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      <title>Trabajo de lengua 4:B by Leutxy1x</title>
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      <description>Ramón Pérez de alaya </description>
      <language>en-us</language>
      <pubDate>2023-05-09 20:20:53 UTC</pubDate>
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         <title>1.Biografia</title>
         <author>kacemmaoudaui</author>
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         <description><![CDATA[<div>Nombre de nacimiento:Ramón Pérez de Ayala y Fernández<br>&nbsp;</div><div>Nacimiento<br><br></div><div>9 de agosto de 1880</div><div>Oviedo (España)&nbsp;<br><br></div><div>Fallecimiento</div><div>5 de agosto de 1962&nbsp;</div><div>(81 años)</div><div>Madrid (España)<br><br><br>Ramón Pérez de Ayala y Fernández del Portal (1880-1962), periodista, escritor de poesía, novela, ensayo y crítica literaria, nació en Oviedo en el seno de una familia acomodada.<br><br></div><div>Comenzó en la Universidad de Oviedo a estudiar Ciencias, pero abandonó los estudios técnicos y científicos para pasarse a las disciplinas humanísticas.<br><br></div><div>Ingresó en la Facultad de Derecho de dicho centro superior, donde tuvo la fortuna de contar con algunos maestros de la talla de Leopoldo Alas (1852-1901), más conocido por su pseudónimo literario de "Clarín". En&nbsp; 1901, marchó a Madrid para realizar el doctorado en Leyes en la Universidad Central, así como nuevos estudios de Filosofía y Letras.<br><br></div><div>En 1907, ya firmemente decidido a orientar su creatividad por el sendero de la literatura, Pérez de Ayala marchó a Inglaterra para ampliar sus estudios, actividad que compaginó con su trabajo como corresponsal en Londres del rotativo madrileño</div><div><br></div>]]></description>
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         <pubDate>2023-05-09 20:25:14 UTC</pubDate>
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         <title>2.Características de sus obras </title>
         <author>kacemmaoudaui</author>
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         <description><![CDATA[<div>El estilo de Ramón Pérez de Ayala se caracteriza por la ironía y el uso de un lenguaje muy refinado, donde abundan las alusiones, las citas encubiertas y la intertextualidad, por la abundancia de cultismos y helenismos y por el uso ocasional de las técnicas degradantes del esperpento.</div>]]></description>
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         <pubDate>2023-05-10 20:09:35 UTC</pubDate>
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         <title>5.Bibliografía </title>
         <author>kacemmaoudaui</author>
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         <description><![CDATA[<div><strong><mark>Lírica</mark></strong></div><div>- La paz del sendero, Madrid, Tip. de la Revista de Archivos, 1904<br><br></div><div>- El sendero innumerable, Madrid, 1916<br><br></div><div>- El sendero andante (Momentos. Modos. Ditirambos. Doctrinal de vida y naturaleza: poemas), Madrid, Jiménez y Molina, 1921.</div><div><br><br><strong><em><mark>Ensayo</mark></em></strong></div><div><br></div><div>- Hermann encadenado. Libro del espíritu y el arte italiano (1917)<br><br></div><div>- Las máscaras: ensayos de crítica teatral, Madrid, 1917 y 1919.<br><br></div><div>- Política y toros: ensayos, Madrid, Casa Editorial Calleja, 1918.<br><br></div><div>- El libro de Ruth (Ensayos en vivo), Madrid, 1928<br><br></div><div>- Divagaciones literarias, Madrid, Clemares- Biblioteca Nueva, 1958<br><br></div><div>- Principios y finales de la novela, Madrid, Taurus, 1958<br><br></div><div>- El país del futuro (Mis viajes a los Estados Unidos), Madrid, Clemares-Biblioteca Nueva, 1959<br><br></div><div>- Más divagaciones literarias, Madrid, Clemares-Biblioteca Nueva, 1960</div><div>Fábulas y ciudades, Barcelona, Destino, 1961<br><br></div><div>- Pequeños ensayos, Madrid, Clemares-Biblioteca Nueva, 1963 (póstumo)</div><div>Tributo a Inglaterra, Madrid, Aguilar, 1963 (póstumo)<br><br></div><div>- Tabla rasa, Madrid, Bullón, 1963 (póstumo).