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      <title>Bitacora II Corte by Carlos Cantillo</title>
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      <language>en-us</language>
      <pubDate>2025-10-15 04:18:37 UTC</pubDate>
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         <title>Evaluación docente – 17 de septiembre</title>
         <author>carloscantillo2003</author>
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         <description><![CDATA[<p>El primer espacio de reflexión giró en torno al análisis del ejercicio docente. Más allá de responder preguntas, la sesión se convirtió en una conversación sincera sobre los procesos de enseñanza y aprendizaje, sobre los aciertos, los errores y las búsquedas compartidas. No se trataba de un tribunal de inquisición, destinado única y exclusivamente a destruir la integridad de los docentes, si no que se buscaba proponer oportunidades de mejoramiento.</p><p>Personalmente a mí me parece muy interesante esa relación dialéctica entre el docente y el estudiante, en donde la educación es entendida como un acto de reciprocidad, donde el maestro enseña, pero también aprende; donde el estudiante critica, pero también construye. Pensé en cómo Galeano decía que “mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”. Tal vez eso es lo que ocurre cuando hablamos con honestidad en el aula, cuando rompemos esas relaciones ya caducas de la educación del siglo pasado, en donde el aula es un simple centro de reproducción ideológica, y no de reflexión.</p>]]></description>
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         <pubDate>2025-10-15 04:30:21 UTC</pubDate>
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         <title>Colombia: un país de resistencia – 24 de septiembre</title>
         <author>carloscantillo2003</author>
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         <description><![CDATA[<p>Esta clase fue un ejercicio simbólico poderoso. Dibujar una silueta humana y convertirla en mapa del país no fue solo una metáfora visual: fue, de algún modo, una revelación.</p><p>En mi grupo, mientras trazábamos el contorno de Angelina sobre el papel kraft, comprendimos que Colombia no se puede entender sin cuerpo, porque su historia se ha escrito sobre los cuerpos: los que resisten, los que desaparecen, los que todavía esperan justicia.</p><p>Cada departamento que ubicábamos sobre esa figura se nos antojaba como algo absolutamente nuevo, distinto; y es que cada rincón de este país tiene mucha historia por contar, han sido muchos a quienes el destino les ha deparado la miseria absoluta, el hambre infinita, la sed de vivir solo a razón de sacrificar sus esperanzas. El Amazonas en los pies —el abandono, la distancia—, los Andes en el torso —la fortaleza, pero también el peso—.Y mientras escuchábamos los relatos de violencia leídos por los compañeros, el aula se transformó en un pequeño país en miniatura: dolido, pero vivo. Pero lo que mas rescato es la esperanza, a mi me parece que esa es una virtud revolucionaria, en el mundo postmoderno no es posible concebir un futuro mejor, la esperanza parece diluida entre tanto bombardeo mediático, y por lo mismo basura, que le impide a la gente imaginarse otra forma de coexistir con el mundo.</p><p>No sé si logré representar bien algo con mis manos, pero sí sé que logré sentir. Y eso ya es mucho para alguien que, como yo, siempre ha tenido bastante dificultad con lo corporal.</p><p>Lo que me cautiva de la propuesta de la profesora es su coherencia con el pensamiento de una educación liberadora, en donde no se trata de representar por representar, sino de concientizar, de usar el arte como un medio para leer el mundo y transformarlo. En sus ejercicios percibo esa convicción de que la memoria no es nostalgia, sino una forma de lucha, y sobre todo una perspectiva de futuro.</p>]]></description>
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         <pubDate>2025-10-15 04:47:39 UTC</pubDate>
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         <title>Siete huellas de memoria – 1 de octubre</title>
         <author>carloscantillo2003</author>
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         <description><![CDATA[<p>En la tercera clase, el trabajo se volvió más introspectivo. A partir de los relatos de violencia en lugares como Chengue, Mapiripán, El Salado o Granada, se nos invitó a convertir los símbolos personales en gestos escénicos.</p><p>Aunque el énfasis estaba en el cuerpo, para mí fue, sobre todo, un proceso de pensamiento: una coreografía interior. Me di cuenta de que el silencio, los desplazamientos mínimos, o incluso la respiración compartida, podían decir más que mil palabras.</p><p>Los siete momentos de la pieza —La Mejor Esquina, Chengue, Mapiripán, El Aro, Nueva Venecia, El Salado y Granada— se entrelazaron como una crónica poética del país. Cada historia era una voz que no quería desaparecer.</p><p>Cuando en la escena final elevamos los brazos y dijimos “Somos memoria viva”, comprendí que no estábamos actuando: estábamos afirmando nuestra existencia frente al olvido.</p><p>En el fondo, el arte tiene algo de resistencia mansa, como diría Saramago: no impone, pero persiste. No grita, pero permanece. Esa fue la sensación con la que salí de clase<strong>.</strong></p>]]></description>
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         <pubDate>2025-10-15 04:48:24 UTC</pubDate>
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         <title>Reflexion final </title>
         <author>carloscantillo2003</author>
         <link>https://padlet.com/carloscantillo2003/6nc1p5xbpqkq3c5o/wish/3633065337</link>
         <description><![CDATA[<p>A lo largo de este proceso comprendí que el arte, más que una expresión estética, es una <strong>forma de conocimiento y de resistencia</strong>. Cada clase fue un ejercicio de conciencia, un intento por mirar el país no desde la distancia del dato o del discurso, sino desde la piel, desde la historia que nos atraviesa y que muchas veces preferimos callar. En la evaluación docente, entendí que la educación no puede limitarse a la transmisión de contenidos, porque enseñar también es escucharse, repensarse y reconstruirse colectivamente. En ese diálogo entre maestro y estudiante descubrí la esencia de lo pedagógico: <strong>una relación humana que se transforma en mutuo aprendizaje</strong>.</p><p>En las sesiones de creación corporal, comprendí que <strong>la memoria no está solo en los archivos o en los monumentos</strong>, sino en los gestos, en las ausencias, en las palabras que el cuerpo todavía busca pronunciar. Tal vez nunca he sido del todo hábil con lo corporal, pero esta experiencia me permitió percibir que el cuerpo también piensa, recuerda y resiste. Fue una manera de volver a sentir el país desde otro lugar: no como un territorio abstracto, sino como un organismo vivo hecho de dolores, esperanzas y olvidos.</p><p>Pienso en lo que decía Galeano, que “la memoria es un fuego encendido en el alma”, y en cómo cada ejercicio con la profesora Heidy fue, de algún modo, un acto de encender ese fuego. No para quedarnos en el lamento, sino para <strong>iluminar el presente y hacerlo más habitable</strong>.<br>Entendí que recordar no es un acto pasivo ni nostálgico; es una postura ética frente al tiempo, una manera de impedir que la historia se repita.</p><p>Estas clases me dejan una certeza: <strong>el arte y la educación comparten una misma misión</strong>, la de despertar al ser humano de su indiferencia. Desde la palabra o el movimiento, desde la creación o el pensamiento, lo que hacemos en el aula puede convertirse en una pequeña forma de esperanza. Y como aprendí en este recorrido, la esperanza, en un mundo que parece rendido al desencanto, <strong>es el gesto más profundamente revolucionario que nos queda.</strong></p>]]></description>
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         <pubDate>2025-10-15 04:49:10 UTC</pubDate>
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