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      <title>El profesor suplente. by BookSong</title>
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      <description>Julio Ramón Riveiro.</description>
      <language>en-us</language>
      <pubDate>2021-12-07 23:49:58 UTC</pubDate>
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         <title>Sobre el autor:</title>
         <author>pequenagabiotagp</author>
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         <description><![CDATA[<div>(Lima, 1929 - 1994) Escritor peruano, figura destacada de la llamada Generación del 50 y uno de los mejores cuentistas de la literatura hispanoamericana del siglo XX. Recibió su primera enseñanza en el Colegio Champagnat de Lima, para posteriormente ingresar a la Universidad Católica del Perú (1946), donde cursó letras y derecho. Abandonó los estudios jurídicos en 1952, cuando se encontraba en el último año de la carrera, al recibir una beca para estudiar periodismo en Madrid, adonde se trasladó en noviembre del mismo año.<br><br>En julio de 1953, y después de ganar un concurso de cuentos convocado por el Instituto de Cultura Hispánica, viajó a París para preparar una tesis sobre literatura francesa en la Universidad La Sorbona, pero de nuevo decidió abandonar los estudios y permanecer en Europa realizando trabajos eventuales, y alternando su estancia en Francia con breves temporadas en Alemania (1955-56, 1957-58) y Bélgica (1957).</div><div><br>En 1958 regresó al Perú, y en septiembre del año siguiente viajó a la ciudad de Ayacucho, para ocupar el cargo de profesor y director de extensión cultural de la Universidad Nacional de Huamanga. En octubre de 1960 regresó a Francia. En París trabajó como traductor y redactor de la agencia France Presse (1962-72). En 1972 fue nombrado agregado cultural peruano en París y delegado adjunto ante la UNESCO, y posteriormente ministro consejero, hasta llegar al cargo de embajador peruano ante la UNESCO (1986-90).</div><div>Hacia 1993 se estableció definitivamente en Lima. En su país fue distinguido con el Premio Nacional de Literatura (1983) y el Premio Nacional de Cultura (1993), habiendo sido galardonado también en 1994 con el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, uno de los galardones literarios de mayor prestigio en el ámbito cultural hispanoamericano.<br><br></div>]]></description>
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         <pubDate>2021-12-08 00:01:40 UTC</pubDate>
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         <title>El profesor suplente.</title>
         <author>pequenagabiotagp</author>
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         <description><![CDATA[<div>Hacia el atardecer, cuando Matías y su mujer sorbían un triste té y se quejaban de la<br>miseria de la clase media, de la necesidad de tener que andar siempre con la camisa limpia,<br>del precio de los transportes, de los aumentos de la ley, en fin, de lo que hablan a la hora del<br>crepúsculo los matrimonios pobres, se escucharon en la puerta unos golpes estrepitosos y<br>cuando la abrieron irrumpió el doctor Valencia, bastón en mano, sofocado por el cuello duro.<br>—¡Mi querido Matías! ¡Vengo a darte una gran noticia! De ahora en adelante serás<br>profesor. No me digas que no... ¡espera! Como tengo que ausentarme unos meses del país,<br>he decidido dejarte mis clases de historia en el colegio. No se trata de un gran puesto y los<br>emolumentos no son grandiosos pero es una magnífica ocasión para iniciarte en la<br>enseñanza. Con el tiempo podrás conseguir otras horas de clase, se te abrirán las puertas<br>de otros colegios, quién sabe si podrás llegar a la Universidad... eso depende de ti. Yo<br>siempre te he tenido una gran confianza. Es injusto que un hombre de tu calidad, un hombre<br>ilustrado, que ha cursado estudios superiores, tenga que ganarse la vida como cobrador...<br>No señor, eso no está bien, soy el primero en reconocerlo. Tu puesto está en el magisterio...<br>No lo pienses dos veces. En el acto llamo al director para decirle que ya he encontrado un<br>reemplazo. No hay tiempo que perder, un taxi me espera en la puerta... ¡Y abrázame,<br>Matías, dime que soy tu amigo!