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      <title>Historias duhaldianas by Juan Esteban Duhalde</title>
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      <description>Hecho con un guiño y una sonrisa</description>
      <language>en-us</language>
      <pubDate>2019-07-31 00:48:20 UTC</pubDate>
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         <title>Chicho Duhalde - sus 100</title>
         <author>juanestebanduhalde</author>
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         <description><![CDATA[Hago un alto en el camino para reseñar que hoy  sería el cumpleaños del Chicho Duhalde, el Vasco, mi viejo.
Serían 100 años los que cumpliría, era de 1916, faltaban unos días para que Hipólito Yrigoyen asumiera su primera presidencia cuando nacía.
Siempre vi a mi padre como una persona grande, tenía 38 cuando yo nací, y no puedo decir que lo haya conocido demasiado. Era de pocas palabras, no hablaba mucho, huérfano de padre desde muy chiquito, tengo la impresión que no fue feliz su infancia aunque no me consta, nunca se quejó de esto. Ni de nada.
Vasco duro el Chicho Duhalde.
Pero muy buen tipo, muy querido por todos los que lo conocimos, no le conocí enemigos en la vida.
Me cuentan que fue buen pelotari en sus años mozos, junto a su hermano Arturo, el Chueco Duhalde, que llegó a ser campeón argentino.
Sí fui testigo de su juego grande en el casín. Un maestro. Y no me cuesta demasiado entornar los ojos y recordar aquella tarde cuando en el club Alem le ganó la final de un provincial al inefable Néne Gomez, de Necochea, a la postre campeón mundial de la especialidad. Recuerdo claro el "buena Vasco!!!" que salía de entre las mesas cada vez que volteaba palos y lo dejaba tapado para evitar el tremendo doblete que tenía el Néne.
Recuerdo cariñosamente también el "cómo te fue, paleta seca" cuando yo llegaba de jugar al basquet y él ya estaba de vuelta en casa, pero sabiendo yo que me había estado viendo jugar detrás de alguna columna de la cancha de Empleados de Comercio. Ja!!! Eso me divertía, pero yo no le decía nada y él tampoco. Eran nuestros códigos.
Murió a los 87, ya hace más de 12 años, lo recuerdo bien, me transmitió valores, me he dado cuenta de eso, pero no en forma explícita, por indicármelos, sino de verlo funcionar. Ahora lo sé, ahora los reconozco. 
Chicho, Vasco, viejo, quise recordarte humildemente, como te hubiera gustado, sin mucho bombo, sin demasiado protocolo.
Paleta seca !!!!   Ja !!!!!
Hasta entonces

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         <pubDate>2019-07-31 01:04:17 UTC</pubDate>
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         <title>Roberto Duhalde por Martín Duhalde</title>
         <author>juanestebanduhalde</author>
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         <description><![CDATA[<div>ROBERTO DUHALDE</div><div>Hoy, mi viejo hubiera cumplido 76 años.</div><div><br></div><div>Hace 11 años, un par de días después de su muerte, mi querido hermano Martin Duhalde escribió la historia de papá (y por ende de nuestra familia) según sus propias vivencias y anécdotas.</div><div><br></div><div>Recuerdo que hace más de 1 año me pasó este relato por si quería, a modo de anexo, agregarle alguna vivencia personal. Desde ese momento está en el escritorio de mi computadora. Y por más que lo he intentado muchísimas veces, nunca pude (te estás enterando en este instante, hermano). No porque no las tenga sino porque la emoción nunca me dejó. </div><div><br></div><div>Ojalá algún día pueda escribir algo tan lindo como este relato, desde el corazón y la memoria, sin quebrarme en la primera estrofa (como me pasa cada vez que lo leo).</div><div><br></div><div>Te quiero hermano. Te quiero viejo. Y te extraño mucho. Feliz cumpleaños!</div><div><br></div><div>Terminando el otoño del 2008 a los pocos días de la muerte de mi viejo escribí unas diez carillas, estaban plagadas de emoción, tristeza y desconsuelo, redacté a mano alzada, a borbotones y seguramente  buscando  proteger mis recuerdos de  los olvidos implacables que trae el paso del tiempo. </div><div>Hoy el cumpliría 76 años. Hace un tiempo buscando archivos para una conferencia encontré sin querer  en un disco antiguo este escrito. Comencé a leerlo tímidamente pero en un instante me encontré  estremecido. Era el relato de mi historia, parecía  narrado por otra persona, el paso del tiempo había sacado de mi presente cantidad de recuerdos olvidados que se hacían vívidos al leer. </div><div>Creo que la rebeldía y sobre todo el miedo que me produce la muerte me alejaron de este escrito casi de inmediato, pero esta tarde lo leí todo de una pasada. Me encontré riendo y hasta lagrimeando sin perder la alegría, al vivenciar recuerdos que están narrados en forma de historias mal contadas, llenas de errores (cuestión sin importancia por que son parte de mi historia, no la de un perfecto relato con rigor biográfico). En este punto, asumo que tomé cierta  conciencia que quizás,  para mis hijos y para los hijos de ellos, completar estas paginas tengan algún valor mas adelante cuando el tiempo ya se haya ocupado también de mí. </div><div>Es así que decidí completar este relato, ya con la resignación de la perdida y también con mas años como padre de mis hijos. </div><div>Sin abandonar  el formato inicial, voy a completar ideas o anécdotas que puedan enriquecer lo antes escrito. Nadie me ayudará en esta reseña ya que mi intención no es hacer la biografía de la vida de mi padre, que fue vivida por El y por quienes compartieron su tiempo, sino como diré varias veces, estos son algunos  recuerdos algo desordenados, teñidos por la influencia trascendente de mi querido Viejo.</div><div> </div><div>San Isidro, invierno de 2008</div><div><br></div><div>Para mi Viejo.</div><div><br></div><div>Hace varias semanas que busco ponerle palabras al sentimiento que atesoro, como verdad absoluta, sabiendo que  esta no existe pero aferrado a ella, de lo que para mi fue, la sencilla, apasionante  e imprescindible biografía de mi Viejo.</div><div>En verdad, por momentos me parece una idea ridícula, ya que tengo grabada toda esa información en el rincón mas dolorido de mí ser, el que hoy esta  invadido por sensaciones encontradas, la rebeldía que me provoca el misterio de la muerte y  la calma mansa y resignada  que me da la certeza de la pérdida irreversible. </div><div>El formato en que se almacenó, para no abandonar términos informáticos, toda esa inconmensurable cantidad de megas de historia, podríamos llamarlo: relatos, sensaciones, sonidos, olores, imaginación, caricias, magia; resumiendo, vivencias de amor paterno.</div><div>Otras veces, cuando no entra en mi el dolor y el anhelo de un nuevo instante que nunca va a llegar, necesito esta página, que tiene como objetivo marcar mi propio punto de partida  siendo el simple  relato de lo que  para mi fue la historia de mi Papa. </div><div>Roberto José Duhalde nació en Tamangueyú, partido de Lobería, provincia de Buenos Aires, un 28 de Julio de 1943. Sus padres, “mis abuelitos” como le gustaba a mi viejo que  los llamara, viajaron desde Sevigné hacia la casa de la abuela Justina “mi bisabuela” para que el parto fuera atendido por ella y las matronas de confianza, como era costumbre en esa época.</div><div>Tamangueyú es un paraje perdido en la provincia de Buenos Aires en la ruta que une Necochea con Lobería.  