<br><br></div><div>- Nuestro Séneca y otros ensayos, Barcelona, Edhasa, 1966 (póstumo).<br><br><strong><mark>Narrativa <br><br></mark></strong><strong>-&nbsp;</strong>Sonreía (1909, novela corta aparecida en Los Contemporáneos)<br><br></div><div>- Tinieblas en las cumbres, Madrid, 1907.</div><div>A. M. D. G. (La vida en los colegios de jesuitas), Madrid, Imprenta Artística Española, 1910.<br><br></div><div>- La pata de la raposa, Madrid, Renacimiento, 1912.<br><br></div><div>- Troteras y danzaderas, Madrid, Renacimiento, 1913.<br><br></div><div>- Prometeo, Luz de domingo y La caída de los limones («novelas poemáticas de la vida española») (1916; novelas cortas)<br><br></div><div>- Belarmino y Apolonio: novela, Madrid, Jiménez y Molina, 1921.<br><br></div><div>- Luna de miel, luna de hiel y Los trabajos de Urbano y Simona, Madrid, Imprenta Helénica, 1923.<br><br></div><div>- Éxodo, Madrid, 1923.<br><br></div><div>- Bajo el signo de Artemisa (1924)<br><br></div><div>- El ombligo del mundo: novela, ilustraciones de Penagos, Madrid, Prensa Gráfica, 1922 [introd. de A. Prado, Madrid, Cátedra, 1998.<br><br></div><div>- Tigre Juan y El curandero de su honra, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1926, novela en dos volúmenes. Hay edición moderna con introd. de M. A. Lozano Marco, Madrid, Espasa Calpe, 1990.<br><br></div><div>- El raposín, Madrid, Taurus, 1962</div>]]></description>
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         <pubDate>2023-05-10 20:58:28 UTC</pubDate>
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         <title>4.Fragmentos de unas de sus obras </title>
         <author>kacemmaoudaui</author>
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         <description><![CDATA[<div><strong><mark>- VI -</mark></strong></div><div><br></div><div>Con distintos fines e intenciones, pero de manera muy sostenida y expresiva, Pérez de Ayala parece necesitar, una y otra vez, para encauzar, sostener y dar sentido a su novelar, de unos soportes literarios que glosar, deformar o parodiar. Por eso se habrá observado que en no pocas novelas de Pérez de Ayala, y en momentos significativos de las mismas, aparece como personaje un libro, sean Las moradas, de Santa Teresa, en el citado caso de Troteras, sea el Otelo, de Shakespeare, en otro famoso capítulo de la misma novela, el titulado Verónica y Desdémona. Alberto Guzmán asiste a la curiosa experiencia que la lectura del drama shakespiriano supone para Verónica, que va identificándose sucesivamente con los distintos personajes (Yago, Otelo, Desdémona, etc.) hasta vivir con enorme angustia el desenlace. Un equivalente de este episodio se encuentra en El curandero de su honra, a propósito del efecto que provoca, en la tierna sensibilidad de Carmina, una representación del calderoniano Médico de su honra:</div><div>De retorno del teatro, Carmina iba como fuera de sí, haciendo eses, sollozando y mascullando frases a media voz.</div><div>-Pobrecita doña Mencía... Pero él, ¿qué iba a hacer, si se creía engañado?</div><div>-Anda, mozuela -cortó doña Mariquita-. ¿No ves que todo ello eran majaderías inventadas para pasar el rato?