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      <title>Repensando el Paradigma en Nuestras Biografías Escolares by Flavia Herrera Guzman</title>
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      <language>en-us</language>
      <pubDate>2025-08-04 22:24:49 UTC</pubDate>
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         <title>Recuerden escribir su apellido y nombre. Pueden agregar alguna foto escolar a su biografía. Consejo: Para realizar la actividad pueden tomar en consideración, el capítulo 2  &quot;De un paradigma a otro&quot; de Horacio Maldonado</title>
         <author>profeflavia2023</author>
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         <description><![CDATA[<p>·&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Desde tu biografía escolar, describe cómo se organizaban los espacios y los cuerpos en el patio, tanto en la escuela primaria como en la secundaria. ¿Qué criterios (sexo, estatura, orden alfabético) se utilizaban para formar las filas? Reflexiona sobre el propósito de estas prácticas. ¿Qué mensajes implícitos transmitían sobre el orden, la disciplina y las jerarquías de género?</p><p>·&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; ¿Cómo estaba distribuido el mobiliario en el aula de tu escuela? ¿Quiénes decidían dónde se sentaba cada estudiante? Analiza si la ubicación de los estudiantes respondía a criterios de desempeño académico, conducta o cualquier otro factor. ¿Consideras qué la disposición del aula reforzaba un modelo de control o, por el contrario, promovía la participación y la colaboración?</p><p>·&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En los actos escolares, ¿qué criterios determinaban quiénes recitaban, actuaban o izaban la bandera? ¿Qué perfiles de estudiantes eran visibilizados y cuáles permanecían en segundo plano? Reflexiona sobre cómo estas prácticas pueden haber reforzado ciertas expectativas de rol y cómo se vinculan con un paradigma de control o de convivencia.</p><p>·&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Recuperando tu experiencia escolar, ¿cómo era la relación entre docentes y estudiantes? ¿Recuerdas si había estudiantes cuyos nombres eran más fáciles de recordar que otros? Analiza las distintas formas en que eran nombrados los estudiantes, como apodos o etiquetas. ¿Qué tipo de juicios o clasificaciones se escondían detrás de estas formas de nombrar a las y los estudiantes?</p><p>·&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Reflexiona sobre los instrumentos de evaluación de tu escuela (cuadernos, libreta de calificaciones). ¿Qué tipo de comentarios o juicios recibían los estudiantes? ¿Se limitaban al desempeño académico o incluían valoraciones sobre el comportamiento y la moral? Discute si los criterios de evaluación eran uniformes para todos o si se aplicaban de forma diferencial, y qué implicancias tiene esto en la construcción de la subjetividad de los estudiantes.</p><p>·&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Analiza las normas de vestimenta que regían en tu escuela. ¿Qué aspectos de la presentación personal estaban más controlados? ¿Qué sanciones se aplicaban al respecto? Reflexiona sobre cómo estas reglas buscaban disciplinar los cuerpos y las identidades juveniles, y qué mensajes enviaban sobre la conformidad y la libertad de expresión.</p><p>·&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Describe cómo se organizaban los espacios del recreo y de Educación Física en tu escuela. ¿Qué tipo de juegos y actividades eran promovidos? ¿Había espacios o actividades diferenciadas por género? Analiza cómo la organización de estos espacios refleja un modelo de disciplinamiento de los cuerpos y cómo se vincula con un paradigma de control o convivencia.</p><p>·&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; A partir de tu experiencia, analiza si existía una diferencia en las sanciones aplicadas a los y las estudiantes ante conductas consideradas inadecuadas. ¿Qué tipo de faltas eran más sancionadas en cada caso? Discute cómo esta doble vara en la disciplina escolar puede haber perpetuado estereotipos de género.</p>]]></description>
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         <pubDate>2025-08-04 22:30:36 UTC</pubDate>
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         <title>Olavarría, Roxana Pamela</title>