En el pueblo hay una pequeña estación de ferrocarril, unas pocas decenas de casas viejas, una barraca y un almacén de ramos generales con un frontón abierto  de pelota paleta al fondo. Esa era la casa donde la familia Duhalde vivía y donde nacería el nuevo nieto. </div><div> Mi abuelo se llamaba Luis Francisco, era maquinista del Ferrocarril Sud y había sido destinado a Sevigné, Estación de cambio de locomotoras que quedaba en la mitad de camino entre Mar del Plata y Buenos Aires,  en esos años el pueblo tenia una nutrida colonia de trabajadores ferroviarios. En ese destino mi abuelito conoció y se casó con Roquelina Rosa Giantomassi ( mi abuela Roca), hija de un matrimonio de inmigrantes italianos  que vivían muy humildemente de su trabajo de tamberos y campesinos de la zona.  </div><div>Mi viejo era el menor de los tres hijos de Luis (Becco) y Roquelina (Roca). </div><div>Sus hermanos, mis queridos Tíos fueron,  Néstor Luis (Tito) nueve años mayor que Papa y Juan Carlos (Nito) tres años mayor. Si logro ordenarme en algún momento quiero hablar de ellos,  siempre desde mi vivencia y desde  la imagen  que mi Padre me dejó de ellos.</div><div>Así que la niñez de estos tres inseparables hermanos transcurrió en un principio en Sevigné, entre locomotoras con olor a carbón, luego a petróleo y más tarde a gas oíl  y la vida rural típica del interior de la Provincia de Buenos Aires, de gente sencilla, de trabajo, humilde y honesta que no conoce mucho de lujos y de buenos modales pero sobrada de hospitalidad, calidez y tradición de familia.</div><div> Para el comienzo de la edad escolar y todavía con pantalones muy cortitos la Familia se trasladó a Necochea, nuevo destino de mi abuelo en el ferrocarril ahora denominado Roca (ser maquinista y Fraternal siempre fue motivo de gran orgullo familiar). Esto incorporó en mí el concepto de comuna, que son las viviendas que habitan los maquinistas  y foguistas alejados de su familia. A lo largo de mi infancia escuche mil historias de estas verdaderas comunidades  donde el orden jerárquico y el respeto se hacían sentir y donde mi abuelo Luis era muy querido y respetado.  Conocí la comuna de Mar del Plata donde visitábamos algunos familiares y comíamos platos elaborados por hombres comunes que discutían acaloradamente de socialismo, peronismo, justicia social y obviamente de fútbol.</div><div> Los relatos de  mi viejo eran entretenidos, vividos y nostálgicos de esta etapa de su vida ya que su hermano Nito era su mejor amigo y las historias de cabalgatas, en caballos ajenos con precarios bocados improvisados al pasar, caídas, peleas, escapadas de la Abuela Roca (reconocida por severa y rígida) los hacia reír hasta las lágrimas. Esas que uno como espectador entusiasmado, no puede diferenciar de donde provienen, si de la alegría desmedida o del conocer el  paso sin retorno de un tiempo muy feliz. Los trabajos de esos años compartidos por los hermanos eran: repartidor de algo, a pie o en bici, pero eso si llevando la mayor parte de la ganancia a la casa. </div><div>En el colegio N1 de Necochea mis viejos se conocieron y se gustaron desde la primaria. Que lindo!!!!!!</div><div>Una vez, los inseparables hermanos, corrían una carrera de bicicletas alrededor de una plaza o descampado (actividad prohibida por mi abuela) , en lo mejor de la aventura Roberto cayo y fue  arrollado y fracturado en una de sus piernas. El secreto de hermanos duró no se cuanto tiempo, pero igual cuando se enteró, por otra fuente, Roca hizo justicia por mano propia. El apodo de Roberto era “Pata de catre” por las fracturas, y el de Nito  “Carita de Angel”, por su natural habilidad para zafar de situaciones complicadas . </div><div>Promediando la década del cincuenta, Tito había terminado el Servicio militar obligatorio y comenzaba a trabajar en el ferrocarril junto a mi abuelo. Nito, quizá de  intelecto mas inquieto que sus hermanos , comenzó el colegio industrial y Papa trabajaba en un matadero de Quequén, en la faena, y posterior traslado de las medias reses. Estos esfuerzos físicos desmedidos le costaron caro  ya que sufrió durante toda su vida de fuertes dolores de espalda y fue operado tres veces por hernias de disco.</div><div>Los tres hermanos fueron deportistas. Tito, destacado arquero de primera división en Necochea (creo que llego a probarse al Cub Estudiantes de  La Plata), Nito fue un habilidoso y destacado delantero en las ligas de Necochea y mas tarde de Dolores, y Papi un discreto y desarropado arquero del club  Mataderos (recuerdo una foto en blanco y negro). </div><div>Mataderos, era el nombre del barrio donde mi Abuelo Luis pudo terminar de construir su casa una vez jubilado del ferrocarril, con el ingreso extra de estibador portuario y con la ayuda de sus hijos, en la calle 70 Nº 2125.  </div><div>La casa de la abuela Roca, para mi tenía: dos habitaciones, un bañito con ducha, una discreta cocina de azulejos opacos, no recuerdo si eran verdes o blancos.  Estaba amueblada con una pequeña mesa con mantel de hule donde no faltaba un zalamín y un queso duro  en una tablita  y una vieja heladera donde siempre había dulce de membrillo y el queso fresco. De esta cocina se salía por una puerta que no abría totalmente si la silla estaba fuera de la mesa y esta comunicaba con  el lavadero. Pileta de cemento y tabla de madera, una  veredita de baldosas marrones llevaba al fondo donde había  una parra debajo de la cual se improvisaba una parilla y un limonero que dominaba el jardín. El cordel de tender la ropa estaba sostenido por una madera y  obligaba a mirar la casa de Serqueira y un galpón al fondo donde se guardaban los trasto viejos. Recuerdo mi andador colgado en la pared hasta el ultimo de nuestros días por allí.</div><div>Según cuentos, la adolescencia unió a Nito y a Roberto, los días eran de playa nadando en la pileta que forman las grandes escolleras del puerto de Quequén. En esas dunas maravillosas cubiertas de vegetación natural se siguen congregando a los jóvenes de Necochea. Contaban que por la noche no se perdían  los bailes en los clubes del pueblo, muchas veces escuchando a las orquestas típicas de Buenos Aires que de gira por el interior dejaban recuerdos que llegaron en historias hasta nosotros. Miguel Montero deslumbró a mi padre y siempre fue su favorito y  me gusta imaginar que Nito escucho pasional por Ángel Vargas en alguna de esas noches de meta y ponga y desde ahí lo convirtió en su tango de cabecera. Otras noches mas escabrosas se la pasaban de pase ingles y de timba hasta la madrugada o en alguno de los numerosos cabarets del puerto de Quequén que en esos años cincuenta estaban en su esplendor.  De ahí las historias de los malevos de las cinco esquinas, la familia Farno y las peleas que casi siempre involucraban al Carita y tenían como luchador destacado al Pata.</div><div>Cuando Nito se fue a vivir a Sevigné, una vez que entró como aspirante al ferrocarril, la vida les ofreció caminos separados en la distancia ya que no volvieron a vivir en la misma ciudad hasta la vejez, pero fueron incondicionales como los hermanos que se conocen el olor de haber dormido juntos y en la misma cama hasta los quince como decían ellos.