosinas más baratas (y de dudosa calidad), me obligó a <strong>innovar</strong>. Empecé a ofrecer "promociones": dos chicles por el precio de uno, o una papa frita extra si compraban tres. También implementé un sistema de "crédito" para mis clientes más fieles, lo que generó una lealtad inquebrantable.</p><p>La dirección del colegio, por supuesto, no veía con buenos ojos mi <strong>imperio de golosinas</strong>. Más de una vez fui llamado a la oficina del coordinador, donde me sermonearon sobre la importancia de la alimentación saludable y la prohibición de las ventas. Pero yo, con la inocencia de un niño y la terquedad de un futuro magnate, les prometía que sería "la última vez", mientras en mi mente ya ideaba nuevas estrategias para evadir la vigilancia.</p><p>Lo que empezó como un simple juego para ganar unas monedas extra, se convirtió en mi primera lección de <strong>negocios</strong>. Aprendí sobre oferta y demanda, sobre la importancia del marketing y el servicio al cliente, y sobre cómo manejar la adversidad. Las ganancias no solo se iban en más golosinas para vender; una parte la ahorraba, soñando con un futuro donde mis "productos" serían mucho más grandes.</p><p>Hoy, aunque mis productos no son golosinas, cada vez que inicio un nuevo proyecto, recuerdo con una sonrisa a ese niño emprendedor en el patio del colegio. Ese niño que, sin saberlo, estaba construyendo las bases de lo que sería una pasión por el <strong>emprendimiento</strong>.</p>]]></description>
         <enclosure url="" />
         <pubDate>2025-06-04 02:00:01 UTC</pubDate>
         <guid>https://padlet.com/karen_lievano/jl24o5r0nqg20pnc/wish/3478119461</guid>
      </item>
   </channel>
</rss>