</div><div><br></div><div><br></div><div>Un papel semejante -en lo que a vivificador de pasiones, a lectura vivida se refiere- al que Otelo desempeña con relación a Verónica, lo supone en Luna de miel, luna de hiel, la lectura de El final de Norma para Urbano, que reacciona en adolescente, fascinado, arrebatado por la disparatada aventura alarconiana:</div><div>Todos los libros eran ahora para él libros prohibidos; esto es, libros seductores, ocasiones de peligro. Además, insatisfecho en su apetito de vida verdadera, quería alimentarse de vida imaginaria. Subió al gabinete; escogió un libro titulado El final de Norma. Comenzó a leer. Es éste un libro de amorosas aventuras y lances extraordinarios, tan cabalmente cándido y limpio de toda alusión sensual que lances y aventuras más parecen acontecer entre espíritus puros que entre seres de carne y hueso. Desde las primeras líneas, Urbano experimentó una sutil metamorfosis; dejó de ser él y fue sucesivamente cada uno de los personajes del libro. A poco, por una especie de polarización, no se sintió incorporado sino en algunos personajes, los buenos y los simpáticos, y el otro grupo de personajes, los antipáticos y malos, le inspiraban una aversión terrible. Cuando tenía que dirigirse a uno de estos personajes odiosos, leía las frases en voz alta y ronca. En pasajes angustiosos, detenía la lectura para tomar aliento y suspirar. Al final de una escena satisfactoria, dejó el libro y comenzó a dar brincos. No acertando a desahogar el exceso de emoción, como viese, por ventura, un piano en la estancia, lo abrió y estuvo algunos momentos descargando manotazos sobre las teclas y rugiendo una canción improvisada y bárbara.</div><div>Cuando, al caer de la tarde, después de buscarle y gritarle por todas partes, Simona le encontró leyendo, él la despidió, casi con malos modos.</div><div>No se presentó en el comedor sino concluida la lectura, ya promediada la cena.</div><div>-¿Qué leías, que así te retuvo? -preguntó don Cástulo-. ¿Algún novelón?</div><div>-Sí, señor; una novela.</div><div>-De seguro una novela desmoralizadora -prosiguió don Cástulo.</div><div>-El final de Norma -declaró Urbano.</div><div>-Yo la he leído -atajó doña Rosita-, y es puro aguachirle. No comprendo, niño, cómo te has engolosinado de ese modo leyéndola.</div><div>-Es que la lectura de la primera novela -elucidó don Cástulo- es un pequeño ataque de locura, una breve enajenación.</div><div><br></div><div><br></div><div>El episodio es perfectamente alineable junto al de Verónica, arrastrada hasta las lágrimas y la plena identificación con la tragedia de Desdémona, y ambos suponen una muy bella glosa del lugar común que alude al poder e influencia de los libros sobre los lectores ingenuos, apasionados, sencillos, como lo son Verónica y Urbano. En cierto modo, la breve enajenación que para este último supuso la lectura de una novela nos trae al recuerdo lo que en 1925 decía Ortega y Gasset acerca del hermetismo de este género. Y, en definitiva, tras todo este influir de los libros sobre sus lectores, tras todo ese proceso de locura momentánea, de metamorfosis e identificación del lector con lo leído, está el recuerdo del Quijote cervantino como el más expresivo spécimen de cuán grande puede ser la presión de lo libresco en la vida real.</div><div>Desde esta perspectiva se comprenderá el sentido e importancia que tienen en la obra de Pérez de Ayala los muchos ecos literarios en ella rastreables. Así, Quevedo proporciona hipérboles, como la de asimilar un zapato del P. Alesón -en Berlamino y Apolonio- a los «del dómine Cabra, una tumba de filisteo». No menos hiperbólico es, en la misma novela y a propósito del mismo personaje, lo que de él se dice al describir cómo abandona un sillón. Es una caricatura casi más dickensiana, sin embargo, que quevedesca:</div><div>Y el voluminoso fraile se levantó de un asiento que antes se creyera que era un butacón, ya que el Padre lo llenaba de brazo a brazo; pero así que se hubo levantado, resultó ser un sofá, y no de los pequeños.