<br>Antes de que Matías tuviera tiempo de emitir su opinión, el doctor Valencia, había<br>llamado al colegio, había hablado con el director, había abrazado por cuarta vez a su amigo<br>y había partido como un celaje, sin quitarse siquiera el sombrero.<br>Durante unos minutos, Matías quedó pensativo, acariciando esa bella calva que hacía<br>las delicias de los niños y el terror de las amas de casa. Con un gesto enérgico, impidió que<br>su mujer intercala un comentario y, silenciosamente, se acercó al aparador, se sirvió del<br>oporto reservado a las visitas y lo paladeó sin prisa, luego de haberlo observado contra luz<br>de la farola.<br>—Todo esto no me sorprende – dijo al fin —. Un hombre de mi calidad no podía<br>quedar sepultado en el olvido.<br>Después de la cena se encerró en el comedor, se hizo llevar una cafetera, desempolvó<br>sus viejos textos de estudio y ordenó a su mujer que nadie lo interrumpiera, ni siquiera<br>Baltazar y Luciano, sus colegas del trabajo, con quienes acostumbraba reunirse por las<br>noches para jugar a las cartas y hacer chistes procaces contra sus patrones de la oficina.<br>A las diez de la mañana, Matías abandonaba su departamento, la lección inaugural<br>bien aprendida, rechazando con un poco de impaciencia la solicitud de su mujer, quien lo<br>seguía por el corredor de la quinta, quitándole las últimas pelusillas de su terno de<br>ceremonia.<br>—No te olvides de poner la tarjeta en la puerta – recomendó Matías antes de partir —.<br>Que se lea bien: Matías Palomino, profesor de historia.<br>En el camino se entretuvo repasando mentalmente los párrafos de su lección. Durante<br>la noche anterior no había podido evitar un temblorcito de gozo cuando, para designar a Luis<br>XVI, había descubierto el epíteto de Hidra. El epíteto pertenecía al siglo XIX y había caído un<br>poco en desuso pero Matías, por su porte y sus lecturas, seguía perteneciendo al siglo XIX y<br>su inteligencia, por donde se la mirara, era una inteligencia en desuso. Desde hacía doce<br>años, cuando por dos veces consecutivas fue aplazado en el examen de bachillerato, no<br><br>1 1 C u e n t o s J u l i o R a m ó n R i b e y r o<br><br>52<br><br>había vuelto a hojear un solo libro de estudios ni a someterse una sola cogitación al apetito<br>un poco lánguido de su espíritu. Él siempre achacó sus fracasos académicos a la<br>malevolencia del jurado y a esa especie de amnesia repentina que lo asaltaba sin remisión<br>cada vez que tenía que poner en evidencia sus conocimientos. Pero si no había podido<br>optar al título de abogado, había elegido la prosa y el corbatín del notario: si no por ciencia,<br>al menos por apariencia, quedaba siempre dentro de los límites de la profesión.<br>Cuando llegó ante la fachada del colegio, se sobreparó en seco y quedó un poco<br>perplejo. El gran reloj del frontis le indicó que llevaba un adelanto de diez minutos. Ser<br>demasiado puntual le pareció poco elegante y resolvió que bien valía la pena caminar hasta<br>la esquina. Al cruzar delante de la verja escolar, divisó un portero de semblante hosco, que<br>vigilaba la calzada, las manos cruzadas a la espalda.<br>En la esquina del parque se detuvo, sacó un pañuelo y se enjugó la frente. Hacía un<br>poco de calor. Un pino y una palmera, confundiendo sus sombras, le recordaron un verso,<br>cuyo autor trató en vano de identificar. Se disponía a regresar – el reloj del Municipio<br>acababa de dar las once – cuando detrás de la vidriera de una tienda de discos distinguió a<br>un hombre pálido que lo espiaba. Con sorpresa constató que ese hombre no era otra cosa<br>que su propio reflejo. Obsevándose con disimulo, hizo un guiño, como para disipar esa<br>expresión un poco lóbrega que la mala noche de estudio y de café había grabado en sus<br>facciones. Pero la expresión, lejos de desaparecer, desplegó nuevos signos y Matías<br>comprobó que su calva convalecía tristemente entre los mechones de las sienes y que su<br>bigote caía sobre sus labios con un gesto de absoluto vencimiento.