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         <description><![CDATA[<p>Entre los años 2000 y 2005 transité mi formación secundaria en el Colegio Agropecuario N° 725, una institución rural ubicada en la localidad de Sarmiento, Provincia de Chubut.</p><p>Fue un colegio muy afectado por la crisis económica del 2001, conocida como el corralito, que llevo a una importante reducción en recursos materiales y humanos, y mayor desigualdad en el acceso a la educación.</p><p>Contaba con áreas de aprendizaje técnico como apicultura, cunicultura, avicultura, vivero, huerta, laboratorio, producción de ganado ovino y bovino. Su enfoque agrario promovía valores como la responsabilidad, el respeto y la organización colectiva, pero la disciplina se vinculaba más con el compromiso laboral que con normas estrictas de comportamiento.</p><p>No había diferencias en cuanto a la clase de género, tanto los estudiantes masculinos como los femeninos realizaban las diferentes tareas agropecuarias.</p><p>Los espacios como laboratorios, talleres o aulas tenían mesas grupales e individuales, de madera o metal, y aunque la disposición no fuera alineada, siempre se encontraban frontales a la pizarra y al escritorio del docente, lo que tendía a reforzar un modelo de control, donde el docente era el centro del saber y los estudiantes ocupaban un rol más pasivo, estableciéndose un vínculo un poco más heterónomo que autónomo. Pero en los talleres y actividades rurales, la relación podía ser más horizontal, con docentes actuando como guías o supervisores, más que como figuras de control. En general, el vínculo entre docente y alumno era muy bueno.</p><p>Los estudiantes eran visibilizados según el rol productivo en el que se destacasen, ya sea, huerta, mecánica agrícola, cunicultura, etc; recibiendo muy buenos reconocimientos por su desempeño. Pero también esto sugería etiquetas ligadas al género como “las chicas del vivero” o “los chicos del taller”, reflejando una división simbólica de roles, y llevando así, a que los estudiantes se pongan apodos, no necesariamente ofensivos, pero que los docentes y preceptores lo consideraban un llamado de atención.</p><p>La vestimenta era informal en las aulas, sólo se esperaba que fuera prolija y adecuada. Pero esto también era motivo de comentarios, apodos o diferenciación social entre estudiantes. En cuanto a las actividades prácticas era habitual el uso de un uniforme técnico como ropa de trabajo: mamelucos, botas, guantes y gorros. Los aspectos que más se controlaban eran la prolijidad y la higiene. No eran exigentes con la forma de vestir, ni con el largo del cabello y tampoco con que las chicas fueran maquilladas.</p><p>Las clases de Educación física se realizaban en el salón interno del colegio, o bien en las canchas de tierra y césped. Las actividades eran fútbol, vóley, handball, atletismo y juegos recreativos grupales. En cuanto a la vestimenta se exigía ropa cómoda y adecuada: pantalón largo, buzo y zapatillas cerradas.</p><p>A la hora de formar filas, el orden era por estatura, de menor a mayor, y por sexo, de un lado las chicas y del otro lado los chicos. Esto se hacía para que los preceptores tuvieran más visibilidad y control sobre la conducta de los alumnos. Durante los recreos, todos los estudiantes salían a los patios comunes y se mezclaban con estudiantes de distintos años. Se jugaba al fútbol, se charlaba en grupos, y algunos estudiantes aprovechaban para recorrer la chacra o los espacios verdes del predio. Pero siempre había vigilancia de parte de los supervisores.</p><p>Las asignaturas teóricas se evaluaban con prueba escrita. En cambio, las asignaturas de actividad agropecuaria se evaluaban con registros de prácticas asistidas (cultivo, cuidado de animales y mantenimiento de maquinaria). Y los criterios de evaluación se basaban en el conocimiento teórico, la aplicación práctica, la responsabilidad, el compromiso, la participación, la colaboración, la conducta y la disciplina.</p><p>Por supuesto, que el colegio contaba con un acuerdo de convivencia construido sólo por los directivos, y si no se cumplía alguna norma u ocurría algo muy grave se procedía al régimen típico de amonestaciones, donde al llegar a quince amonestaciones, el estudiante era expulsado. Estos tipos de sanciones eran meramente punitivas, no tenían ningún fin educativo y/o reflexivo.</p><p>Al finalizar el secundario, como parte del ritual de egreso, pintábamos los murales para dejar nuestra huella, como gesto de identidad y pertenencia. Pintar el mural implicaba ocupar el colegio desde otro lugar: no como estudiantes, sino como protagonistas de una historia que quedaba registrada.</p><p>&nbsp;</p>]]></description>
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         <pubDate>2025-08-18 03:31:16 UTC</pubDate>
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         <title>Mayra Mansilla</title>
         <author></author>