</div><div><br></div><div><br></div><div>También cabría recordar, a propósito de Quevedo, aquel impresionante pasaje de El sueño de las calaveras, en el que el autor imagina prolongadas más allá de la muerte las humanas perspectivas y pasiones; al oír la trompeta del Juicio Final:</div><div>Y assí al punto començó a moverse toda la tierra, y a dar licencia a los huessos, que anduviessen unos en busca de otros. Y passando tiempo (aunque fue breve), vi a los que havían sido soldados y capitanes levantarse de los sepulcros con ira, juzgándola por seña de guerra. A los avarientos, ansias y congoxas, rezelando algún rebato. Y los dados a vanidad y gula, con ser áspero el son, lo tuvieron por cosa de sarao o caça.</div><div><br></div><div><br></div><div>Una idea semejante, aunque sólo sea parcialmente, y sin que ello implique necesaria dependencia quevedesca, se encuentra al final de Belarmino y Apolonio, a propósito de los viejos de un asilo que, casi con un pie ya en la tumba, se comportan, ante Colignon, según sus inveteradas aficiones: la bebida, el tabaco, el viejo que fue lechuguino, el glotón. Esto equivale a un allegar a la muerte, más allá de ella, los más empecinados vicios y manías de los años mozos.</div><div>Cuando, al comienzo de Prometeo, pide ayuda el narrador a las musas, a la usanza clásica, encarnadas aquí en la «diosa cominera de estos días plebeyos», la de los noveladores, la califica de «chismosa y correveidile», utilizando el mismo término que Leandro Fernández de Moratín aplicó, en La derrota de los pedantes, a Mercurio, «el correveidile de los dioses».</div><div>Con prescindencia de los ecos que en Luna de miel y en su continuación se encuentran de Rousseau -más citas de Virgilio, Quintiliano, Sófocles, Eurípides, etcétera-, puede que ofrezca más interés la existencia de un -que yo sepa- desapercibido recuerdo calderoniano en la tan calderoniana novela El curandero de su honra. En uno de los monólogos de Tigre Juan -precisamente en la parte en que su vida fluye paralela al lado de la de Herminia- se encuentra un eco del famoso primer monólogo de Segismundo en La vida es sueño. La barroca comparación que el príncipe privado de su libertad va haciendo con el ave, el caballo, el pez, el arroyo, se concentra aquí en la que Tigre Juan establece con el sol:</div><div>Sólo aspiro, Señor, a dejar concluida en un hijo mi obra de hombre; obra duradera, que viva por mí y yo viva en ella, cuando mis huesos sean ya polvo. La jornada de mi dicha está todavía en la primera mañana, como ese sol niño y rosado que allí se me manifiesta, reclinándose perezoso aún sobre la verde cuna de aquellas colinas. Privado de albedrío, el sol llegará al final de su jornada. A mí me concediste albedrío, Señor. ¿De qué me sirve la libertad de pensar y querer, si pensar no es lograr ni querer es poder?</div><div><br></div><div><br></div><div>Si Calderón, pese a la lejanía temporal, es recordado, no puede extrañarnos que el que fue maestro de Pérez de Ayala, el gran narrador asturiano Leopoldo Alas, Clarín, proporcione también motivos de inspiración o de coincidencia a su discípulo. Sin que el Anselmo Novillo de Belarmino y Apolonio tenga demasiado que ver con el Álvaro Mesía de La Regenta, es evidente que se aproximan en algún rasgo, según quedó ya apuntado. Por otra parte, como también se dijo ya, en el mismo Belarmino la figura de D. Celedonio de Obeso -«ateo declarado y republicano agresivo, en el fondo un pedazo de pan, un zoquete»- trae al recuerdo la de aquel otro desdichado ateo oficial de Vetusta, en La Regenta, cuyo entierro da lugar a algunas de las más impresionantes páginas de la obra clariniana. Al igual que este ateo y otros avanzados vetustenses, D. Celedonio se expresa así ante la criada de su pensión:</div><div>Le habrás dicho a la señora que yo no me someto a esa asquerosa farsa de la vigilia, y en estos santos días de Semana Santa quiero comer carne y pescado. Yo promiscuo, o promiscúo, que no sé a ciencia cierta cómo se pronuncia.