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      <title>Psicología Dinámica -  Actividad de Evaluación Continua 8 by Vicky Coll</title>
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      <description>Coll Maria Victoria -Montenegro, Luciana - Orona Martina.</description>
      <language>en-us</language>
      <pubDate>2025-05-15 13:39:58 UTC</pubDate>
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         <title>Katharina Trauma 
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         <author>vickicoll00</author>
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         <description><![CDATA[<p>El caso de Katharina, presentado por Freud en <em>Estudios sobre la histeria</em>, tiene lugar durante unas vacaciones en las montañas, cuando él la conoce en un refugio. Katharina, una joven de 18 años, se acerca a Freud aquejada por una serie de síntomas físicos y psíquicos que se han ido acumulando a lo largo del tiempo. Entre ellos se encuentran falta de aire, presión en los ojos, sensación de cabeza pesada, opresión en el pecho, mareos, sensación de ahogo y temor a morir, todos característicos de lo que hoy conocemos como ataques de pánico o crisis de ansiedad. Sin embargo, hay un síntoma singular que Freud destaca: la aparición de una imagen mental recurrente de un rostro horrible, que ella no puede identificar del todo pero que le genera gran angustia.</p><p>Freud le pregunta cuándo experimentó por primera vez esos síntomas, y Katharina, confiando en el carácter médico de la conversación, responde: “A un doctor se le dice siempre la verdad”, y comienza su relato. Cuenta que la primera vez que sintió estos malestares fue a los 16 años, durante una estadía en el campo con su tía. En ese contexto, presenció una escena que la perturbó profundamente: vio al esposo de su tía teniendo relaciones sexuales con su prima Francisca. Inmediatamente después de esa visión, comenzó a experimentar síntomas físicos intensos, como pesadez en los ojos y un fuerte dolor en la cabeza. Posteriormente, esa escena tuvo consecuencias familiares: su tía y su esposo terminaron separándose.</p><p>Sin embargo, al profundizar en la conversación, Katharina recuerda un episodio aún anterior, ocurrido cuando tenía 13 o 14 años: durante un viaje, su tío se metió en su cama mientras ella dormía. Ella se despertó y, aunque no interpretó el hecho como un acto sexual (dado que no tenía aún esa comprensión), sí lo consideró inadecuado y lo confrontó para que se fuera de la cama. Este recuerdo, inicialmente reprimido, cobra un nuevo significado al ser revisitado durante la conversación con Freud: el segundo evento resignifica el primero, configurando un núcleo traumático que estructura sus síntomas.</p><p>A partir del relato de Katharina, Freud observa que los eventos traumáticos pueden identificarse no sólo por su impacto emocional, sino porque encuentran expresión en el marco de un relato, es decir, mediante representaciones lingüísticas. Es precisamente este pasaje de lo vivido a lo narrado lo que permite acceder al trauma. La experiencia deja de ser una mera vivencia subjetiva para transformarse en una representación psíquica expulsada de la conciencia. Por lo tanto, no se trata simplemente de una cuestión interna de la mente, sino de algo que puede reconocerse, escucharse y comprenderse a través del diálogo terapéutico.</p><p>Este caso ilustra claramente la concepción freudiana del síntoma histérico como expresión simbólica de un conflicto psíquico inconsciente, cuyo núcleo traumático ha sido reprimido y posteriormente reactualizado. La cura comienza con el acceso a la palabra, donde lo no dicho comienza a representarse, y en ese acto, el síntoma empieza a ceder.</p>]]></description>
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         <pubDate>2025-05-15 13:50:00 UTC</pubDate>
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         <title></title>
         <author>vickicoll00</author>