<br>Un poco mortificado por la observación, se retiró con ímpetu de la vidriera. Una<br>sofocación de mañana estival hizo que aflojara su corbatín de raso. Pero cuando llegó ante<br>la fachada del colegio, sin que en apariencia nada lo provocara, una duda tremenda le<br>asaltó: en ese momento no podía precisar si la Hidra era un animal marino, un monstruo<br>mitológico o una invención de ese doctor Valencia, quien empleaba figuras semejantes, para<br>demoler sus enemigos del Parlamento. Confundido, abrió su maletín para revisar sus<br>apuntes, cuando se percató que el portero no le quitaba el ojo de encima. Esta mirada,<br>viniendo de un hombre uniformado, despertó en su conciencia de pequeño contribuyente<br>tenebrosas asociaciones y, sin poder evitarlo, prosiguió su marcha hasta la esquina opuesta.<br>Allí se detuvo resollando. Ya el problema de Hidra no le interesaba: esta duda había<br>arrastrado otras muchísimo más urgentes. Ahora en su cabeza todo se confundía. Hacía de<br>Colbert un ministro inglés, la joroba de Marat la colocaba sobre los hombros de Robespierre<br>y por un artificio de su imaginación, los finos alejandrinos de Chenier iban a parar a los<br>labios del verdugo Sansón. Aterrado por tal deslizamiento de ideas, giró los ojos locamente<br>en busca de una pulpería. Una sed impostergable lo abrasaba.<br>Durante un cuarto de hora recorrió inútilmente las calles adyacentes. En ese barrio<br>residencial sólo se encontraban salones de peinado. Luego de infinitas vueltas se dio de<br>bruces con la tienda de discos y su imagen volvió a surgir del fondo de la vidriera. Esta vez<br>Matías lo examinó: alrededor de los ojos habían aparecido dos anillos negros que describían<br>sutilmente un círculo que no podía ser otro que el círculo del terror.<br>Desconcertado, se volvió y quedó contemplando el panorama del parque. El corazón le<br>cabeceaba como un pájaro enjaulado. A pesar de que las agujas del reloj continuaban<br>girando, Matías se mantuvo rígido, testarudamente ocupado en cosas insignificantes, como<br>en contar las ramas de un árbol, y luego en descifrar las letras de un aviso comercial perdido<br>en el follaje.<br>Un campanazo parroquial lo hizo volver en sí. Matías se dio cuenta de que aún estaba<br>en la hora. Echando mano a todas sus virtudes, incluso a aquellas virtudes equívocas como<br>la terquedad, logró componer algo que podría ser una convicción y, ofuscado por tanto<br>tiempo perdido, se lanzó al colegio. Con el movimiento aumentó el coraje. Al divisar la verja<br><br>1 1 C u e n t o s J u l i o R a m ó n R i b e y r o<br><br>53<br><br>asumió el aire profundo y atareado de un hombre de negocios. Se disponía a cruzarla<br>cuando, al levantar la vista, distinguió al lado del portero a un cónclave de hombres canosos<br>y ensotanados que lo espiaban, inquietos. Esta inesperada composición – que le recordó a<br>los jurados de su infancia – fue suficiente para desatar una profusión de reflejos de defensa<br>y, virando con rapidez, se escapó hacia la avenida.<br>A los veinte pasos se dio cuenta de que alguien lo seguía. Una voz sonaba a sus<br>espaldas. Era el portero.<br>—Por favor – decía — ¿No es usted el señor Palomino, el nuevo profesor de historia?<br>Los hermanos lo están esperando. Matías se volvió, rojo de ira.<br>—¡Yo soy cobrador! – Contestó brutalmente, como si hubiera sido víctima de alguna<br>vergonzosa confusión.<br>El portero le pidió excusas y se retiró. Matías prosiguió su camino, llegó a la avenida,<br>torció al parque, anduvo sin rumbo entre la gente que iba de compras, se resbaló en un<br>sardinel, estuvo a punto de derribar a un ciego y cayó finalmente en una banca,<br>abochornado, entorpecido, como si tuviera un queso por cerebro.<br>Cuando los niños que salían del colegio comenzaron a retozar a su alrededor, despertó<br>de su letargo. Confundido aún, bajo la impresión de haber sido objeto de una humillante<br>estafa, se incorporó y tomó el camino de su casa. Inconscientemente eligió una ruta llena de<br>meandros. Se distraía. <mark>La realidad se le escapaba por todas las fisuras de su imaginación.