</div><div>Papá cuando cumplió los dieciocho años ya estaba noviando con la Reina del Club Huracán de Necochea. Marta Elisa Acosta (mi Mamá) a quien conocía desde los seis años y siempre  celó en silencio o en forma superadamente “pseudomachista” de cada uno de los pretendientes que tuvo hasta ese día. </div><div>No fue tarea fácil que el futuro suegro le diera cabida recibiéndolo en su casa. Victorino Acosta, mi abuelo, era un lustrador de muebles y de carpintería de obra. Un artesano “a muñeca” como se dice en el gremio, que cuidaba con recelo a Adela, mi abuela  y a sus tres hermosas hijas, Marta, Alicia y Mabel. </div><div>Acostita, como le decíamos sus nietos, era un calavera típico de esos años´, trabajador de manos curtidas por el thinner y por el barniz, tenían ese olor que hoy recuerdo cada vez que lo aspiro de pasada por algún taller y también una extraña suavidad áspera, si se me permite la contradicción. Es que una vez que terminaba de trabajar se fregaba las manos con crema (creo sapolan ferrini), por mas buena que fuera, no disimulaba totalmente el trabajo rudo diario. Todas las noches  Acostita iba al Club Huracán o al Boca a jugar a las cartas, a los dados o a las bochas. Esta sana costumbre, pero controvertida por sus mujeres, le ocasionaba casi todas las peleas domesticas.</div><div>Contaba mi Abuela Ade, que el día que Roberto finalmente pidió si podía frecuentar la casa de los Acosta como pretendiente de la mayor de sus hijas, Victorino lo atendió caminando hacia la puerta mientras se ponía la manga del saco ya que se rajaba para el club. A las apuradas le preguntó: Que lo traía a usted por acá joven? Ante la furia de Marta, Alicia, Mabel y Ade, que habían servido un Cinzano con ingredientes, imaginando una larga, tensa pero cordial velada, la cual nunca ocurrió ya que el Hombre se paró en el pedal de la bicicleta  para irse  de inmediato a su cita de honor. Me permito afirmar, en el divertido rol de pensador omnisciente que asumo al escribir, que además de atorrante incurable, ese día Acostita no sabia como hacer para no llorar a gritos la inevitable partida de su “Negrita” en manos de ese Flaco de cuello largo, mirada pícara y fama de mujeriego, que le hablaba impostando ser mas bueno que Juan XXIII.</div><div>Cumplidos los veinte años, un poquito antes de tener el carnet profesional de conductor de ómnibus, comenzó a trabajar en lo que fue su profesión, chofer de larga distancia. Así comenzó a manejar primero para la empresa Águila del Mar, que unía Tandil con Necochea, luego Mar y Sierras que iba de Necoche a Lobería y finalmente, Pampa que hacia lo propio en todo el sudeste de la provincia, siendo su principal ruta Mar del Plata-Bahia Blanca.</div><div>Del Águila del Mar solo tengo el relato de que fue su primer contacto con esa profesión que tanto defendió. Los ómnibus de esa época eran en parte carrozados de madera con calefacción por medio de los largos tubos de escape y transitaban generalmente por caminos de tierra que hacían imprevisible el viaje. Graciosas anécdotas de caños de escape pinchado con obligadas  ventanillas abiertas en pleno invierno, un  compañero tuerto que conocí y aprecié mucho en mi infancia. El tuerto manejaba con un ojo mientras Papá dormía con un ojo también pero del susto que le daba ese discapacitado al volante!!</div><div>Sin duda los años que mi viejo trabajo en Mar y Sierras fueron  intensos. La ruta era corta, la distancia entre Necochea y Lobería son 50 Km y daba cuatro vueltas saliendo día por medio desde Lobería. Esto lo obligaba a pasar la noche en esta pequeña ciudad rural donde las historias de vagos, timberos y alguna mujer del pueblo le hacían recordar siempre sus hazañas. Las mas intimas y prohibidas me las conto en los últimos viajes que hicimos solos, creo que disfrutó mucho dejándome su legado de juventud. La discreción que debo a tamaña confidencia me hace terminar ya mismo este párrafo.</div><div>La cuestión es que dormía poco, algunas veces en el colectivo, otras en la comisaria y también    en una pensión que estaba atendida por un pobre gallego que tuvo más de un disgusto por la juerga permanente. </div><div>En el camino, cada peón rural, maestra o capataz lo conocía y el colectivero  era parte fundamental en la vida de esta gente que lo quería y respetaba pese a su juventud. La característica principal de mi Padre, era ser solidario y esto le abrió las puertas en todos los lugares que pude conocer donde él paso. En los duros inviernos en el camino esta cualidad es reconocida y retribuida. Cabe la anécdota. Cuando yo era muy pequeño, tuve una enfermedad en la que los médicos de la época me recomendaron tomar leche de yegua. Hubo un chacarero que todas las madrugadas, espero el ómnibus parado en la carretera para regalarle a mi padre el botellón con leche fresca para su primer hijo enfermo. Estos gestos no son por que si, siempre son de vuelta en ese camino que generalmente comienza en la ida y que Roberto era baqueano conocedor.  </div><div>De trabajar en Mar y Sierras y ser el hijo dilecto del dueño de la empresa pasó a una empresa de larga distancia llamada Pampa, el trayecto ya era mucho mas largo y los viajes eran de Mar del Plata a Bahía Blanca, con la misma temática de las paradas en el camino pero ahora en vez de 50 los kilómetros eran 500 y la noche la pasaban en un departamento que alquilaban los choferes.</div><div>Imagino anécdotas, pero no las conozco por suerte!  Lo que no es producto de mi imaginación es la amistad fraterna que tuvo con alguno de sus compañeros como el “Negro” Carlos Ríos que para mi era el Tío Negro, con él a mis siete años recorrí todo el norte argentino en una excursión, haciendo de mascota acompañante de la dupla de choferes. Esta fue mi primer salida lejos de casa, muy lejos! Entre adultos! y creo que este gesto de desprendimiento, confianza, amistad y deseo de que el hijo vuele por las suyas, caló mucho mas hondo y fue mucho mas importante para mi vida que los finitos catorce días que duró este viaje. Mi Tío Negro y Cacho Arana hoy tampoco están pero vivirán siempre en mi agradecido recuerdo y serán para mi, mis dos primeros compañeros de viaje! </div><div>Mi hermano Luís Mariano vino el 25 de febrero de 1972, lo fuimos a buscar a la Clínica  Pueyrredon Papa y yo, felices por su llegada y orgullosos con el Chevrolet Impala 1957 que estrenábamos para sorpresa de Mama. Creo que seré gráfico en el concepto al contar que este auto aparatoso, grande y con una cola particular parecida al “batimovil” había sido comprado a medias por mi padre y el Tío Negro. Era utilizado por el que estuviera de franco en el trabajo y si había coincidencia por quien lo necesitara más. No recuerdo una discusión ( que linda forma de aprender la amistad no?) </div><div>Mi abuelo Luís murió después de ser operado de hidatidosis hepática, enfermedad parasitaria que es bastante común en habitantes de zonas rurales. El cirujano que lo operó de vesícula, durante la cirugía abrió accidentalmente el quiste ocasionando una siembra hidatídica fatal que finalmente  le costó la vida a mi abuelo. El cuento no persigue ningún resarcimiento económico que es muy común  en estos años, sino que pretende mostrar como era la actitud de mi Padre hacia el médico de su familia ya que nunca lo dejó pagar una  cuenta cuando lo cruzaba en algún restaurante o bar de Necochea. Fuí testigo de varios de estos encuentros y había que ver con que reconocimiento y agradecimiento era tratado el galeno, quien al salir de la operación, dejó en claro que había cometido una equivocación obviamente involuntaria.   </div><div>Mi hermano y yo tuvimos sin duda una infancia muy feliz, alternábamos el colegio con los juegos siempre juntos, vivimos en muy diversos barrios de Mar del Plata. Estas casas y estos barrios fueron el fiel reflejo de nuestra realidad económica ya que mis viejos no lograron una casa propia “y de acuerdo al culo son los azotes” como decía Roberto. </div><div>Una característica de casa era la de estar permanentemente abierta a las reuniones. Cenas, fiestas, guitarreadas, asados y amigos. Esto era parte de nuestra cotidianidad. También lo eran las visitas que podían ser de un día un fin de semana o varios meses según la necesidad de ellos. Como decía antes, si algo caracterizaba a mi padre era ser solidario y mi Madre era la compañera ideal. En casa vivieron por largo tiempo Nelly, Inés, Yoyi y Edelma, Zambón y su  Familia cuando enfermó, la tía Chela, los primos de Salta (que no recuerdo sus nombres) durante la guerra de Malvinas, mi querido  Quito cuando salió  de la cárcel  y la lista sigue, eso si, siempre con alegría y compartiendo todo. Con Mariano cuando éramos chiquitos generalmente esta visita casi permanente no tenia cuartos especiales por lo que cedíamos la cama de costumbre. Era programó que nos armaran camas en la bañadera y de esta forma acampábamos jajá. Linda forma de aprender a compartir!!!!  </div><div>Lo que no tuvimos fue la presencia horaria de mi Viejo ya que trabajó en turismo hasta que la vieja dijo basta!!!! Salía veinte días, estaba tres en casa y otra vez al bondi. Luego fué encargado de talleres y esa responsabilidad también le insumía muchas horas ya que el transporte no tiene descanso ni tiene fiestas ni vacaciones. Que no tuviera largos tiempos de ocio a nuestro lado de ninguna manera significo que no fuera omnipresente en todos los aspectos de nuestra cotidianidad y creo que Mamá fue la socia justa para disimular tamaña ausencia.</div><div>En toda nuestra infancia y adolescencia mis Padres fueron socios fieles ya que no transpiraron sus secretos ni sus problemas, que como todos, los tuvieron. Tuvieron un solo discurso que fue un equilibrio entre compañerismo cómplice y severidad, que a mi entender por esos días, era imposible de doblegar. Esto hizo de nosotros gente despierta y atorrantes, pero a la vez aplicados, respetuosos, responsables y efectivos a la hora de rendir los compromisos, que a esa altura eran los  exámenes. Para mis queridas Tías mis viejos eran algo así como dictadores tiranos. Para mi fueron severos, justos siempre y hoy creo que alguno de mis logros los debo a la “tiranía” vivida en mi juventud que agradezco.</div><div>A los 47 años mi padre fue operado de cadera ya que debido a los corticoides que se aplicaba para calmar sus dolores de columna, sufrió una necrosis de la cabeza del fémur. Esta cirugía y su convalecencia fueron su  paso de  juventud a vejez y ya no fue el mismo toro superpoderoso.</div><div>A mediado de los ochenta Roberto era un tipo imponente, grandote, de pelo blanco,  apuesto, algo coqueto.  Trabajaba como jefe de los talleres en la empresa de ómnibus Rápido del Sud de la cual tenía una parte pequeña de su paquete accionario.</div><div>A los trece años tuve mi primer trabajo al igual que mi hermano. En los colectivos también, pero podría haber sido en cualquier lado. ¿Por que a trabajar? ¡Decía alguna tía! Mientras no se estudia, se trabaja para ayudar en la casa. Contestaba Roberto.</div><div>Estoy seguro que esta ayuda nunca fue tan necesaria, pero si lo fue la enseñanza de la cultura del esfuerzo. El trabajo nos quedo grabado en nuestro código de barras, también, el compañerismo, la calle  y las ansias de superación.</div><div>La primera vez que vi llorar a mi Padre fue el día que murió su madre súbitamente. Fue muy fuerte ya que toda esa imagen imponente que lo presentaba quedo desmoronada a mis ojos y su figura  lucia desgarrada y desconsolada. Recuerdo que tardo mucho tiempo en recobrar la alegría.  </div><div>Debido a los vaivenes económicos de nuestra injusta Argentina y seguramente también a la impericia de ocho ex choferes relativamente honestos, la empresa se fundió. Allí mi padre que era el socio minoritario y el único que dependía totalmente  de este trabajo cumplió su palabra empeñada de firmar la venta sin pedir nada a cambio y quedo en la ruina con cincuenta años, y sin los amigos de los últimos veinte, que simplemente con mayor o menor participación lo traicionaron.</div><div>No lloró en publico, si en privado y siguió adelante ya no en Mar del Plata si no en Buenos Aires trabajando en un garaje para terminar de costear nuestros estudios.</div><div>Después del garaje vinieron los taxis, el vivir en Buenos Aires y corto de guita.  A su decir “Buenos Aires es la ciudad mas linda que hay pero seco no se puede estar ni un día”. Quizás por ese motivo o tal vez por querer ver a Papa otra vez laboralmente poderoso fue que mi hermano y yo insistimos en que aceptara una nueva propuesta laboral al frente de la gerencia general de Pampa.</div><div>Esos dos años fueron malos para mis padres por que significaron un doble fracaso el de no poder volver a ser y el de ser una vez mas traicionado ya que fué convocado para la liquidación final de una empresa que ya estaba fundida. Igualmente su don de gente y el respeto ganado en cuarenta años, no alteraron su relación con la comunidad del transporte en Mar del Plata. Los directivos de UTA (gremio de los choferes) lo estiman hasta la fecha y se lo demostraron siempre.</div><div>Y así fue que apoyando un emprendimiento agropecuario de Nito que dispuso sus ahorros en esto, se mudó con la Vieja de fierro (ese adjetivo se lo tiene bien ganado) a un campo cerca de Gral Lamadrid llamado “La Francia”.</div><div>Los cinco años que siguieron a esta mudanza fueron a decir de mi padre de los mejores de su vida. Yo no se si para mi madre esto también fue así pero ella esta de acuerdo en que Roberto ahí fue feliz. Aprendió el trabajo del campo y cultivo huerta y amistad. Tuvieron un vecino entrañable que quiso a Roberto como a un padre. Ese vecino se llama Marcos y junto a su mujer y su hijo fueron la familia de cerca que mis padres tuvieron ahí.</div><div>Como siempre las malas acciones, las envidias y los intereses hicieron que la sociedad cambiara y las vacas que eran 1000 se mudaran a un campo cerca  de Cnel Príngales. Así que en un camión de hacienda luego de mudar el último ternero fueron los muebles de Mamá con sillones de pana verde y todo (pobre vieja!). Una nueva mudanza, nuevo gallinero, nueva lucha con el motor de la electricidad, el perro que mata animales y lo lleva a su propia muerte. Saben como bautizó a  los perros que eran igualitos? Uno y dos! Bueno murieron después de matar unas cuantas ovejas.</div><div>Cuenta Marta que un zorro los tenia en jaque y se había comido varias gallinas y cualquier animalito de granja. Así que Roberto se había dispuesto a cazar esa fiera asesina y para  esto no dormía de noche y reflexionaba diciendo – Tengo que pensar como zorro por que si no, no lo agarro!! Y fue una noche que o de suerte o pensando como Guy Williams aunque sea, lo atrapó y así lo pudo estaquear para que todos los zorros se enteraran de lo que les iba a pasar si robaban la casa de los Duhalde según sus dichos.