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      <title>Seguir subiendo by Club Almeriense de Montañismo</title>
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      <description>Relatos de montaña</description>
      <language>en-us</language>
      <pubDate>2020-12-10 18:43:49 UTC</pubDate>
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         <title>Prólogo</title>
         <author>camseguirsubiendo</author>
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         <description><![CDATA[<div><em>Solo en los momentos difíciles </em><br><em>sabemos de qué estamos hechos.</em></div><div><br></div><div>A principios de septiembre de 2020, después de un verano de alivio tras el confinamiento de primavera, la pandemia de Covid19 acechaba de nuevo y nos anunciaba un otoño difícil. Sospechábamos que no podríamos volver a abrir la sede del CAM y que nuestras actividades en la montaña se verían limitadas antes o después. Francis Segura tuvo la buena idea de proponer un concurso de relatos para que pudiéramos contar y compartir nuestras experiencias durante el confinamiento: los recuerdos que habíamos podido repasar durante tantas horas de aislamiento, los proyectos que habíamos ido alimentando, nuestros sueños e ilusiones, nuestra montaña interior. Algunos días más tarde ya teníamos el cartel y a primeros de octubre ya se había convocado el concurso por email. Teníamos dos meses para escribir dos folios. Parecía tarea fácil pero, como casi siempre, lo dejamos para el último momento. Pero lo hicimos. Y este libro es el resultado.</div><div>Uno de los problemas que se nos planteó en la convocatoria fue el premio a otorgar. La primera propuesta fue un choto y una caja de vino. Pero nos pareció que excluía a los vegetarianos y a los abstemios, y que ese premio era en cualquier caso para que el ganador lo compartiera, algo imposible con la sede del CAM cerrada. Para salir del paso decidimos proponer un genérico lote de material de montaña.</div><div>El otro problema era el jurado. ¿Quién elegiría el ganador? Como tampoco sabíamos quién iba a escribir, decidimos dejarlo para más tarde. </div><div>Pero tras recibir los cuentos, empezar a leerlos y prepararlos para su publicación nos dimos cuenta de que elegir uno por encima de los demás no iba a ser tarea fácil. Todos tenían algo que contar, algo que decir, desde puntos de vista muy diferentes pero válidos. Eran muy buenos cuentos de montaña. Así que optamos por la mejor opción: declararlos a todos ganadores y otorgar un gran premio colectivo: será el momento de volver a reunirnos y abrazarnos y compartir una comida y unas cervezas en el club y en la montaña.</div><div>Porque en la montaña los ganadores somos todos. Seguiremos subiendo.<br><br></div><div>Un abrazo y buen camino.</div><div><br></div><div>Almería, diciembre de 2020<br><br><strong>José Álvarez "Quillo"<br>Presidente del CAM</strong></div>]]></description>
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         <pubDate>2020-12-10 18:46:47 UTC</pubDate>
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         <title>Amanece</title>
         <author>camseguirsubiendo</author>
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         <description><![CDATA[<div>Amanece, el frío arrecia, el astro rey poco a poco gana la batalla a la oscuridad. Hace unas horas que abandonamos el vivac. La garganta seca, tengo que esperar para beber un poco de agua.</div><div>Tiemblo, miro una y otra vez la cuerda que me une a mi compañero de cordada, también está congelada, parece un cable de acero. Hace rato que no sé nada de la persona que hay al otro extremo, se perdió en la pared, ya no escucho el crujir del hielo al clavar crampones y piolets. </div><div>Un grupo de chovas se despiertan por encima de mi cabeza y comienzan a volar para entrar en calor. Doy tirones a la cuerda para que retome su elasticidad natural y para que me devuelvan los tirones, así sabré si puedo dejar ya esta pequeña terraza que hemos excavado en el hielo y que nos sirve de improvisado escalón donde hemos montado la reunión. </div><div>Muevo los dedos de los pies para que la sangre circule y no se congelen aunque creo que el dedo gordo está perdido. Del resto del cuerpo solo muevo los párpados, soy una estatua de sal, como si me hubiera encontrado frente a frente, en aquella inmensidad que ahora siento, a la mismísima Gorgona.</div><div>Espero, desespero, solo hace unos minutos que mi compañero dejó la seguridad de nuestro improvisado balcón en esta pared de hielo, en esta muralla que ahora intentamos ascender, pero me parecen horas. Qué lejos el café, aguachinado sí, pero calentito, que nos tomamos en el desayuno, como echo de menos sentir el calor líquido bajando por mi garganta. Prefiero no pensarlo mucho, me deleito con el amanecer, adivinando los distintos colores que toma la nieve de las cumbres según reciben los rayos solares, una vista mil veces observada, mil veces anhelada, mil veces soñada. Sigo sin recibir ninguna señal ¿Habrá montado reunión antes del desplome? ¿Habrá llegado arriba?