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         <description><![CDATA[<p>Teniendo en cuenta la organización de espacios en ambas instituciones a las que asistí (primario y secundario) se delimitaban los espacios de acuerdo al nivel (grado/año) que estábamos transitando.</p><p>A la hora de realizar las formaciones para el izado de bandera, las filas se organizaban en dos, de acuerdo a nuestro género, y de menor a mayor. </p><p>Estas prácticas me hace pensar en la necesidad de generar un órden y un control visual completo del alumnado. A su vez, diferenciar las filas por género marcaba una fuerte oposición en cuanto a las cuestiones de género.</p><p>El mobiliario en ambas instituciones estaba organizado en filas, y en principio, podíamos decidir dónde sentarnos de acuerdo a afinidad con nuestros compañeros, pero no duraba demasiado esa libertad puesto que a las pocas semanas siempre decidían organizarnos por apellidos o al azar, separando a aquellos grupos que generaban mayores alborotos dentro del aula. Estas decisiones las tomaban los docentes, y en el caso del secundario el preceptor era el encargado de hacer cumplir esa solicitud del docente.</p><p>Ante los reiterados cambios de lugar, en oportunidades llegaron a rotular los bancos como medida de control.</p><p>La disposición de los bancos contaba con mayor libertad en los primeros grados del primario, donde las mesas eran redondas; y en aquellas instancias que se proponían trabajos grupales y podíamos mover los bancos para mejorar la instancia de diálogo y debate.</p><p>En este sentido la mayor parte de mi trayecto educativo estuvo regido por disposiciones aúlicas que marcaban distancia entre docente-alumno y asentuaban el rol de autoridad.</p><p>Teniendo en cuenta la participación en los actos escolares, siempre era más solicitada la participación de aquellos alumnos con mejor rendimiento académico. </p><p>En el secundario, no se formulaba una pregunta abierta para que pudieran voluntariamente participar quienes quisieran, sino que se solicitaba la colaboración de algunos alumnos en particular.</p><p>Entiendo que los docentes proponían esta modalidad para tener un mayor control de la situación dado que involucraba salir del aula varias horas.</p><p>Las evaluaciones se limitaban a transcribir conceptos adquiridos en las clases, no se tenía en cuenta procesos como relacionar ideas, pensamiento crítico, participación en clase, etc.</p><p>Tanto las clases como los criterios de evaluación se aplicaban para todos por igual.</p><p>En relación a la vestimenta, en el primario era obligatorio el uso de guardapolvo blanco y en el secundario el uso de uniforme. </p><p>En este último nivel se realizaban luego del recreo revisiones de uniforme donde pasabamos por un pasillo de preceptores donde además de controlar el uniforme visible, controlaban el largo de las uñas y las medias utilizadas.</p><p>Cualquier incumplimiento de uniforme era sancionado con amonestaciones escritas. La sumatoria de amonestaciones condicionaban el ingreso a la institución el año próximo.</p>]]></description>
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         <pubDate>2025-08-18 16:47:42 UTC</pubDate>
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      </item>
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         <title>Noelia Ferrino </title>
         <author></author>
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         <description><![CDATA[<p>Desde mi experiencia en primaria, recuerdo que en el patio siempre las nenas jugaban con las nenas y los varones a la pelota o la carrerita. Cuando terminaba el recreo, para izar la bandera o en un acto, nos formábamos de menor a mayor en dos filas, una de nenas y otra de varones. Tomando distancia con el brazo. En el aula, los bancos se encontraban de a dos mirando hacia el frente, al pizarrón. Podíamos elegir con quién y a dónde sentarnos, solo que si algún alumno se portaba mal o conversaba mucho, la señorita lo sentaba adelante, lo más cerca posible de su escritorio, o también separaba a los grupos cuando no permitían dar la clase. Generalmente, los niños más aplicados se sentaban delante en el aula; en estos casos sí se tomaba en cuenta la conducta cuando organizaba de esa manera el aula.  Considero que sí se promovía el control. En los actos escolares era la señorita la que elegía a los alumnos que participaban y su distribución; no recuerdo en qué se basaba para esa elección. Se podía notar una relación afectuosa de la maestra con los alumnos, pero con los directivos no era de esa manera; ellos eran más distantes. Si bien la maestra representaba autoridad en el aula, la directora representaba más autoridad. </p><p>Los nombres de los alumnos eran fáciles de recordar, pero los alumnos que tenían mala conducta eran los que más sonaban en el aula como revoltosos, complicados, etc. Las evaluaciones se calificaban con B, MB, E, y se entregaban las libretas con las notas y un recuadro con un pequeño informe donde se hacía referencia a algunos puntos a reforzar o mejorar o alguna felicitación. Se sancionaba a los alumnos llevándolos a dirección a firmar un libro, llamaban a los padres y, a las tres firmas, se suspendía al alumno y, como último estadio, se expulsaba del colegio. Pero también se premiaba a los alumnos pasando a la bandera o algún mensaje en la evaluación, etc. Los alumnos asistíamos con guardapolvo blanco abajo de las rodillas, zapatillas de colores no muy llamativos y el cabello recogido. Aquí no se sancionaba a los alumnos por no asistir en esas condiciones, ya que era un colegio público, pero sí se les enviaba una nota a los padres solicitando cumplir con los requisitos mínimos.  