</div><div>Nos cansábamos viéndolo trabajar, agotado pero feliz en la manga de ese campo, siempre acompañado con Tere que era el nuevo e inseparable vecino, parecía salido de un almanaque de Molina Campos. </div><div>Tere es un hombre de campo típico, con instrucción mínima muy brutaso y bueno, de a caballo curtido por las heladas. Según él mi padre fue el mejor compañero, vecino y amigo que tuvo. Lo defininía diciendo:- Tu Padre me venia a buscar cuando se hacia de noche y me decía que van a comer solos acá, si nosotros estamos a una legua con Marta solos y así los llevaba a una casa con luz y calefaccionada con comida mas elaborada y con un televisor! Si me iba al pueblo, me daba el auto y se quedaba con el sulki. Que lo pario! Y yo también digo que lo pario! Desprendimiento, esfuerzo y sobre todo solidaridad fueron atributos de mi padre que nos quedo como legado.</div><div>Papa seguía entre cecas, heladas y primaveras en el campo y nuestra vida prosperaba en Buenos Aires, Yo me casé con Sole, Mariano con Dani. Mi carrera empezó a marchar y la de mi hermano también y a pasos largos.</div><div>Definitivamente la bisagra definitiva fue la llegada de Joaquín mi primer hijo. Roberto desde la primer llamada por teléfono durante mi luna de miel  le preguntaba a mi mujer si estaba gruesa y nunca dejo de hacerlo hasta no enterarse de que así era.</div><div>Promediando el embarazo en el verano un día nos llamo mami por teléfono que trasladaban a papá con un pico hipertensivo a Bahía Blanca. Cuando llegué allí, lo encontré asustado por la posibilidad de no ver a su nieto y ese fue el primer aviso que los viejos empezaban a estar grandes de veras. </div><div>Bueno Joaco llego y la corta etapa de abuelo creo que la vivió a fondo. Jugó, disfrutó, estuvo orgulloso y las demás sensaciones que el abuelazgo da. También compartió con Jacinto y con Felu el hijo de mis hermanos.</div><div>Otra vez los hijos influimos mucho y viendo el cansancio de Mamá por esa vida tan sacrificada y asumiendo que Papa estaba grande, insistimos en que se mudaran a Mar del Plata a esperar la jubilación que pronto llegaría. Según nuestros cálculos que obvio no fueron los de la injusticia crónica Argentina.</div><div>Así una nueva mudanza vivió la pareja mayor, pero esta vez era especial ya que iban a vivir a un departamento amueblado. ¿Que duro no? Ahora reflexiono que doloroso es dejar atrás toda la historia material de un matrimonio y todo por necesidad e injusticias.</div><div>Igual mis padres se la arreglaron para estar felices y pendientes de sus nietos todo el tiempo. Eran abuelos de tiempo completo pendientes de los tres niños día y noche. Disimulaban dolores y necesidades y era Mamá quien en secreto nos avisaba de las faltas para que nosotros diéramos una mano cuando era necesario.</div><div>Mis hijos veranearon siempre de enero a marzo con Tete y Tata, el nuevo nombre de mis padres y creo que esos momentos marcaron sus vidas. Los niños le dieron a Roberto nuevamente la razón de vivir.</div><div>La enfermedad y muerte de Nito fueron devastadoras para mi Padre. Lo despidió desconsolado una tarde nublada. Allí en el codo del Hipódromo de Palermo, ese lugar que tanto querían. Así cumplió su ultimo deseo. </div><div><br></div><div>Durante un año y  medio Sole y yo estuvimos separados. No sabría escribir inteligentemente lo que significó mi Padre en este tiempo para mi. El  podía mantener el equilibrio de Houdini. El mismo día podía acompañar y contener  a Sole, demostrando  imparcialidad y complicidad por un lado y  por otro estaba a mi lado con  amor incondicional siendo al mismo tiempo  mi único confidente, mas fiel amigo y seguro consejero. Nunca se calzo la toga de juez  aunque dejo saber sus opiniones y así sin influir demasiado ayudó  a dejar que el tiempo y nuestras propias acciones hicieran su camino. Mi viejo era un baqueano conocedor de los problemas matrimoniales y por sobre todas las cosas un atorrante sano como dicen en Necochea, sabía que estas cosas podían pasar y hasta se podían arreglar también.</div><div>Durante el verano del 2008 cuando estaba pasando con mis hijos las vacaciones, al llegar a la playa un mediodía, me dijo que no veía bien, que manejaba inseguro y que eso no era para nada normal. Eso fue todo por que a las 48 hs. Ser médico me puso en el desesperante lugar de saber que a mi padre le quedaban solo seis meses de vida ya que que sus molestias se debían a metástasis de un cáncer avanzado de pulmón.</div><div>De esos seis meses yo tengo solo dolor e impotencia y la sensación de que se la aguanto como macho, que la peleo sin quejarse, sin decir ni “mu” hasta darse cuenta que ya se moría y en ese momento sencillamente se calló y casi no hablo mas, salvo para pedir analgesia. Creo que no se animo a despedirse ya que no tenia planeado morir así y creo que lo hizo con rebeldía absoluta rodeado solo de su mujer y sus hijos una fría madrugada de un 5 de junio, un mes antes de cumplir 65. </div><div>Con amor. Martin.</div>]]></description>
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         <pubDate>2019-08-01 00:08:25 UTC</pubDate>
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         <title>CHIRIQUI por Juancho Duhalde</title>
         <author>juanestebanduhalde</author>
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         <description><![CDATA[<div>En homenaje a Chiquiri</div><div> </div><div>El lunes 22 de octubre de este año 2007 que promedia, he perdido a mi madre, Chiriqui.</div><div>Faltaba un mes exacto para que cumpliera 83.</div><div>En el viaje de vuelta desde Bolívar hacia Bahía Blanca, luego de su funeral, pude recién llorar parte de lo que  seguramente podré llorar con el tiempo por ella. Y en ese mismo viaje le comenté a Viviana que escribiría lo que se me aparecía en mi mente como recuerdos.</div><div>Todos los que me conocen saben, por supuesto, que no soy un escritor, pero me ha parecido que es esta una posibilidad que tenemos las personas comunes de intentar brindar un homenaje a otra persona común, cuyo paso por la vida dejará simplemente los recuerdos en aquellos que las sobrevivimos, y su recopilación nos permitirá quizás detenernos a recordarlas.</div><div>Esta herramienta de poder comunicarnos masivamente por Internet, hará posible que yo pueda hacerles llegar a ustedes, y ustedes a quienes quieran, estas vivencias mías, algunas propias, otras contadas, y algunas tal vez hasta inventadas, puedo aceptarlo, pero que de tanto repetirlas ya son hechos consumados.</div><div>Y antes de avanzar, quiero dejar sentado que hablaré en todo momento de Chiriqui, aunque en algún punto se confunda su figura con la de mi madre.</div><div>Desde hace muchos años mis padres fueron Chicho y Chiriqui, eso me ha permitido, sin quererlo ni buscarlo, obviamente, tener sobre ellos una perspectiva muy objetiva.</div><div>Si tuviera que remontarme en el tiempo y tratar de ver cuándo esto pasó, podría recordar aquella vez que fuimos a Mar de Plata con  Nemo Maineri, con nuestros flamantes 18 años a buscar una pensión que nos permitiera hacer nuestros estudios de Contador Público en esa ciudad. Fuimos a la casa de unos parientes lejanos, o amigos, no lo se, y yo me presenté SOY JUANCHO, EL HIJO DE CHICHO Y CHIRIQUI....Nemo se rió mucho de mi forma de presentarme, y ese cuento duró mucho tiempo dentro de nuestra barra de amigos de Bolívar, y debe estar fresco en su memoria, seguramente.