</div><div>Ahora la duda se une al frío como compañero de escalada, por un momento recuerdo a Joe Simpson en “Tocando el vacío”. No, no creo, hubiera sentido el tirón de la cuerda, el golpe seco del cuerpo al chocar contra el hielo y las rocas. Y ahora desesperación, vamos sumando tres sensaciones en un mismo cuerpo. ¿Qué hago, voy o no voy? ¿Dejo la seguridad que me proporciona esta minúscula línea en el hielo?</div><div>Suelto los tornillos y el clavo que, como un ancla en el mar, me sostienen y hacen que no me lleve la deriva. Soplo en mis puños, muevo los dedos para que el calor se apropie de ellos y poder así manejar con soltura la cuerda y toda la parafernalia que utilizamos para progresar: clavos, tornillos, friends…</div><div>Poco a poco desmonto la reunión, me concentro, no quiero cometer ningún fallo ¿Y si no está esperándome? La duda me come. Me quedo inmóvil, pienso, vuelvo a pensar. ¡Vamos! Me digo una y otra vez, me intento autoconvencer de que todo va bien, de que me estará esperando. ¡Venga! ¡Se acabó! Termino de desmontar, cuelgo el material de mi arnés, para empezar tengo que bajar un poco de donde he estado colgado como un cuadro antiguo, de los de guita y alcayata oxidada.</div><div>Me alejo despacio como un niño que está aprendiendo andar y deja los brazos de su madre. Respiro, ahora solo quiero escuchar el sonido de las puntas que se clavan en el hielo, ese crujir seco que me asegura que han entrado bien. El frío ha desaparecido, tengo más bien calor, es la adrenalina que me recorre todo el cuerpo.</div><div>¡Un tornillo! Vamos bien, voy ganando altura con cada paso, movimientos repetitivos que me impulsan hacia arriba. El sol sale mi encuentro, una agradable sensación me llena. Toda inseguridad se quedó allí, en el palco. Resoplo, descanso un poco, los gemelos me piden un respiro, intento no sobrecargarlos, no me vaya “a morder el Dobermann”.</div><div>Voy recuperando material. ¿Cuántos metros tiene esta cuerda? ¿Mil? Todavía no lo veo, vaya travesía se ha currado, en las fotos parecía más corta. Tarareo a Sabina: "el traje de madera que estrenaré no está siquiera plantado…” Grande, el de Linares.</div><div>Acelero un poco, creo que estoy tardando mucho. Por fin, en un pequeño saliente, a apenas unos metros de la cima, lo veo apoyado en una roca, buen lagartijero.</div><div>Ahora que veo el final, ahora que se acaba, ahora con la tarea hecha, ahora… volvería… empezaría de nuevo. Una sensación extraña, alegría por ver a mi compañero que está bien y tristeza porque se acaba. Tres días en la pared, un mes preparando el viaje, un año desde que vi una foto en Internet, una vida desde que me atrapó esta pasión.</div><div>Llego, sonríe, sonrío, me aseguro, vamos recogiendo la cuerda y un tremendo vacío se apodera de mí.</div><div>Ahora que sueño si he sido tan feliz despierto</div><div><br><strong>José Álvarez</strong></div>]]></description>
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         <pubDate>2020-12-10 18:55:52 UTC</pubDate>
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         <title>Pared de Santillana</title>
         <author>camseguirsubiendo</author>
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         <description><![CDATA[<div>Las cinco y media de la mañana en Plaza de Castilla, frío. Llego en un metro con pocos viajeros, pocos pero muy representativos del Madrid subterráneo que conozco mejor que la superficie. Dos rumanas gitanas que del refajo de su falda sacarán unas monedas, entre risas, para darlas a un español que claramente las necesita. Su exagerada actuación molestó a todo el vagón, solo ellas se reían descaradamente y solo ellas le dieron unas monedas. ¿Realmente todo esto sucedió a las cinco y media de la mañana? </div><div>Tras la soledad del viaje, por fin, los amigos. Aquellos que se alegran de verdad de verte. Aquellos con los que compartir el día, significará compartir recuerdos de por vida. </div><div>No todos tenemos coche en Madrid, así que tener un coche significa compartirlo —y cruzar Madrid a las tres de la mañana para llevar a un amigo a casa—. </div><div>Ya en el coche, el reencuentro. Estamos fatal de forma. Cuánto tiempo hace que no escalamos —dos semanas al menos—, el primer largo lo haces tú, ¿eh? Nos vamos animando, hoy toca la pared de Santillana, así que con el madrugón seguro que no hay problemas para aparcar, como siempre. Esta vez vamos a Canto Cochino con confianza, igual no están ni los guardias aún. </div><div>La Pared de Santillana está a unas tres horas de aproximación. La excusa perfecta para llegar los primeros —nunca es así—, la excusa perfecta para sentir el silencio y el frío de la mañana, para adentrarnos en el laberinto de piedra y jara que es la Pedriza. Una vez repartido el material entre todos, nos metemos en la Autopista de la Pedriza. La Autopista es el único camino pensado para humanos. En general, compartimos camino con las cabras, que nos observan divertidas penar entre los riscos. Vemos el Pájaro, la escalada más bonita que nunca he hecho, pero eso lo recordaré en otra ocasión, también el