Se consideraban conductas inadecuadas la falta de respeto, la violencia. Esas faltas eran las más sancionadas. Esas sanciones exponían a los alumnos y esto generaba que los demás compañeros se alejaran y los padres no dejaran a sus hijos compartir con estos alumnos que tenían problemas de conducta.  </p>]]></description>
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         <pubDate>2025-08-18 18:17:16 UTC</pubDate>
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         <title>Camila Victoria Gómez</title>
         <author></author>
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         <description><![CDATA[<p>Tanto al nivel primario (2009 - 2014) como al secundario (2015 - 2020), lo cursé en una escuela luterana de barrio Alto Alberdi, en Córdoba. En el primario, recuerdo que todos los cursos éramos citados al patio para bajar la bandera antes de finalizar la jornada escolar, debido a que era turno tarde. Al llegar al patio se seleccionaba a dos o tres alumnos que se encargarían de bajar la bandera y el resto del alumnado formaba filas prolijas. Por cada curso había dos filas, una de niñas y otra de niños, las cuales se ordenaban de menor a mayor y se nos hacía tomar distancia. En el secundario, al ser turno mañana, directamente al ingresar ya nos dirigíamos al patio para izar la bandera, compartir una oración en conjunto y escuchar los anuncios importantes. Aquí seguíamos manteniendo las filas organizadas por sexo, pero ya no se nos exigía ordenarnos por altura. Estas prácticas demuestran la transmisión de disciplina y jerarquía, reforzando la separación de los alumnos por género y el orden para que los adultos pudieran tener un mejor control visual.</p><p>Respecto al mobiliario de las aulas, puedo decir que las mesas estaban ordenadas en filas y cada una de ellas era ocupada por dos estudiantes. Tanto en el primario como en el secundario teníamos mapa de aula, es decir que la forma en la que estaban distribuidos los estudiantes estaba pensada para reducir las posibilidades de interrupción de la clase. Generalmente optaban por separar a aquellos grupos de alumnos que hablaban y desordenaban la clase, colocándolos cerca de otros estudiantes más tranquilos o aplicados. Si bien el objetivo de los adultos, al disponer el aula de esta forma era controlar, ayudaba a evitar las distracciones con cosas externas y se producía un clima de participación colectiva super interesante.</p><p>En los actos escolares no había criterios que determinaban quiénes recitaban, actuaban o izaban la bandera, ya que esto siempre era voluntario. Por lo general para un acto se seleccionaban dos o tres cursos y participaban solamente aquellos que quisieran, proponiendo ellos mismos ideas para el desarrollo del acto. Para la bandera sucedía algo parecido, se elegían a dos alumnos de cualquier curso que quisieran pasar. Estas prácticas están más cerca del paradigma de la convivencia, ya que se fomenta la libre elección y la participación activa. De todos modos, al ser una actividad en donde no se obligaba a los alumnos a participar, los perfiles expuestos o visibilizados casi siempre eran los mismos y coincidían con aquellos más extrovertidos, mientras que los más tímidos participaban en escasas ocasiones.</p><p>En mi escuela, al finalizar cada trimestre se enviaba el informe de calificaciones, en el cual figuraban las asignaturas y las notas obtenidas. En el primario aparecía el E, MB, B, S&nbsp; y NS, más una apreciación del desempeño y conducta del estudiante hecha por el maestro titular. Mientras que en el secundario las calificaciones eran con números que iban del uno al diez y apreciación de conducta en palabras cortas que podía ser: excelente, muy buena, buena o regular.&nbsp;</p><p>En relación a la vestimenta, se controlaba el uso del uniforme y de zapatillas que debían ser del color de la institución. Las chicas teníamos una fecha específica para usar la pollera y si la usábamos fuera de ese rango éramos sancionadas. También se controlaban el uso de medias tres cuartos que acompañaban a la pollera, la no utilización de piercings y el color de cabello (debía ser en tonos naturales, no se aceptaban colores fantasía). Si no se cumplía con este reglamento, primero éramos advertidos por la preceptora y si seguíamos incumpliendo se nos aplicaba una firma o en el caso de no tener más espacio para firmas, se aplicaban amonestaciones.</p>]]></description>