</div><div>Y así fue que comencé a llamarlos de esa manera a ambos, Chicho y Chiriqui, y fueron además de mis padres, dos personas a las que pude ver en toda su dimensión con sus defectos y virtudes.</div><div>Chiriqui había nacido un 22 de noviembre de 1924 en la localidad de Oriente, Partido de Coronel Dorrego, donde su padre tenía un establecimiento rural de importancia.</div><div>De esa época suya tengo los cuentos que en el transcurso del tiempo me fue contando, muchos, todos floridos, todos adornados con el lenguaje amplio que usaba. Tan floridos como los dibujos del mes que nos hacía a mi hermana Cristina y a mi en el cuaderno de la primaria.</div><div>Así supe de la estancia que tenían en Oriente, los autos 0 km. que su padre compraba al poco tiempo que salían al mercado, de la línea de teléfono que ya usaban en aquella época, de la glorieta de la casa, de los membrillos, de su peón Cumpa que los quiso como a hijos, de sus hermanos y las travesuras de Yampier. De la apostura de sus hermanos Arturo y Yayo, y  la elegancia y belleza de sus hermanas Emilce, Pirula y Beca, a quien no conocí y sobre quien me ocuparé mas adelante.</div><div>En cierta oportunidad cuando yo jugaba al basquet en el Club de Pelota de Tres Arroyos, años 1975 ó 1976, se me acercó el escribano Errasti, muy conocido y respetado en la ciudad, y sabiendo de mis orígenes, me habló de la belleza de las hermanas Chalde, y quizás a la que mas alabó fue a Pirula. Sentí en aquel momento el sano orgullo que siento ahora por el comentario.</div><div>Volviendo a la infancia de Chiriqui, me gustaba escuchar sus cuentos sobre las habilidades de sus padres para tocar instrumentos musicales,  la mandolina su madre Victorina, y la guitarra su padre Juan. Y sobre la intensa participación en el comité radical de su padre, lo que lo obligaba a viajar a mucho a Dorrego.</div><div>También supe por sus cuentos sobre la pérdida de ese campo allá por la década del 1930, cuando la gran crisis, y de la tristeza de su madre, y su muerte cuando Chiriqui era apenas una adolescente, la mudanza de su padre y sus hermanos, y el peón Cumpa, a una chacra pequeña en las afueras de Lobería.</div><div>Y sobre la necesidad de hacer desde tan pequeña las tareas de la casa junto con sus hermanas. Y los hermanos mayores que salían a trabajar.</div><div>Y comienzan a aparecer en mi memoria algunos apellidos de amigos nuevos en Lobería, de los que ya me acuerdo pocos.</div><div>De esos relatos que escuché atento siendo muy chico, creo que aprendí a abrazar los lazos de la sangre, de la sangre vasca que me nutre desde ambas vertientes.  </div><div>Y de esos relatos también aprendí a descubrir la nostalgia que Chiriqui tenía en forma casi constante, a pesar de la alegría natural que irradiaba.</div><div>Cuando uno rascaba un poco su corteza, aparecía en ella un dejo de tristeza que siempre me las arreglaba en disimular contándole algún chiste, o dejándola expuesta indicándole todo lo bueno que tenía para ver respecto de lo poco malo que ella se empeñaba en destacar.</div><div>Y la rabia que le generaba cuando yo le decía que era un tema de los Chalde, que los Duhalde somos mas divertidos, y que yo había recibido de esa parte de la sangre ese beneficio.</div><div>Pero a decir verdad, si bien tengo mayor predisposición a ver la parte del vaso llena que tenía Chicho, creo que algo de lo de Chiriqui está en mi. Y me gusta tener cosas de ella, las que sean.</div><div> </div><div>Y sigo.</div><div> </div><div>Entonces, estando en Lobería, pasados algunos años, conoció a Chicho Duhalde y se casaron.</div><div>Chicho había nacido el 11 de agosto de 1916 en la localidad de Cabildo, a unos 50 kms. de Bahía Blanca, en ocasión de estar su padre Esteban arrendando un campo de cría en ese lugar, en el que vivía con el resto de su familia.</div><div>Eran cinco los hermanos de Chicho, Luis, Arturo, Chola, Pichuca y Porota.</div><div>Hace unos 10 años, cuando por cuestiones laborales tuve que entrar en Cabildo para hacer gestiones, me llegué hasta la delegación municipal, y en forma muy prolija estaban en archivo los libros de los nacimientos del lugar. Solicité el tomo correspondiente a 1916 y de ahí saqué la partida de nacimiento de Chicho, la que hice autenticar y le llevé en uno de los viajes que hacía habitualmente a Bolívar, y le gustó el gesto.</div><div>También la suerte de Chicho fue afectada por la temprana muerte de su padre, cuando tenía sólo 3 años, y al tiempo, cuando su madre Justina Suit volvió a casarse con Pepe Olaciregui, se mudaron todos a un lugar llamado Tamangueyú, una estación de ferrocarril que está casi pegada a Lobería.</div><div>De ese nuevo casamiento de la abuela Justina con Pepe, nacerían otros dos nuevos hermanos de Chicho, la Negra y Roberto Olaciregui.</div><div>Chicho, ya casado con Chiriqui, trabajaba en el Registro Civil de Lobería y lo hizo hasta 1955, año en que siguiendo un proyecto laboral se mudó con su familia a la ciudad de Bolívar. La familia se componía de Chiriqui, un niña flacucha y tosedora de 5 años llamada María Cristina, y un bebé regordete de unos 10 meses llamado Juan Esteban, que terminó siendo este Juancho que les escribe ahora.</div><div>Puedo entender, y no tengo demasiados registros sobre esa cuestión, que aquel nuevo desarraigo no debe haber sido muy auspicioso en aquel momento para Chiriqui. Ella dejaba en Lobería a sus padres muertos, perdía la posibilidad de llevarles una flor, y a sus hermanos Arturo, Yayo, Emilce, y Beca. No recuerdo si Yampier todavía estaba ahí o había emprendido su camino como administrador de campos que lo llevó rumbo a la zona de Madariaga, donde aún reside.</div><div>La que había marchado de Lobería en búsqueda de su prominente carrera, era Pirula, a quien Chiriqui siempre destacó como el cerebro de la familia.</div><div>Siempre recuerdo el orgullo que sentió cuando Pirula fue designada Intendenta de General Rodríguez, y cómo guardaba la nota que se publicó por aquellos días en la revista Gente.</div><div>Destacaba en todo momento sobre la capacidad, entereza y garra de esa mujer que habiendo quedado viuda muy joven se hizo cargo de la crianza de sus 4 hijos desarrollando en paralelo una carrera que sin lugar a dudas, fue elogiable.</div><div>Prometo dispersarme menos, sigo con el relato intentando sea cronológico.</div><div>Es necesario interpretar lo difícil que debió haber sido este cambio de radicación en aquellos tiempos, año 1955, en plena Revolución Libertadora, para colmo, lo cual hasta generó, según cuentos de Chiriqui, que algunos bolivarenses le preguntaran en esos días si su traslado obedecía a cuestiones políticas. Todo un tema para una mujer de 30 años.</div><div>Por otro lado, los caminos por aquel entonces eran de tierra desde Bolívar a Olavarría, y luego desde Napaleofú hasta Lobería.</div><div>Cuando llovía había que dar una larga vuelta por Necochea.</div><div>Los autos, y los medios de transporte de aquella época.....</div><div>Los teléfonos eran poco mas que prohibitivos, el correo se usaba mucho mas, pero era el correo, con todo lo que eso implica.</div><div>Hoy hablar de las distancias, de vivir acá o allá es casi un detalle, ya que la hipercomunicación que permite Internet, los celulares, las carreteras y los autos veloces, hace que uno pueda sobrellevar más fácil cuestiones como aquellas.