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      <title>ESCRITURA HIPERTEXTUAL by Stefania Allison Delgado Monteagudo</title>
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      <description>Hecho con una chispa de genialidad</description>
      <language>en-us</language>
      <pubDate>2021-12-06 23:28:30 UTC</pubDate>
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         <title>Mario Benedetti</title>
         <author>stefaniadelgado2003</author>
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         <description><![CDATA[<div><br></div><div>La vida Mario Benedetti estuvo marcada por la literatura y por el compromiso con sus prójimos. Nacido en Paso de los Toros (Tacuarembó) el 14 de setiembre de 1920, fue una figura clave de la Generación del 45, también conocida como “la generación crítica”.</div>]]></description>
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         <pubDate>2021-12-06 23:38:30 UTC</pubDate>
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         <title>La noche de los feos- Mario Benedetti</title>
         <author>stefaniadelgado2003</author>
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         <description><![CDATA[<div>Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia. Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro. Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos - de la mano o del brazo - tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas. Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura. Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal. Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente. La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó. La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo. Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo. "¿que está pasando)", le pregunté. <strong>Ella guardó el espejo y sonrió.</strong> El pozo de la mejilla cambió de forma. "Un lugar común", dijo. "Tal para cual". Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo. "Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?" "Sí", dijo, todavía mirándome. "Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida." "Sí." Por primera vez no pudo sostener mi mirada. "Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo." "¿Algo cómo qué?" "Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad." Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas. "Prométame no tomarme como un chiflado." "Prometo." "La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?" "No." "¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?" Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata. "Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca." <strong>Levantó la cabeza y ahora sí me miró</strong> <strong>preguntándome, averiguando sobre mí,</strong> tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico. "Vamos", dijo. No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse. Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. <strong>Sus manos también me vieron</strong>. En ese instante comprendí que debía arrancarme ( y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso. Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas. Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra. Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.&nbsp;</div>]]></description>
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         <pubDate>2021-12-07 00:02:55 UTC</pubDate>
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         <title>Ella también siente</title>
         <author>stefaniadelgado2003</author>
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         <description><![CDATA[<div><strong><br></strong>Me dirigía muy tranquila a ver una película como lo hacen comúnmente las parejas en febrero, mientras caminaba detectaba las miradas incómodas y de desconcierto, pero era algo que no influía en mí, como lo hubiera hecho hace 7 años, yo ya eh aceptado mi belleza especial y es así tal como debía verme el mundo ordinario que me rodea, pero algo inusual paso.<br><br></div><div>No me gustaba establecer contacto visual con los demás, pues me sentía de cierta forma vulnerable y ponía en riesgo mi seguridad después de luchar tanto por conseguirla, sin embargo, apareció el, un joven especial, aunque sus ojos no eran los más bellos, en mi interior retumbaron hasta los más profundo de mi ser, me quedé por momentos viendo las quemaduras que iban por encima de una piel lisa, era muy evidente que me hipnotizó en unos minutos por ello tuve que ocultar mis emociones ostensibles. Minutos después entramos y nos sentamos en el cine, evitaba verlo para no ponerme en evidencia y esperaba que el diera el primer paso, y lo hizo.&nbsp;<br><br></div><div>Se acercó a mi en la salida de la sala y me invito por un café, la emoción me rebasaba luego de pasar tantos años invisible al fin alguien se interesó por mí. Cuando entramos a la cafetería paso lo de siempre, miradas hacia mí y hacia él, me di cuenta que él también lo noto (sentí en cierta medida su incomodidad), pero no quería que nada arruinara ese momento, mi momento, entonces saque un espejo y me acomode el pelo, este acto sarcástico provocó una sonrisa en él que logre devolverle, y pude notar que también estaba conmovido por mí.<br><br></div><div>Tras charlar varias horas a cada instante me sentía más emocionada por conocer todo sobre él, y la conversación se tornaba más profunda, sin el afán de ser seguidores de la hipocresía me hizo preguntas con una frialdad que no me mostró nadie nunca antes (era la característica que más me encantó de su personalidad) fue entonces cuando me propuso algo que no entendí al principio por que aún ni siquiera asimilaba la idea de estar tomando un café con alguien además de mi madre, pero era real al fin había encontrado un compañero. Su propuesta era la intimidad entre los dos, debo ser sincera y confesar que después de tantos años sola cada parte de mi cuerpo necesitaba un poco de contacto físico, entonces nos fuimos a su departamento que no quedaba lejos del lugar. Cuando llegamos una cortina de gran tamaño ocultaba parte del paisaje, él optó por cerrarla y apagar la luz, mi corazón latía cada vez con más intensidad, me quité la ropa y me quedé quieta recostada, en seguida sentí sus manos suaves haciendo contacto con mi piel desde mi pecho, me sentí en el paraíso y decidí palpar parte de su cuerpo, nuestra conexión ya estaba fuera de control.<br><br></div><div>De pronto toco la inseguridad mas grande de mi vida, haciéndole una delicada caricia que me terminó por derruir y el aún tembloroso no predijo que mis manos se aproximaban a las quemaduras que le causaban tanto dolor físico y emocional y a ambos nos invadió un enorme sentimiento de superación que era incluso más placentero que el éxtasis del amor, el llanto no se pudo contener entre nosotros pero no era un llanto de tristeza, por el contrario estábamos felices de poder encontrarnos, y a la par que se abrían las cortinas caí en cuenta que un mundo nuevo se abría también para mí.<br><br></div>]]></description>
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         <pubDate>2021-12-07 01:11:24 UTC</pubDate>
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         <title>La cortina doble</title>
         <author>stefaniadelgado2003</author>
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         <description><![CDATA[]]></description>
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         <pubDate>2021-12-07 01:13:57 UTC</pubDate>
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