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         <description><![CDATA[<p>En el fragmento analizado se muestra cómo Elisabeth se queja de diversos síntomas, los cuales, tras varias sesiones, desaparecen temporalmente, pero regresan con el tiempo. Este vaivén sintomático revela que no se trata de una dolencia orgánica, sino de una manifestación psíquica que resiste ser simbolizada por completo.</p><p>Durante una sesión con Freud, retoman una conversación anterior en la que Elisabeth había relatado un paseo con su cuñado, el esposo de su hermana recientemente fallecida. Al evocar ese recuerdo, surgen de forma inmediata calambres y dolores: la sintomatología se reactiva en el mismo momento del relato.</p><p>Freud identifica otro acontecimiento narrado por Elisabeth, también relacionado con su cuñado, en el que nuevamente los síntomas físicos se presentan con intensidad. Es precisamente en este punto donde Freud apunta a que el síntoma se encuentra ligado a un conflicto afectivo: pretende que la paciente reconozca su enamoramiento hacia el marido de su hermana fallecida.</p><p>Esta situación ejemplifica claramente el mecanismo de <strong>resistencia</strong> y su correlato somático. Moralmente, Elisabeth no puede aceptar ni admitir el deseo amoroso hacia su cuñado. Este conflicto interno, que confronta sus sentimientos con los mandatos sociales y morales, da lugar a una defensa psíquica: el deseo es rechazado y desalojado al inconsciente.</p><p>Como resultado de esta <strong>resistencia</strong>, cada vez que Elisabeth intenta recordar o acercarse afectivamente a lo que pensaba o sentía en esos momentos clave, su cuerpo responde con la aparición de síntomas. El cuerpo, entonces, se convierte en el lugar donde el deseo rechazado se expresa. El síntoma no solo funciona como formación de compromiso entre el deseo y la prohibición, sino también como señal de la resistencia frente a la rememoración de lo reprimido.</p>]]></description>
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         <pubDate>2025-05-15 13:59:04 UTC</pubDate>
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         <title>Elisabeth Von R</title>
         <author>vickicoll00</author>
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         <description><![CDATA[<p>En el caso de Elisabeth von R., Freud logra situar lo que denomina un nexo entre la dolencia corporal y una historia de padecimientos. Este nexo se articula inicialmente en torno a la enfermedad del padre, a quien Elisabeth tuvo que cuidar. Ella caminaba con la parte superior del cuerpo inclinada hacia adelante, pero sin apoyarse; su andar no coincidía con ninguna forma conocida de patología motriz, ni siquiera podía decirse que fuera visiblemente torpe. Sin embargo, se quejaba de intensos dolores al caminar y de una fatiga que aparecía rápidamente al estar de pie o al andar. Al poco tiempo buscaba una posición de reposo donde el dolor se aliviaba parcialmente, aunque nunca desaparecía por completo.</p><p>El dolor era de carácter impreciso, más próximo a una sensación de fatiga dolorosa. Una zona extensa, mal delimitada, en la cara anterior del muslo derecho era señalada como el foco del dolor, desde donde este se irradiaba con mayor frecuencia e intensidad. La piel y la musculatura de esa región eran particularmente sensibles al tacto y al pellizco, pero respondían con indiferencia a la punción con agujas. Esta hiperalgesia no se limitaba al muslo, sino que se extendía por gran parte de ambas piernas, siendo quizás los músculos más sensibles que la piel. La fuerza motriz de las piernas no estaba afectada, los reflejos eran de intensidad media y no había otros síntomas neurológicos que permitieran suponer una afección orgánica de mayor gravedad.</p><p>Pero antes de todo esto, Elisabeth ya había sufrido por motivos que no eran estrictamente físicos. No solo le afectaba la enfermedad cardíaca del padre, sino también el hecho de que este había expresado su deseo de tener un hijo varón. Elisabeth, la tercera hija, llegó al mundo cuando su padre ya se sentía agobiado por la presencia de tantas mujeres en la casa; deseaba un varón que pudiera convertirse en su amigo. Elisabeth sintió que, al nacer mujer, había fallado a ese deseo paterno. Entonces, intentó ubicarse en el lugar del hijo varón que su padre no había tenido, en la posición del amigo que su padre anhelaba.</p><p>Luego, tras la muerte del padre, apareció otra forma de pena: la tristeza de la madre, sumida en la melancolía. Elisabeth intenta entonces suplir la ausencia del padre para restituir la dicha perdida a su madre. En ese tránsito, se puede leer un pasaje del padecimiento físico al padecimiento como inscripción subjetiva, como marca en la historia.</p><p>En un primer momento, lo que se registra es una posición pasiva: un <strong>padecimiento mudo</strong>, donde el cuerpo sufre sin que todavía exista una articulación simbólica que lo exprese. No hay aún síntoma en el sentido psicoanalítico, sino una vivencia de dolor sin mediación del lenguaje.