</div><div>Bueno, en aquella situación nos instalamos en una casa ubicada en la calle Olavarría N 334, de tierra durante muchos años, a unas seis cuadras del centro de Bolívar.</div><div>Y también comenzó en aquellos tiempos la amistad de Chiriqui con Mary Peralta. Por eso puedo entender el llanto de Mary con la muerte de Chiriqui, porque se enfrentaba con el hecho de que se le terminaba de forma abrupta una amistad de 52 años.</div><div>Y que su vida cambiaba de una forma solamente comparable con el cambio que le produjo en su momento, la muerte de su compañero Luisito.</div><div>Mary era la que me acomodaba los pañales en aquellas épocas en las que yo permanecía en un corralito porque me demoraba en caminar, y con el tiempo se ganó para mi el lugar de Segunda Madre. Ella lo sabe y ha tomado esa responsabilidad desde siempre con absoluta responsabilidad. Con el tiempo, al irme a estudiar a Bahía Blanca, tuve la suerte de tener una Tercera Madre, Belma, a quien también quiero mucho.</div><div>Chiriqui sabía de estas designaciones, y lejos de sentir celos por compartir el amor de un hijo, le gustaba que yo pudiera contar con el cariño de estas excelentes mujeres, y mejores seres humanos.</div><div> </div><div>Por cuestiones obvias relacionadas con la escasa edad que tenía yo por aquellos tiempos, no podré encuadrar perfectamente la cronología de los acontecimientos, y algunos recuerdos no son míos sino que quizás sean producto del cuento de otras personas, pero no le estaré errando por mucho respecto de la forma en que se los estoy presentando..</div><div>De ese barrio tengo los mejores recuerdos de mi infancia, de mis demorados y tardíos primeros pasos, de las personas que lo integraban, los Peralta, los Perez, los Medina, los Morel, los Nuñez, los Barrio, los Arroyo, los Moretti, los Olmo, los Pintaner, los Constantino, los Serna, los Gallo, los Tamborenea, y tantos otros que podría nombrar si empezara a correrme a otras cuadras.</div><div>Y en esos recuerdos ocupa un lugar preponderante la cocina de Chiriqui. Era sin dudas el lugar de reunión más apreciado del barrio, y en la mesa de esa cocina aprendí a dormirme con el murmullo y cuchicheo de quienes habitualmente estaban.</div><div>Y también supo esa cocina de la casa de la calle Olavarría 334 ser el lugar donde solíamos tomar la leche con mis amigos de la infancia, Beto Arias, Alcides Canelli, el gordo Mosca, Gualberto Noseda.</div><div>Y el recuerdo de las tardes de invierno de hacer figuras de yeso para pintarlas luego. Y del ruido de la máquina de coser Singer que Chiriqui manejaba con maestría, y que celaba en cuanto a mi intención de hacerla funcionar a velocidad sin la correa puesta. Siempre la ponía a buen recaudo para que eso no ocurriera.</div><div>Y era la misma cocina en la que se elaboraba el strudel de manzana, y estirábamos la masa  para dejarla transparente  con la consigna de que no se rompa, hasta poder hacerla llegar a cada una de las puntas de la mesa rectangular. Y luego ponerle azúcar, manteca, manzana cortada para hacer un gran rollo, y al horno. Con el tiempo he podido compartir con Viviana esta distinta forma de hacer el strudel de manzana  con la que ella usa. Y les confieso que es mejor aquella....</div><div> </div><div>Entre estas tareas, hoy recuerdos y enseñanzas, Chiriqui me enseñaba los primeros versos del Martín Fierro, que con menos de 5 años yo recitaba en las yerras familiares a las que asistíamos, arriba de una mesa, para deleite de los presentes.</div><div>Y días atrás, en el propio velorio de Chiriqui, Laura Constantino, una vecina de enfrente de aquella época, me hacía recordar sobre unos versos políticos de aquel entonces, que según parece yo recitaba desde un cajón de madera donde me ponían esperando que camine, y que eran otra enseñanza de Chiriqui.</div><div>Y tanta poesía que aún hoy repito, y que aprendí de ella.</div><div> </div><div>Algo dije ya de mi ascendencia vasca, producto que Chiriqui era tercera generación de un vasco francés venido de Aussurucq, y Chicho era también tercera generación de otro vasco francés que vino de Ustaritz. Y esos bisabuelos míos también se casaron con otras vascas, y así llegamos a mi generación.</div><div>Y de lo que pude leer respecto de esa corriente inmigratoria vasca de mediados de los 1800, contada en forma interesante por un escritor abogado de la zona de Chillar, Alberto Sarramone, concluyo en la gran influencia de esta cultura que traian tanto Chicho como Chiriqui, y cuánto de ella he mamado, y con la que me emociono a veces.</div><div>Y dentro de esa cultura está la participación primordial de la mujer en la familia vasca. Y de su fortaleza, y su peso dentro de esa familia, como madre, bajo la autoridad del padre, el etxeco jaun, el amo de la casa. La mujer era muy fuerte. Y así ha sido Chiriqui. Una típica mujer de una familia vasca.</div><div>Y la garra que puso para que Cristina y yo nos formáramos para la vida. Era muy firme en sus convicciones, y si bien siempre se reprochó no haber podido convencer a Chicho de hacer tal o cual cosa, en este tema de nuestros estudios tuvo siempre muy claro que era una prioridad de su matrimonio.</div><div>Y vaya si ha disfrutado del fruto de esa siembra viéndonos desarrollados y sintiendo el orgullo de que fue su gran mérito.</div><div> </div><div>Intentaré volver al relato.</div><div> </div><div>Fue en esos primeros años de vivir en Bolívar que se enfermó la tía Beca, hermana de Chiriqui casada con Néstor Balbi, mi padrino, y madre de Jorge, mi primo mayor por el lado de los Chalde.</div><div>Y aparece acá un acontecimiento no demasiado dimensionado por lo menos por mí hasta ahora, y que ha quedado ahí guardado en los arcones de los recuerdos, pero que quiero que sirva para ver en qué tipo de cosas Chiriqui era muy grande.</div><div>No recuerdo ni conozco todos los detalles, pero sí la cuestión de fondo en la que Chiriqui tomó bajo su responsabilidad el cuidado de su hermana, viviendo en Bolívar, con todos los inconvenientes comunicacionales citados, y se trasladó a Lobería para asistirla.</div><div>Pero, y ahí viene lo bueno, se trasladó por tiempo indeterminado, incluso haciendo cambiar de colegio a mi hermana Cristina, que ya había empezado su primaria, llevándome a mi que tendría unos pocos años, y así estuvo junto a su hermana hasta el final.</div><div>Y en este acto de grandeza que puedo destacar en toda su magnitud con la perspectiva que me permite el momento, se me aparece el gesto grande y también generoso de Chicho que permitió que esto fuera posible.</div><div>De ahí en adelante se fueron sucediendo en la vida de Chiriqui otros acontecimientos donde puso el cuerpo para la ayuda desinteresada a personas, sobre todo en temas de enfermedad.</div><div>Tenía una especial capacidad para acudir a la ayuda samaritana, y no tenía la misma predisposición a las participaciones festivas.</div><div>Eso sí, una vez que estaba en la fiesta, era, sin dudas, la más divertida de todas.</div><div>Y en esta faceta de su vida me podrán ayudar con información quienes la vieron actuar en este sentido durante todos estos años, pero se que han sido muchas las personas que tuvieron de ella la ayuda desinteresada en el momento en que la ayuda es invalorable.</div><div> </div><div>Creo recordar una época de felicidad de Chiriqui cuando tuvo la posibilidad de tener muy cerca a sus nietas Victoria y Clarita.