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         <pubDate>2025-08-20 04:59:17 UTC</pubDate>
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         <title>Nicolás Frías Garay</title>
         <author></author>
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         <description><![CDATA[<p>Cursé la primaria en el colegio Amparo de María y la secundaria en el Alejandro Carbó.</p><p>En el Amparo de María, cada mañana comenzaba con la formación en el patio. Las filas se organizaban por curso y dentro de cada una por estatura: los más bajos adelante, los más altos atrás. También se diferenciaba entre niñas y varones. El izado de la bandera era un momento solemne, donde el silencio era controlado por las maestras y preceptores. Esa rutina diaria transmitía un mensaje claro: el orden, la obediencia y la disciplina estaban por encima de cualquier espontaneidad. En la secundaria, en el Carbó, la lógica era similar aunque con menos control sobre las formaciones, sin embargo, el silencio en los actos seguía siendo obligatorio, como una forma de mostrar respeto pero también de marcar obediencia.</p><p>Dentro de las aulas, tanto en la primaria como en la secundaria, el mobiliario estaba organizado en filas rectas mirando al pizarrón. En el Amparo eran las maestras quienes decidían dónde sentarse. Los desordenados y los que tenían notas bajas solían ir adelante, los aplicados atrás. En el Carbó la ubicación era más libre, aunque siempre en el mismo esquema de filas rígidas, lo que reforzaba la idea de que la voz de los docentes era el centro y que nosotros solo debíamos escuchar. Muy pocas veces se trabajaba en grupo, por lo que la disposición del aula no invitaba a la participación ni a la colaboración, sino al control.</p><p>Los actos en primaria consistían en recitar o actuar, lo que estaba reservado para quienes tenían buenas notas, buena conducta o cierta buena presencia. Se visibilizaba siempre a los estudiantes ejemplares, mientras que los tímidos, los que tenían más dificultades o los que no cumplían con ciertos estándares quedaban en segundo plano. Se reforzaban así expectativas de rol: el buen estudiante, responsable y prolijo, era el modelo a seguir.</p><p>La relación con los docentes variaba, pero en general se sentía distante. Recordaban los nombres de quienes se destacaban mucho, para bien o para mal. En el secundario, la mayoría pasaba inadvertida en la masividad de los cursos que eran de 50 alumnos. Principalmente en primario, entre los estudiantes, eran comunes apodos que marcaban etiquetas que reforzaban diferencias: “el vago”, “la traga”, “el gordo”. Esos modos de nombrar dejaban entrever juicios sociales y de comportamiento que no siempre tenían que ver con lo académico.</p><p>En el primario, Las evaluaciones no se limitaban a las notas en los cuadernos o libretas. A menudo venían acompañadas de comentarios sobre la conducta: “responsable”, “distraído”, “no se aplica”. En algunos casos parecía que los criterios variaban según el estudiante: había quienes recibían un trato más tolerante por sus dificultades y otros que eran mas exigidos. En el secundario lo único que valía era la nota, supongo que porque en un curso de 50 era difícil conocer a todos. Pero los juicios que se hacían durante el primario iban construyendo la imagen que cada uno tenía de sí mismo como alumno y como persona.</p><p>Las normas de vestimenta también disciplinaban los cuerpos. En la primaria, el uniforme camisa blanca, corbata roja y pantalón gris era obligatorio y debía estar limpio, sin roturas ni parches. En el Carbó, al comienzo los varones íbamos con ropa de diario, mientras que para las chicas era obligatorio el uso del guardapolvo, luego se incorporó la remera azul con logo, que trato de imponerse como uniforme. El control estaba puesto en la presentación personal y no cumplir con eso podía traer sanciones, sobre todo en el primario. De alguna manera, la institución buscaba uniformarnos y limitar la expresión individual.</p><p>En los recreos del Amparo, los varones solíamos apropiarnos del patio jugando al fútbol, mientras que las chicas se quedaban en grupos conversando o jugando a otros juegos más tranquilos. En el Carbó pasaba algo parecido, y en Educación Física la separación era explícita: varones al fútbol o básquet, y mujeres a vóley o gimnasia. La organización del patio y del gimnasio reforzaba los roles de género tradicionales, más que abrir la posibilidad de un uso libre de los espacios.</p><p>En cuanto a la disciplina, recuerdo que las sanciones no eran iguales para todos. A los varones se les permitía más ruido, pero eran castigados más severamente por peleas o faltas de respeto. A las chicas se las sancionaba más por hablar en clase o por cuestiones de presentación personal, por llevar el pelo suelto o las uñas pintadas. Esa doble vara reforzaba los estereotipos de género, ya que los varones eran vistos como indisciplinados que debían ser controlados y las mujeres como responsables de mantener la buena conducta y la imagen institucional.</p>]]></description>