<br>Pensaba que algún día sería millonario por un golpe de azar. Solamente cuando llegó a la<br>quinta y vio a que su mujer lo esperaba en la puerta del departamento, con el delantal<br>amarrado a su cintura, tomó conciencia de su enorme frustración. No obstante se repuso,<br>tentó una sonrisa y se aprestó a recibir a su mujer, que ya corría por el pasillo con los brazos<br>abiertos.<br>—¿Qué tal te ha ido? ¿Dictaste tu clase? ¿Qué han dicho los alumnos?<br>—¡Magnífico!... ¡Todo ha sido magnífico! – Balbuceó Matías —. ¡Me aplaudieron! –<br>pero al sentir los brazos de su mujer que lo enlazaban del cuello y al ver en sus ojos, por<br>primera vez, una llama de invencible orgullo, inclinó con violencia la cabeza y se echó<br>desconsoladamente a llorar.</mark><br>(Amberes, 1975)</div>]]></description>
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         <pubDate>2021-12-08 00:06:15 UTC</pubDate>
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         <title>Lo que pasó después. (cuento)</title>
         <author>pequenagabiotagp</author>
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         <description><![CDATA[<div>A pesar de haber disimulado casi de forma perfecta el motivo de su llanto, Matías aún sentía un nudo en su garganta, lo acompañó aquella tarde después del almuerzo, lo sintió cortar su respiración cuando su esposa preguntó: ¿Por qué lloras, cariño?</div><div>Y con una sonrisa forzada Matías respondía: Es la emoción, querida.</div><div><br></div><div>Aquella noche la funda de su almohada terminó empapada, el nudo en su garganta aún persistente, y su ser taciturno, temiendo el inevitable momento que llegaría en la mañana cuando tuviera que aceptar la verdad. &nbsp;</div><div><br></div><div>La verdad era que, Matías era un niño en el cuerpo de un adulto, un niño que aún no sabía de qué iba la vida exactamente, y cómo enfrentar sus problemas sin reprimir el impulso de correr a la seguridad de su habitación todo el tiempo, y a menudo se preguntaba si los demás también lo verían, si su esposa se daría cuenta de la cruel estafa que era su persona, solo un patético hombre sobreviviendo como podía el día a día, fingiendo que entendía de lo que hablaban, cuando su cabeza en realidad se encontraba volando en algún lugar lejano, algún lugar en el que la vida no era tan dura con personas como él.&nbsp;</div><div><br></div><div>Así entre divagaciones, y aún con aquella pesadez en su cuerpo, el amanecer llegó, y con él un tan temido nuevo día. Su esposa se levantó antes de lo usual, alegando que debía comer bien para su primer día de trabajo, y nuevamente, el hombre no tuvo corazón para confesarle que, como siempre, había arruinado todo de nuevo. Con la excusa de arreglarse para causar una buena primera impresión, Matías se encerró en el aire, demorándose innecesariamente en pequeños detalles&nbsp;</div><div><br></div><div>¿aquella era la cuarta o quinta vez que hacía su corbata?</div><div><br></div><div>No lo sabía, pero cuando terminó, tenía los dedos enrojecidos por el constante roce de la tela. Al salir, su mujer se detuvo a acomodar su cabello con una sonrisa cariñosa, y el mismo orgullo del día anterior brillando en sus ojos.&nbsp;</div><div><br></div><div>-Tu cabello es un desastre, Matías ¿no lo viste?- regañó a punto de despedirlo en la puerta. Y la verdad era que, no lo había visto, porque a pesar de haber permanecido la última media hora en el baño, no fue capaz de verse al espejo, y ver su reflejo, afrontar su ridícula realidad.</div><div><br></div><div>Con su maletín en mano, Matías emprendió el recorrido de la mañana anterior, tomando un bus, y sentándose en la banqueta que se encontraba frente a la escuela, vió como un mero espectador el constante flujo de niños entrando a la institución al igual que los docentes. Para cuando la campana sonó, cada persona se hallaba exactamente en el lugar que debía estar, excepto él.