</p><p>Es en un segundo momento cuando Freud localiza la aparición de la <strong>queja</strong>: la dolencia comienza a organizarse como discurso. Este pasaje supone un movimiento activo, donde el sufrimiento se liga a la palabra, y con ello emerge el síntoma como expresión. Se produce también una <strong>actividad de descarga</strong>, una catarsis: el cuerpo se descarga de la angustia, y esta se disipa a través del habla. La angustia, al hablarse, se gasta.</p><p>Así, Elisabeth comienza a construir un sentido: comprende que lo que le ocurre tiene que ver con la enfermedad del padre, con el hecho de no haber sido varón, con la muerte del padre y con la tristeza posterior de la madre. No se trata ya solo de un cuerpo doliente, sino de una <strong>historia de padecimiento</strong> que se articula simbólicamente.</p><p>En este punto, es importante señalar que a Freud no le interesaba simplemente saber <strong>por qué</strong> una persona sufría –eso, en cierto sentido, es esperable frente a las desgracias de la vida–, sino <strong>por qué ese sufrimiento adopta la forma de un síntoma</strong>. Su interés no estaba en la causa del dolor en términos existenciales o morales, sino en su transformación en fenómeno psíquico. Por eso, todavía no interpreta: no es aún el momento de la interpretación, porque el síntoma aún no se ha constituido plenamente como tal. Antes de eso, debe emerger como formación del inconsciente, como expresión con sentido. Es entonces cuando podrá ser interpretado.</p><p><strong>Resumen del proceso:</strong></p><ol><li><p><strong>Padecimiento mudo →</strong> posición pasiva del sujeto, sufrimiento sin discurso.</p></li><li><p><strong>Queja →</strong> articulación del dolor, el síntoma como vía de expresión.</p></li><li><p><strong>Catarsis →</strong> inscripción del padecimiento en una historia subjetiva, la angustia se descarga al hablarse</p></li></ol>]]></description>
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         <pubDate>2025-05-15 14:00:08 UTC</pubDate>
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         <title></title>
         <author>vickicoll00</author>
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         <description><![CDATA[<p>El inconsciente se manifiesta a través de los lapsus, los actos fallidos, los sueños, pero sobre todo, a través de la <strong>repetición</strong>. En el síntoma recurrente de un sujeto se expresa, en gran medida, el inconsciente. Este no solo se hace visible en esos momentos aislados, sino que también se evidencia en nuestras elecciones fundamentales de vida: pareja, profesión, hogar, entre otras. El inconsciente es pulsional, es decir, una fuerza que empuja y orienta nuestras decisiones más significativas, muchas veces de manera secreta y silenciosa, precisamente a través del mecanismo de la repetición.</p><p>Podemos distinguir dos formas de repetición:</p><ul><li><p>Por un lado, una <strong>repetición "sana"</strong>, asociada a la pulsión de vida (<em>Eros</em>), que estructura nuestro modo de amar, vincularnos y separarnos. Esta repetición organiza una cierta coherencia subjetiva, permitiéndonos habitar la experiencia de lo humano, aún con sus inevitables tropiezos.</p></li><li><p>Por otro lado, una <strong>repetición patológica</strong>, relacionada con la pulsión de muerte (<em>Thanatos</em>), que impulsa compulsivamente la repetición de nuestros mayores fracasos, traumas y conductas autodestructivas. Esta forma de repetición no estructura, sino que desorganiza, conduciendo al sujeto al sufrimiento reiterado, al circuito cerrado del síntoma que retorna sin cesar.</p></li></ul><p>La repetición, además, se despliega en dos dimensiones:</p><ol><li><p><strong>La dimensión temporal</strong> (horizontal): consiste en la sucesión de al menos dos eventos —uno original y su repetición—. Aquí lo que se mide es la cantidad de veces que algo ha ocurrido. Es la repetición en el tiempo, aquella que puede ser contada, datada, inscrita cronológicamente.</p></li><li><p><strong>La dimensión tópica o espacial</strong> (vertical): se trata de la repetición de una emoción consciente, de un afecto o de un síntoma, que actúa como <strong>reflejo de una fantasía inconsciente</strong>. En este nivel, la repetición no se mide por cuántas veces sucede, sino por su lugar en la economía psíquica: es el retorno de una significación inconsciente que se actualiza una y otra vez en la experiencia del sujeto.</p></li></ol>]]></description>
         <enclosure url="https://www.youtube.com/watch?v=wUJESc-VDKg" />