</div><div><br></div><div><br></div><div>Todo lector de Clarín recordará el bello comienzo de La Regenta:</div><div>La heroica ciudad dormía la siesta. El viento Sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas, que se rasgan al correr hacia el Norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina revolando y persiguiéndose como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas migajas de la basura, aquellas sobras de todo, se juntaban en un montón, parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas, dispersándose, trepando unas por las paredes, hasta los cristales temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegados a las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de su escaparate, agarrada a un plomo.</div><div>Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre sueños el monótono y familiar zumbido de la campana de coro que retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre en la Santa Basílica.</div><div><br></div><div><br></div><div>¿No cabría comparar tal obertura novelesca con la de La pata de la raposa?:</div><div>Una tarde de principios de septiembre. Declinaba el estío mansamente. El inflamado crepúsculo hacía presentir el otoño y su melancolía de fruto demasiado madurecido.</div><div>Pilares, la decrépita ciudad, centenario asilo de monotonía y silencio, yacía al sol poniente, más callada y absorta que nunca. De vez en vez la voz medieval e imperecedera de las campanas sacudía, como errante escalofrío, la modorra de aquel pétreo organismo. La ciudad parecía respirar un vaho rojizo y grave.</div><div><br></div><div><br></div><div>El especial énfasis literario que todo esto supone -es decir, la continuada y repetida presencia de recuerdos literarios en las novelas de Pérez de Ayala- se relaciona con la tan manejada técnica del contraste, en cuanto ésta supone la consideración de dos planos, de una doble perspectiva.</div><div>El problema de la invención novelesca adquiere así una especial configuración, al necesitar ésta de esos marcos, apoyaturas y trasfondos, perceptibles en muchos novelistas; no exclusivos, claro es, de Pérez de Ayala, pero presentes en él con una continuidad, sentido y alcance realmente reveladores.</div><div>Piénsese que el minoritarismo asignado a las novelas de Pérez de Ayala, su escasa capacidad para conquistarse los grandes públicos lectores, tienen tal vez su origen en el fenómeno que estamos describiendo. Pues si imaginamos al lector elemental de novelas, que gusta de hundirse en ellas como en un algo compacto, unitario y sin hendiduras, será fácil imaginar también la inevitable decepción de ese lector ante unas novelas tan elaboradas, llenas de resonancias, de ecos y motivos literarios como para, en cierto modo, escamotearle la ilusión de lo que vive con autonomía, en la medida que se encuentra a cada paso con la presencia irónica, culta, burlona, del narrador.</div><div>Salvadas las distancias -y son grandes-, Pérez de Ayala me recuerda a veces el caso de D. Juan Valera, y no porque sus creaciones novelescas sean allegables en temas, técnica o estilo, sino por esa última y especial coincidencia que supone, en nuestras letras, lo que podríamos llamar, con más o menos rigor, un novelar desde supuestos humanísticos o, al menos, desde una perspectiva cultural no demasiado frecuente en la historia del género. Si Valera emplea deliberados y muy graciosos anacronismos de lenguaje a la hora de relatar historias como la de El bermejino prehistórico, Pérez de Ayala, en otro plano, se sirve también, a efectos de parodia, con propósito irónico, de un lenguaje que resulta burlesco, precisamente por la inadecuación.