</div><div>Digo creo porque yo me perdí buena parte de ese período, me refiero a la cotidianeidad del mismo, ya que  estaba desarrollando mi vida en Bahía Blanca, y viajaba de tanto en tanto a Bolívar.</div><div>Esa fue una época en la que, estando mi hermana Cristina radicada en Bolívar y trabajando en la docencia en dos puestos, sus hijas estaban mucho tiempo con Chiriqui. Y puedo mensurar el amor que ella tenía por sus nietas a través del amor que se que sus nietas tenían por Chiriqui. Era mutuo y producto de una relación que nació por aquellos tiempos y siempre fue muy linda.</div><div>Recuerdo los vestiditos que lucían estas niñas por aquellos tiempos. Eran hermosos y ellas también lo eran.</div><div> </div><div>Luego vi entristecer a Chiriqui cuando Cristina y Roberto mudaron a Mar del Plata. Algo de ella se fue también allí.</div><div>Y la muerte de Roberto le causó un profundo dolor, en este caso a ambos, a Chicho también, y decía Chiriqui siempre que Chicho, que era fuerte y tenía entereza, nunca pudo recuperarse de esta pérdida. Tal vez, y en mi opinión, porque Chicho tuvo siempre un especial amor por Cristina, y sabía que esa pérdida sería demasiado onerosa para su hija. Y no se equivocó, lo fue.</div><div> </div><div>Y luego se sucedieron los años en los que Chiriqui envejeció junto a Chicho. Y fueron los años en los que en varias oportunidades debatimos sobre las suertes de las personas comunes, y debatimos cuestiones que le pasan a los adultos, sobre su suerte dentro de la institución Matrimonio, sobre la mía, sobre la relación con los hijos de esta generación, la adaptación al cambio en cuanto a las nuevas conductas sociales. Cosas por el estilo.</div><div>Y coincidimos en algunas cuestiones, y no nos pudimos poner de acuerdo en otras. Nada de importancia, simple forma distinta de ver mismas cosas.</div><div>Pero es importante decir que estas diferencias, que por ahí tienen que ver con una natural cuestión generacional, no impedía que Chiriqui fuera de esas personas grandes que tenía un excelente vínculo con la juventud.</div><div>Y eso lo puedo decir por la cantidad de personas jóvenes que la tenían en esta consideración. Y era muy apreciada por ellos.</div><div>Y también por los sobrinos nietos que se divertían con ella, la convocaban, la consideraban, y eso no es tan fácil de conseguir en las personas de mas de ochenta. Estaba actualizada, no desentonaba en una charla de estos tiempos.</div><div>Y eso lo he sentido respecto de mis amigos de la adolescencia, que con el tiempo me arrimaban comentarios de Chiriqui, lo piola que era, y las charlas que por ahí entablaban con el Cabeza Piñel por vivir en la misma cuadra, con el Chicho Mazzuca cuando se encontaraban para intercambiar noticias sobre mi, o con Mon Hueso que la visitaba y que de tanto en tanto lograba sacarle uno de esos preciados budines que Chiriqui hacía para deleite de la hora del mate.</div><div> </div><div>Qué bueno es saber que todos la han querido bien.</div><div> </div><div>La pérdida de Chiriqui me ha puesto en una situación de corte con toda una etapa, la de la infancia y la adolescencia, diría yo.</div><div>Se me ha ido con ella la relación natural con Bolívar. Era el motivo que me hacía volver naturalmente, sin pensar demasiado, a veces a darle un beso en la cena, en el almuerzo, o a veces mi pasada era para tomar unos mates, pero eran contactos ricos en sustancia.</div><div>Prometí no dejar de visitar Bolívar porque Chiriqui no esté. Iré a llevarle una flor, iré por mis amigos, iré por mis recuerdos, iré por mis raíces.  </div><div> </div><div>Y tal vez sea tiempo de hablar de la belleza de Chiriqui. Era una mujer hermosa, y lo pude reconocer recién cuando grande, ya que me daba mucha furia que me lo dijeran cuando chico. Sería algún tipo de celo, de Edipo, que los sicólogos podrán definir seguramente.</div><div>Pero en resumen, era muy linda mujer.</div><div>Tenía buen gusto para vestirse, era muy coqueta, y había muy pocas posibilidades de encontrarla sin arreglo personal en cualquier hora del día.</div><div>En ese sentido he llegado a veces de viaje sin aviso previo, para ver cómo se venía desempeñando en estos últimos años luego de la muerte de Chicho, y nunca pude, gracias a Dios, encontrarla desarreglada, despeinada, o con ropa que no fuera oportuna para la ocasión.</div><div>Tenía estilo. Mucho.</div><div>En eso con Mary se sacaban chispas, cada cual mas elegante, y me daban un gran orgullo cuando en algunas de las pasadas mensuales que hacia a Bolívar nos aceptaban a Viviana y a mi salir a comer afuera.      </div><div>Se preparaban para el evento y pasábamos un momento muy lindo compartiendo una mesa de restaurante.</div><div>Pero era también todo un logro convencer a Chiriqui de salir a comer afuera, ella era de su cocina, el agasajo para ella era hacer una de sus ricas comidas, amasar sus exquisitas pastas, preparar la mesa para nosotros.</div><div> </div><div>La voy a extrañar mucho.</div><div> </div><div>Eso va a ser así, y con esas mismas palabras algunos de sus amigas se despidieron de ella.</div><div> </div><div>Me resulta raro estar escribiendo todo esto porque no he podido aún reconocer que Chiriqui no está en Bolívar haciendo su vida normal. Pude procesar la pérdida de Chicho con la objetividad de que la vida es finita, y que ya su sufrimiento no era bueno. Pude ver en sus ojos que ya no quería mas.</div><div>Pero lo de Chiriqui fue distinto, fue de una forma que merece ser analizada y de hecho, lo hemos hecho con varios de los parientes con los que he estado por estos días.</div><div>Su viaje a Mar del Plata a pasar unos días con Cristina y sus nietas.</div><div>La visita a su hermano Arturo, y la ida de Pirula a ese encuentro en Lobería. La invitación a Yampier a asistir a ese encuentro. Ese día de la madre a pleno con todos sus sobrinos y sobrinos nietos que la querían mucho.</div><div>Esperar a llegar a su casa, y morir en manos de su hermana Pirula.</div><div>Pirula estuvo cuando Chicho. Ella estuvo en las dos despedidas.</div><div>Y haber estado Pirula en ese momento, es como haber estado yo, ya que su relato fue tan sentido, tan justo, tan elocuente, tan de Pirula, que lo tengo vivo en mi recuerdo, y se lo agradezco infinitamente.</div><div>Y ella me lo ha dicho en algún momento que Chiriqui ha sido su hermana del alma, pero Chicho lo fue también, y con creces.</div><div> </div><div>Chiriqui tuvo una partida exactamente como quería, en realidad como la queremos todos. Pero ella lo logró, y además con todo ese buen recuerdo sobre sus últimas horas que me hace sumamente mas aceptable el hecho de que la hayamos perdido.</div><div> </div><div>Lo dije entonces, lo digo ahora. Tengo una enorme y placentera paz por todo esto. Diría que hasta me ha ayudado a ver cosas que necesitaba ver mejor.</div><div>Siento que Chiriqui me ayuda desde donde esté, y la suelo mirar en alguna foto sin poder comprender aún dónde está.</div><div> </div><div>Yo voy a mandarles esto con ninguna pretensión distinta a la de que me ayuden a recordar a Chiriqui, que como les dije al principio, fue también mi madre.</div><div> </div><div>Juancho.  </div><div><br><br></div>]]></description>
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         <pubDate>2019-08-01 00:17:03 UTC</pubDate>
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