         <pubDate>2025-05-15 14:03:57 UTC</pubDate>
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         <title></title>
         <author>vickicoll00</author>
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         <description><![CDATA[<p>En esta conferencia, Gustavo Dessal aborda la cuestión de la cura psicoanalítica desde una perspectiva lacaniana. Señala que el psicoanálisis es una experiencia de cura a la que todos, de algún modo, estamos convocados, hayamos atravesado un análisis o no. Todos estamos llamados a una forma de curación que concierne al ser, más allá de las circunstancias particulares de la vida.</p><p>A diferencia de otras modalidades terapéuticas que se enfocan en resolver conflictos específicos o aliviar síntomas puntuales, el psicoanálisis apunta a un nivel más profundo del sufrimiento humano. Dessal identifica tres grandes dimensiones estructurales que marcan nuestra existencia y que constituyen el núcleo de ese sufrimiento: <strong>el lenguaje, la muerte y la sexualidad</strong>.</p><p>En primer lugar, estamos atravesados por el <strong>lenguaje</strong>, que nos constituye como sujetos, pero también nos impone una pérdida. Con las palabras, nunca podemos decirlo todo; siempre hay algo que queda fuera, un exceso o una falta que genera malentendidos, equívocos, ambigüedades. El lenguaje, en lugar de aclarar, muchas veces confunde, y es precisamente en ese límite donde el inconsciente se manifiesta.</p><p>En segundo lugar, está la <strong>muerte</strong>, un real imposible de simbolizar. La muerte representa un límite radical para el pensamiento: es aquello de lo cual no podemos dar cuenta plenamente. No hay representación posible de la propia muerte, y su presencia silenciosa introduce una angustia estructural en la existencia humana.</p><p>Por último, la <strong>sexualidad</strong>, entendida en un sentido amplio (más allá de lo meramente genital), se presenta como una dimensión profundamente perturbadora. En el ser humano, la sexualidad no está regulada por un instinto fijo, sino que está mediada por el lenguaje, por lo tanto, desregulada, atravesada por el deseo, la fantasía y la imposibilidad de una complementariedad plena.</p><p>Desde esta perspectiva, el psicoanálisis no se ocupa únicamente de aquello que “no anda” en determinado momento de la vida, sino que se orienta hacia una dimensión más radical: <strong>la impropiedad del ser</strong>, <strong>la falta estructural</strong> que nos constituye como sujetos. Esto no implica que el psicoanálisis aspire a "curar la condición humana" (lo cual sería una pretensión imposible), sino que busca <strong>transmitir algo</strong> que permita al sujeto <strong>hacer con esas tres grandes afecciones estructurales</strong>, es decir, encontrar una forma singular de alojarlas, tramitarlas o transformarlas en algo vivible.</p>]]></description>
         <enclosure url="https://www.youtube.com/watch?v=kmCsnOKI5as" />
         <pubDate>2025-05-15 14:09:30 UTC</pubDate>
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         <title></title>
         <author>vickicoll00</author>
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         <description><![CDATA[<p>La <strong>función del síntoma</strong>, en psicoanálisis, es un modo singular de tratamiento del goce. El síntoma asegura una cierta satisfacción y permite la relanzada del deseo. No es simplemente un trastorno que deba eliminarse, sino que da cuenta de un <strong>funcionamiento subjetivo</strong>, de un modo de hacer propio de cada quien. Es el <strong>nudo</strong> a partir del cual el sujeto sostiene su posición en el mundo, garantizándose un sentido y una forma de satisfacción. En este sentido, el síntoma se convierte en una suerte de <strong>estilo</strong>, el relieve visible de la manera en que cada sujeto trata su goce.</p><p>Cuando, por diversas razones, esta función se interrumpe o fracasa, aparece el <strong>malestar</strong>, y el síntoma se transforma en un <strong>síntoma patológico</strong>. Ese malestar señala una dificultad en la regulación del goce y advierte de una desorganización subjetiva.</p><p>La psicoanalista <strong>Hebe Tizio</strong> propone tomar esta función del síntoma como eje para pensar cómo los distintos discursos y disciplinas que se ocupan del malestar subjetivo tienden, con frecuencia, a desconocer dicha función, atacando el síntoma de manera directa. Este abordaje produce, muchas veces, <strong>formas de resistencia o rechazo</strong> que entorpecen el trabajo clínico: rechazo a la medicación, fracaso escolar, violencia, entre otros.