</div><div>La importancia que Pérez de Ayala concede a lo heroico-cómico es algo que no habría que perder de vista nunca, pues ese contraste explica muchos personajes, temas, situaciones y hasta obras enteras del gran escritor asturiano. Recuérdese, por citar un ejemplo muy expresivo, el cuento Éxodo de la colección Bajo el signo de Artemisa. Se trata de un pequeño poema heroico-cómico o épico-burlesco, en el que lo minúsculo -en este caso, una invasión de pulgas- adquiere proporciones colosales, de acuerdo con una estimativa irónica, muy propia de este género; la que está al fondo de poemas como La secchia rapita, de Tassoni; Le Lutrin, de Boileau; El rizo robado, de Pope, etc. Henchir de contenido dramático una minúscula anécdota, por un procedimiento de ampliación, de agigantamiento de lo insignificante, es un viejo recurso literario del que se sirve Pérez de Ayala en ese cuento en el que todo tiene un aire bárbaro, desmesurado; el aire casi propio de los relatos bíblicos del Antiguo Testamento. Aquí, la peregrinación, el éxodo de toda una comunidad -el tremendo señor poco menos que feudal, con su familia, su servidumbre, sus enseres, sus ganados-, está descrito en términos que, por su movimiento y colosalismo, encajarían bien en el tono épico. Como el lector sabe, ab initio, que tras todo ese énfasis épico no hay más que unas pulgas, aunque sean en proporción de bíblica plaga, la tensión especial que el relato alcanza es más irónica que dramática.</div><div>Si de esto descendemos al lenguaje, veremos cómo en Pérez de Ayala se da con frecuencia el recurso de la ironía, entendida y manejada como un desajuste deliberado de perspectivas, por virtud del cual lo elevado y lo vulgar entrecruzan y confunden sus acentos. Los grandes humoristas de todos los tiempos -bastaría recordar el caso de Dickens- han sabido extraer considerables efectos de esas inadecuaciones expresivas. En Pérez de Ayala la ironía, manejada en ese sentido, es algo más que una tradicional figura retórica; es un indicio más que sumar para la obtención de la imagen dualista, perspectivista, que de su obra estamos trazando.</div><div>Recuérdese, por ejemplo, en las páginas dedicadas a D. Amaranto, en Belarmino y Apolonio, la utilización de un lenguaje riguroso y hasta pedante al servicio de un fin burlesco:</div><div>Condumios y viandas eran los primeros harto fluidos, y las otras de estructura demasiado coherente y compacta para la herramienta dental humana.</div><div><br></div><div><br></div><div>O cuando D. Amaranto habla del Ática, «ostentando didácticamente un tenedor de peltre, al modo de férula». Toda la teoría sobre las casas de huéspedes que, en boca de tal personaje, ofrece Ramón Pérez de Ayala, serviría de elocuente ejemplo de su manejo de la ironía.</div><div>Recuérdese, asimismo, como pasaje enormemente significativo en el mismo Belarmino, el referente a los gallos de pelea que prepara Apolonio:</div><div>A todos sus animales les impuso nombres mitológicos y legendarios: Aquiles, giro; Ulises, colorado; Héctor, gallino; Hércules, negro; Roldán, dorado; Manfredo, cenizo; Carlomagno, negro también, etc. En las otras galleras abundaban los nombres de toreros.</div><div><br></div><div><br></div><div>En cierto modo, todo un relato, Prometeo, está narrado de acuerdo con esta fórmula. De lo heroico se pasa a lo trivial bruscamente, y el lenguaje se hace eco una y otra vez de ese doble plano, de esa intención irónica, v. gr.:</div><div>Tal era la mansión de Kalypso, quien, dicho sea de paso y en honor a la verdad, no se llamaba Kalypso, que se llamaba Federica Gómez, y era viuda de un indiano rico y estéril. [...] Después de cenar, Odysseus dijo que salía al jardín a fumar un pitillo [...]. Sin embargo, detúvose en una taberna a comprar varias botellas de rojo néctar y cristalina ambrosía, que el tabernero, hombre lego en asuntos mitológicos, denominaba vino y aguardiente.