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         <pubDate>2025-08-27 16:30:54 UTC</pubDate>
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      <item>
         <title>Arce Ailin</title>
         <author></author>
         <link>https://padlet.com/profeflavia2023/es1kb8mj3lvxlu34/wish/3557932297</link>
         <description><![CDATA[<p>realice todos los niveles educativos en el instituto sor maria, ubicado en barrio yofre norte. En mi experiencia escolar, la organización de los espacios y los cuerpos siempre estuvo presente. Para formar las filas, la mayoría de las veces se tenía en cuenta el <strong>sexo</strong> y, en algunos casos, la <strong>estatura</strong>. Como en mi escuela predominaban las mujeres, si la fila de chicas era muy larga, algunas pasaban a la fila de varones. </p><p>Dentro del aula, el <strong>mobiliario</strong> estaba organizado en tres filas de bancos. Generalmente podíamos elegir dónde sentarnos, aunque, si surgían problemas de conducta, el o la preceptora decidía por nosotros. Era muy común que los “más aplicados” se sentaran adelante y que los famosos “del fondo” se ubicaran atrás. Ahora que lo pienso, eso también marcaba diferencias entre estudiantes, aunque no se dijera explícitamente. Aun así, a veces nos dejaban mover los bancos para hacer actividades grupales o por comodidad, y eso nos daba un poco de libertad.</p><p>En los <strong>recreos</strong>, todos teníamos los mismos 10 minutos en el patio, sin distinción de género ni de curso. Los más chicos solían jugar a la soga, mientras que los más grandes jugábamos a las cartas o simplemente charlábamos. En <strong>educación física</strong>, la organización era distinta: algunas actividades eran <strong>mixtas</strong>, pero (en la misma clase) en otras nos separaban por cuestiones físicas y biológicas. </p><p>Las <strong>normas de vestimenta</strong> eran bastante claras. Había que respetar el uniforme formal y el de educación física, además de mantener prolijidad. Si no cumplíamos con esas reglas sin una justificación escrita por padres o tutores, se era sancionado con llamados de atencion.</p><p>En cuanto a los <strong>actos escolares</strong>, la participación era voluntaria. No había un perfil de estudiante más “visible” que otro: quienes querían recitar, actuar o izar la bandera lo hacían. Eso me parecía positivo, porque nos daba la posibilidad de elegir y sentirnos parte de las actividades sin presiones.</p><p>Sobre las <strong>evaluaciones</strong>, al principio nos calificaban con números y se valoraba la presentación de la carpeta. Después de la pandemia, empezaron a usar notas <strong>cualitativas</strong>. Los comentarios podían ser positivos o sugerir que pusiéramos más esfuerzo, pero no se hacían juicios sobre nuestro comportamiento en esas calificaciones, ya que eso se evaluaba aparte. Además, los criterios de evaluación eran los mismos para todos, lo que hacía sentir cierto sentido de igualdad.</p><p>Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que la escuela combinaba elementos de <strong>control</strong> y de <strong>convivencia</strong>. Por un lado, las normas de vestimenta, la organización de filas, la distribución del aula y ciertas reglas en educación física buscaban <strong>ordenar y regular</strong>. Por otro, había espacios donde teníamos <strong>libertad y autonomía</strong>, como poder elegir nuestros lugares, participar en actos de forma voluntaria y compartir el recreo sin distinciones.</p><p>Creo que todas estas prácticas influyeron mucho en cómo fuimos construyendo nuestra <strong>identidad y subjetividad</strong>. Nos enseñaban valores como la disciplina, el respeto y el orden, pero también nos daban oportunidades para aprender a <strong>convivir, integrarnos y expresarnos</strong>. Hoy entiendo que la escuela no solo nos formaba académicamente, sino que también moldeaba, de forma directa o indirecta, nuestra manera de <strong>ser, estar y relacionarnos con los demás</strong>.</p>]]></description>
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         <pubDate>2025-08-28 02:30:38 UTC</pubDate>
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