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      <title>MANOS ABIERTAS by Pastoral Salesianos Carabanchel</title>
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      <description>Muro de Oración, Reflexión, ayuda a encontrarse con Dios en estos momentos singulares.</description>
      <language>en-us</language>
      <pubDate>2020-03-24 09:58:11 UTC</pubDate>
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         <title>TIEMPO</title>
         <author>pastoralsc20</author>
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         <description><![CDATA[<div>Señor, ayúdanos a dar sentido al tiempo que estamos viviendo.<br>Ayúdanos a llenar de tu voz el silencio en el que estamos inmersos. ¿De qué es tiempo, Señor?</div>]]></description>
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         <pubDate>2020-03-24 10:10:10 UTC</pubDate>
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         <title>IN MEMORIAM...</title>
         <author>pastoralsc20</author>
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         <description><![CDATA[<div>Escribamos aquí el nombre de aquellos que nos han dejado y por los que queramos rezar...</div>]]></description>
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         <pubDate>2020-03-24 12:00:24 UTC</pubDate>
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         <title>ORACIÓN A MARÍA AXILIADORA</title>
         <author>pastoralsc20</author>
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         <description><![CDATA[<div>PROPUESTA POR EL RECTOR MAYOR<br><br>¡Oh Santa e Inmaculada Virgen María, Madre nuestra y poderoso Auxilio de los Cristianos! </div><div>Nosotros nos consagramos enteramente a tu amor y tu servicio. </div><div>Te entregamos nuestra mente y sus pensamientos, nuestro corazón y sus afectos, nuestro cuerpo y sus sentidos y fuerzas, </div><div>y prometemos obrar siempre para la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas.</div><div><br></div><div>Tú, que fuiste siempre Auxilio para el  pueblo cristiano, continúa, siéndolo especialmente en estos días </div><div>en que vivimos sometidos al dolor y la enfermedad. </div><div>No permitas que las dificultades y sufrimientos dobleguen nuestra fe y nuestra esperanza:</div><div>tú, que eres fuerte como ejército en orden de batalla,</div><div>danos la fuerza necesaria para luchar contra el mal y buscar siempre el bien.</div><div><br></div><div>Acompaña al Pueblo de Dios y a sus pastores, concede tu fuerza al Papa Francisco, a los obispos y sacerdotes;</div><div>Ilumina a los gobernantes y a todos los que están investidos de autoridad, para que busquen siempre y solo el bien de los ciudadanos;</div><div>protege a las familias, a los religiosos y sacerdotes, a los miembros de movimientos apostólicos; </div><div>cuida especialmente de los niños y jóvenes, protégelos bajo tu manto de Auxiliadora;</div><div>intercede por todos nosotros, pecadores, para que vivamos en constante espíritu de conversión, </div><div>consuela a los enfermos y conforta a los moribundos con la esperanza del encuentro con el Señor resucitado.</div><div><br></div><div>Te suplicamos, Madre de Dios, que nos enseñes a imitar tus virtudes, especialmente tu sencillez y tu ardiente caridad, </div><div>tu apertura y disponibilidad a la voluntad de Dios y tu entrega a la misión de ser la primera discípula de tu hijo Jesús en el anuncio del Reino,</div><div>y en el desarrollo de la Iglesia y de la Familia Salesiana, de la que eres especial protectora como Auxiliadora.</div><div><br></div><div>Haz, María Auxiliadora, que todos permanezcamos reunidos bajo tu maternal manto; </div><div>que en las tentaciones te invoquemos con toda confianza; y que la certeza del amor que nos tienes</div><div>nos aliente de tal modo, que salgamos victoriosos en la lucha contra el enemigo de nuestra alma </div><div>en la vida y en la muerte, para que podamos encontrarnos contigo el Paraíso. </div><div>Así sea.</div>]]></description>
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         <pubDate>2020-03-24 12:04:27 UTC</pubDate>
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         <title>HOMILÍA COMPLETA PAPA FRANCISCO BENDICIÓN URBI ET ORBI</title>
         <author>pastoralsc20</author>
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         <description><![CDATA[<div>A continuación, la homilía completa pronunciada por el Santo Padre Papa Francisco durante la oración extraordinaria ante la pandemia por coronavirus:</div><div> </div><div>«Al atardecer» (<em>Mc</em> 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos.</div><div>Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús. Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, Él permanecía en popa, propio en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre —es la única vez en el Evangelio que Jesús aparece durmiendo—. Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono de reproche: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (v. 40).</div><div>Tratemos de entenderlo. ¿En qué consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone a la confianza de Jesús? Ellos no habían dejado de creer en Él; de hecho, lo invocaron. Pero veamos cómo lo invocan: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (v. 38). <em>No te importa</em>: pensaron que Jesús se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención. Entre nosotros, en nuestras familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: “¿Es que no te importo?”. Es una frase que lastima y desata tormentas en el corazón. También habrá sacudido a Jesús, porque a Él le importamos más que a nadie. De hecho, una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados.</div><div>La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad. La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad.</div><div>Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.</div><div>«<em>¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?</em>». Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”.</div><div>«<em>¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?</em>». Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe. Que no es tanto creer que Tú existes, sino ir hacia ti y confiar en ti. En esta Cuaresma resuena tu llamada urgente: “Convertíos”, «volved a mí de todo corazón» (<em>Jl</em> 2,12). Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como <em>un momento de elección</em>. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás. Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último <em>show</em> pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo. Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (<em>Jn</em> 17,21). Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras.</div><div>«<em>¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?</em>». El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos, solos, nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere.</div><div>El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar. El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado. El Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante (cf. <em>Is</em> 42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza.</div><div>Abrazar su Cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar. Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad. En su Cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza.</div><div>«<em>¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?</em>». Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios. Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: «No tengáis miedo» (<em>Mt</em> 28,5). Y nosotros, junto con Pedro, “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque Tú nos cuidas” (cf. <em>1 P</em> 5,7).</div>]]></description>
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         <title>MOMENTO DE ORACIÓN Y BENDICIÓN DEL PAPA FRANCISCO</title>
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         <title>REZAMOS POR LOS ENFERMOS</title>
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         <title>PARA PENSAR EN ESTE TIEMPO DE CONFINAMIENTO</title>
         <author>pastoralsc20</author>
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