</div><div><br></div><div><br></div><div>Ese continuo oscilar -propio de la parodia- entre el plano de la expresión noble, de los motivos mitológicos, y el de la expresión vulgar y cotidiana, permite a Pérez de Ayala degradar burlescamente a los héroes homéricos:</div><div>Nausikaá se llamaba Perpetua Meana. Cuando Marco supo su nombre y apellido, celebró el primero, reputándolo muy bello y significativo, y le hizo ascos al segundo, por carecer de eufonía y por otros motivos.</div><div><br></div><div><br></div><div>Tan repetido manejo de antítesis y dualidades da lugar, incluso, a alguna especie de chiste casi sainetesco :</div><div>Don Tesifonte Meana (nombre que Marco reputó muy bello y eufónico) era extremeño y, sin duda, descendía de casta de conquistadores, porque las horas que no estaba en la oficina las dedicaba exclusivamente a la conquista de las criadas de servir.</div><div><br></div><div><br></div><div>Lo cómico parece rondar siempre a lo heroico en el novelar de Pérez de Ayala, de acuerdo con su concepción de la tragicomedia, tan próxima a la de Ortega, según quedó apuntado en el anterior ensayo. El que las cosas resulten serias o risibles no depende más que de un simple efecto de perspectiva. Esto se ve claro en Belarmino y Apolonio, cuando Novillo lleva el drama de Apolonio al bufo Celemín, director de una compañía de zarzuela:</div><div>Espíritu superficial, como todos los hombres consagrados exclusivamente a dar que reír a los demás, Celemín vio al punto que la obra, representada convenientemente en tono de farsa, sería el mayor éxito de risa.</div><div><br></div><div><br></div><div>Mudada la perspectiva, con sólo un desplazamiento de la misma, una tragedia se convierte en farsa; el llanto se trueca en risa. En el prologuillo que va al frente de El ombligo del mundo, al hablar Pérez de Ayala de la enemistad de signo político (romanonismo y anti-romanonismo) de Espumadera y de Vocina, dice:</div><div>Dramas de este orden, por cuestión de parecido, nos han servido de asunto para alguna de las presentes narraciones. Pero se engañaría el lector si presumiera que son ejemplos para reír. Como se engañaría si los tomase como cuentos para llorar. Todo lo que sucede en el Congosto y en el mundo es justamente para reír y para llorar. Lo cómico y lo dramático dependen de la perspectiva.</div><div><br></div><div><br></div><div>¿No cabría relacionar esta afirmación con aquel poema La comedia del saber, del también asturiano Ramón de Campoamor, en el que presenta a Heráclito y Demócrito?:</div><div>HERÁCLITO</div><div>-Es duelo todo.</div><div>DEMÓCRITO</div><div>-Todo es juego.</div><div>[...]</div><div>(El pueblo a la conclusión</div><div>Muestra, al partir tristemente,</div><div>Aire de duda en la frente,</div><div>Y angustia en el corazón.)</div><div>&nbsp; &nbsp;(Dice éste al irse:) -¡A pensar!</div><div>(Y aquél murmura:) -¡A sentir!</div><div>(Uno:) -¡A reír! ¡A reír!</div><div>(Y otro:) -¡A llorar! ¡A llorar!</div><div><br></div><div><br></div><div>No se trata, claro es, de extraer consecuencias de una posible comparación Campoamor-Pérez de Ayala, puesto que para establecerla apenas podríamos echar mano de otra cosa que no fueran parecidas opiniones en torno al relativismo de las cosas humanas, es decir, a las visiones que de un mismo asunto se obtienen desde diferentes perspectivas.</div><div><br></div>]]></description>
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         <pubDate>2023-05-10 21:18:26 UTC</pubDate>
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         <title>3.Estudios de algunas de sus obras </title>
         <author>kacemmaoudaui</author>
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         <pubDate>2023-05-10 21:27:41 UTC</pubDate>
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