</p><p>Los profesionales, al no reconocer su implicación en la construcción de estos obstáculos (que muchas veces son la manifestación de su propio síntoma) y al carecer de un discurso que les permita reflexionar sobre ello, quedan atrapados entre dos alternativas: <strong>culpar al usuario</strong> por no adherirse a los protocolos o <strong>culparse a sí mismos</strong> por no haberlos aplicado correctamente. Ante esta falla, el sistema responde con <strong>nuevas formas de control</strong>, y así, por ejemplo, la salud mental, desprovista de un cuerpo conceptual propio, se convierte en una <strong>categoría de orden público</strong>, transformando al sujeto en un simple <strong>usuario</strong>, borrando su dimensión subjetiva y excluyendo la transferencia.</p><p>El <strong>psicoanálisis</strong> se diferencia de estos enfoques porque se dirige a un <strong>sujeto de pleno derecho</strong>. Como señala Tizio, el <strong>síntoma analítico</strong> surge cuando el sujeto toma conciencia de que algo le sucede, supone que eso puede tener una causa, y se dirige a otro con su queja, pidiendo ayuda. A partir de allí, da su consentimiento para comenzar a pensar lo que le ocurre. En este proceso, el sujeto no queda excluido: tiene algo que decir, su palabra cuenta. Esto contrasta con muchas prácticas contemporáneas en las que se ofrecen respuestas estandarizadas, aplicadas por profesionales que operan según protocolos preestablecidos, sin considerar la singularidad del sujeto.</p><p>El psicoanálisis propone, entonces, un pasaje del <strong>abordaje desde la mirada</strong> (control, evaluación, diagnóstico) a un <strong>abordaje desde la escucha</strong>, donde lo que se privilegia es el decir del sujeto.</p><p>Desde esta perspectiva, el síntoma remite a una cuestión de <strong>responsabilidad subjetiva</strong>. La <strong>sintomatización del goce desregulado</strong> es, para el sujeto, el primer intento de tratar su malestar y una condición para acercarse a un otro, establecer una <strong>transferencia</strong> y abrir la posibilidad de una elaboración. Pero para que esto ocurra, ese otro (el analista, el profesional) debe estar advertido de que el síntoma <strong>tiene una función única para ese sujeto</strong>, no generalizable ni extrapolable.</p><p>Ese otro debe operar desde un <strong>no-saber docto</strong> (una posición ética que no debe confundirse con la ignorancia, sino con una apertura a lo singular)que permita al sujeto elaborar un <strong>saber nuevo</strong>, un saber hacer con su síntoma. Este saber no es simplemente una adecuación a las normas del Otro social o familiar, sino que pertenece al orden de la <strong>invención subjetiva</strong>.</p><p>Transmisión, entonces, no es imponer una verdad, sino <strong>hacer lugar a lo que está en juego para ese sujeto</strong>, reconociendo su singularidad. Esa es la responsabilidad del psicoanálisis: no borrar el síntoma, sino <strong>darle un lugar para que se despliegue su función</strong>, y acompañar al sujeto en la construcción de una salida propia.</p>]]></description>
         <enclosure url="https://www.youtube.com/watch?v=d1c1H6Qjasc" />
         <pubDate>2025-05-15 14:13:54 UTC</pubDate>
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         <title></title>
         <author>vickicoll00</author>
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         <description><![CDATA[<p>A pocos años de haber iniciado su práctica clínica, <strong>Freud</strong> se topa con un fenómeno que marcará un giro en su concepción del inconsciente: la <strong>reacción terapéutica negativa</strong>. Esto se manifestaba cuando, a pesar de haber esclarecido el sentido inconsciente de los síntomas, el paciente no mejoraba, sino que persistía en su padecimiento. Es decir, el sujeto <strong>se aferraba a sus síntomas</strong> más que a la posibilidad de alivio o bienestar.</p><p>Este hallazgo condujo a Freud a reformular su idea del inconsciente. Ya no podía concebirlo únicamente como un lugar donde se alojan los deseos reprimidos, regido por el <strong>principio del placer</strong>. A partir de este punto, Freud advierte que el inconsciente también está al servicio de <strong>una lógica que va más allá del principio del placer</strong>, manifestándose en forma de <strong>compulsión a la repetición</strong>. Así, el inconsciente ya no sólo desea, <strong>también insiste</strong>, pero repite algo que <strong>no alivia sino que hace sufrir</strong>.