</div><div><br></div><div>Entonces vió, toda la mañana a través de la ventana más cercana a la avenida, vió a la persona que ocupaba su puesto, un hombre de buen porte, con una presencia que desbordaba confianza por donde se le viera, y todos los niños lo escuchaban sin interrumpir, la clase de persona que no pasaba desapercibida, la clase de persona que él nunca sería, pero aún así, se permitió fantasear con ello, se permitío por un segundo imaginarse en su lugar, impartiendo aquella clase, con una brillante sonrisa, por un segundo sintió aquel nudo en su garganta desaparecer, y un segundo, se convirtió en horas, y esas horas se convirtieron en días, y pronto Matías había pasado semanas en su pasatiempo favorito: ver todo lo que pudo haber sido,tener su vida perfecta, aunque sea por unas horas, seguir viendo la mirada orgullosa de su esposa todos los días, sin que ella sepa su cruel realidad.</div><div><br></div><div>Matías estaba obsesionado con “su nueva vida” en incluso, le contaba las anécdotas de esta a su esposa, cambiando los puntos de vista por supuesto.</div><div><br></div><div>Todo permaneció de aquella manera, hasta que el último día de julio, sintió un hombro ser removido, repentinamente molesto por ser interrumpido en su labor, un hombre en uniforme de policía lo miraba con el ceño fruncido.</div><div><br></div><div>-Acompáñenos, necesitamos hacerle unas preguntas sobre sus constantes visitas. -ordenó el hombre en tono firme, Matías se negó, sin comprender del todo lo que pasaban- No puedo, aún no termina su- mi turno, no lo entiende. - negó con firmeza aún sentando en su lugar.</div><div><br></div><div>- Cariño, basta, lo sé todo. -de repente aquella voz lo sacó de su taciturno estado, los ojos estupefactos buscando a la ya conocida dueña, las manos comenzando a temblar al tratar de acercarse a ella, y su perfecta vida comenzando a deslizarse de sus dedos como el agua de lluvia, casi podía ver la escena, la perfecta fotografía de su vida comenzando a romperse en retazos.</div><div><br></div><div>- Lo siento, lo siento…- parecía ser lo único que sus labios pronunciaban, ahí, su actuación terminó, el telón se cerró, y su careta de adulto cayó, volvía a ser un niño demasiado alto.</div><div><br><br></div>]]></description>
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         <pubDate>2021-12-08 00:49:53 UTC</pubDate>
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         <title>i can see.</title>
         <author>pequenagabiotagp</author>
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         <description><![CDATA[<div>Puedo ver, sus cálidas sonrisas</div><div>Puedo ver, las firme esperanza, la convicción.</div><div>Puedo ver, todas sus expectativas.</div><div>Puedo ver, su fe en mí.</div><div>Depositadas cuidadosamente en mí</div><div>Sobre mí</div><div>Lo veo.</div><div><br></div><div>Pero también veo, cada palabra</div><div>Cada mirada de aliento, apilándose</div><div>Puedo verlos cada vez más grandes sobre mí.</div><div>Presionando, alzándose cada vez más por encima mío</div><div>Puedo ver la sombra, elevándose sobre mí</div><div>Tragándome</div><div><br></div><div>Puedo ver, las manos que dan animosas palmadas en mi hombro.</div><div>Siendo demasiadas.</div><div>Demasiado pesadas.</div><div>Hundiéndome.</div><div><br></div><div>Puedo ver, el brillante futuro que me muestran.&nbsp;</div><div>Puedo ver, lo luminoso que es.&nbsp;</div><div>Tan resplandeciente.</div><div>Cegador.</div><div><br></div><div>Hasta que, ya no puedo ver.</div><div>Y todo es oscuro.</div><div>Puedo ver oscuridad.&nbsp;</div><div><br></div><div>Y veo lo que no puedo ver.</div><div><br><br></div>]]></description>
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         <pubDate>2021-12-08 00:55:41 UTC</pubDate>
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         <title>Carta de Matías.</title>
         <author>pequenagabiotagp</author>
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         <description><![CDATA[<div>Estas fueron las últimas palabras que Matías escribió.</div><div>Estos fueron los últimos pensamientos de Matías.</div><div><br></div><div>Matías fue encontrado aquella tarde muerto en un callejón de camino a su casa debido a una fuerte sobredosis de pastillas.</div><div><br><br></div>]]></description>
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         <pubDate>2021-12-08 03:20:52 UTC</pubDate>
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