</p><p>De este modo, Freud comienza a articular la <strong>repetición con la pulsión de muerte</strong>. Reorganiza su teoría ubicando de un lado al <strong>principio del placer y de realidad</strong> (que buscan regular, moderar y mantener el placer dentro de ciertos límites para que sea sostenible) y, del otro, a la <strong>repetición</strong> como expresión de una fuerza que apunta a la desorganización, al malestar, al retorno de lo mismo incluso en contra del bienestar del sujeto.</p><p>La <strong>pulsión de muerte</strong>, entonces, aparece como una fuerza paradójica: <strong>más allá del principio del placer</strong>, implica un empuje autodestructivo, una tendencia a la repetición de experiencias traumáticas, fracasos o malestares. En este marco, el principio del placer ya no representa un hedonismo ingenuo, sino un intento por preservar una cierta <strong>homeostasis psíquica</strong>, regulando la excitación para evitar el exceso que arrasa.</p><p>Freud también advierte que la posibilidad de una armonía psíquica sería pensable solo si el <strong>discurso (el lenguaje)</strong> pudiera dominar por completo la dimensión pulsional del ser humano. Pero esto es imposible, ya que el sujeto <strong>nunca se confunde totalmente con su yo</strong>, siempre hay un resto, algo que escapa a la simbolización y retorna en forma de síntoma o repetición.</p><p>En conjunto, estos desarrollos permitieron a Freud alcanzar una comprensión más compleja y profunda de la psique humana, así como de los desafíos que implica el proceso terapéutico. Esta reformulación de la clínica y de la teoría del inconsciente tuvo una gran influencia en <strong>Lacan</strong>, quien retomará estos conceptos para reorganizar su propia lectura del psicoanálisis.</p><p><strong>En conclusión</strong>, la confrontación de Freud con la <strong>reacción terapéutica negativa</strong> transformó radicalmente su concepción del inconsciente: de ser un reservorio de deseos reprimidos pasó a concebirlo como una instancia que <strong>repite y produce sufrimiento</strong>, articulándose con la <strong>pulsión de muerte</strong>. Este viraje teórico sentó las bases para las elaboraciones posteriores de Lacan, quien retomará y reelaborará estos conceptos en el corazón de su enseñanza.</p>]]></description>
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         <pubDate>2025-05-15 14:17:58 UTC</pubDate>
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         <title></title>
         <author>vickicoll00</author>
         <link>https://padlet.com/vickicoll00/eez9whny2ffb58x2/wish/3453100965</link>
         <description><![CDATA[<p>El trauma, desde el psicoanálisis, no se reduce a un hecho externo, sino que se constituye como tal <em>a posteriori</em>, cuando un acontecimiento actual reactiva una marca psíquica previa que no fue simbolizada. Marie-Hélène Brousse distingue tres formas de trauma en la obra freudiana: el histérico, el de guerra y el infantil. El trauma histérico se relaciona con el <em>fantasma</em>, como una ficción construida por el sujeto para organizar el goce que no puede simbolizar. El trauma de guerra se vincula con lo real imposible de representar y la compulsión a la repetición, mientras que el trauma infantil emerge con la entrada en el lenguaje, marcado por la falta y la ausencia del Otro.</p><p>En todos los casos, el psicoanálisis subraya la singularidad del trauma: no hay un estándar para su aparición ni para su resolución. Lo que resulta traumático para uno puede ser insignificante para otro, y su efecto depende de cómo se inscribe en la historia subjetiva.</p><p>Lacan, en su <em>Seminario XI</em>, reformula los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis: inconsciente, repetición, transferencia y pulsión. Articula el inconsciente con la repetición (entendida como intento fallido de eludir lo real)y la transferencia con la pulsión (como posibilidad de un encuentro no fallido con el deseo). Critica la idea de salud mental como bienestar homogéneo, ya que silencia el síntoma y obstaculiza la transferencia. Para Lacan, el análisis implica hacer hablar al síntoma, no suprimirlo. La transferencia es una herramienta clave que permite trabajar los deseos inconscientes, y su análisis puede conducir a una transformación subjetiva profunda.</p>]]></description>
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         <pubDate>2025-05-15 22:01:00 UTC</pubDate>
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