Tolmo, donde se pasa más miedo saltando una grieta para llegar a la pared que en toda la escalada... qué cerca creía que estaba todo y qué lejos me parece ahora. </div><div>Andando ya se pasa el frío, pero pienso que menos mal que nos espera una soleada pared, menos mal que no necesitaremos tanto los dedos y menos mal que, dicen, la adherencia mejora con el frío. </div><div>Llegamos a la pared y reconforta ver que, a pesar de su belleza, a pesar de ser una excusa perfecta para cruzar la Pedriza y poder disfrutar en el camino de unas espectaculares vistas, a pesar de ser una vía de escalada apenas equipada por su gran facilidad, no es una pared muy transitada —o no lo era en aquel momento, hace ya más de quince años— ya que la larga aproximación suma una dificultad logística considerable. </div><div>La vía tiene tres largos, el primero sí que tiene un primer paso bastante complicado. Una vez superado, todo es más fácil. Tras el primer largo por un canalizo, llegamos a lo más famoso, la pared de las setas, por donde se sube sin esfuerzo y se asegura sin complicaciones. Cuando se acaban las setas, de repente, te enfrentas a una placa muy lisa, sí, está muy tumbada y es muy sencilla, pero el paso a la adherencia pura de la Pedriza, esa escalada que tanto echo de menos, requiere una adaptación. </div><div>Luego, el destrepe, esta vez no es muy difícil, pero ya quieres llegar, ya te empiezas a agobiar, y como es la primera vez se te hace interminable. Se nos hará de noche en la vuelta. Pero algo habrá que comer, ¿no? </div><div>La vuelta se hace mucho más rápida, el camino lo conoces, el desnivel, positivo a la ida, es negativo ahora, pero se hace de noche, las piernas están cansadas y no puedo evitar pensar en que nos perdamos. Afortunadamente para mí, siempre he tenido amigos grandes conocedores de la Sierra de Madrid. Desafortunadamente para mí, tengo una memoria de pez, así que no esperéis que os lleve a la Pared sin ayuda. </div><div>Llegamos a Canto Cochino, ya con el atardecer, y para celebrar un día más, nos vamos a tomar algo a La Charca Verde, en Manzanares. </div><div>Cómo os echo de menos, tiempo, amistad y olor a jara. <br><br>Belén Alcaide Pizarro</div><div><br></div>]]></description>
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         <pubDate>2020-12-11 10:30:17 UTC</pubDate>
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         <title>Vámonos que es gerundio</title>
         <author>camseguirsubiendo</author>
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         <description><![CDATA[<div>D<em>icen que un adulto es el reflejo del niño que fue y sobretodo del ejemplo que le dieron sus mayores. Desde aquí mi reconocimiento a quienes inculcan a las generaciones más jóvenes el amor a la naturaleza y a la montaña como escuela de vida y, en concreto, a quien me hizo ver que, tanto en la montaña como en la vida, lo importante no es lo alto que subas sino lo que aprendas durante el camino.</em></div><div><br></div><div><strong>El que siembra recoge</strong></div><div>Recuerdo de niño estar metido en un seiscientos, íbamos como sardinas en lata, más mareado que un caballito de feria, curva va y curva viene hasta llegar a un lugar casi mágico donde el suelo era de nieve y podías deslizarte sobre un trineo ladera abajo y terminar revolcándote sin hacerte daño. Y así una y otra vez hasta terminar agotado. </div><div>En la sierra el horizonte era casi infinito y hasta los pinos se sumaban a la batalla de bolas de nieve dejando caer de vez en cuando un puñado del blanco elemento sobre nuestras cabezas, cubiertas convenientemente con un gorrito de lana con borla incluida en todo lo alto. </div><div>Recuerdo domingos enteros defendiendo o asaltando “fortalezas” de granito en La Pedriza. También viene a mi memoria algún remojón veraniego en fresquitas pozas de la sierra de Gredos. ¡Y cómo no recordar la primera acampada montañera en Los Alamicos en Sierra María! Allí vi por primera vez hormigas ordeñando pulgones. La de cosas que se aprenden cuando te acompaña un buen maestro.</div><div>Aquellos primeros escarceos campestres fueron dejando poso y despertando el interés por la naturaleza en el fondo de mi mochila vital. </div><div>Algunos años después de aquellas vivencias infantiles heme aquí, disfrutando de la montaña y sobretodo de la compaña.</div><div><br></div><div><strong>Haciendo grupo.</strong></div><div>El 21 de Septiembre de 2002 empecé a salir al monte con la gente del C.A.M. Y para empezar me apunté a una de aquellas famosas actividades de luna llena. </div><div>Aquella salida tenía por objeto salir andando de la Hoya de la Mora y pasar la noche haciendo vivac en la cumbre del Mulhacén. Pero debido al mal tiempo nos quedamos a dormir en la Caldera. </div><div>Noche épica donde las haya, en la que un grupo variopinto de criaturas de todo pelaje, encerrados en un atestado refugio, asistió a un concierto de ronquidos que motivó una especie de motín en mitad de la noche. Todo ello sin que el protagonista de los “bramidos” (durmiendo en lo alto de la mesa) se diera por aludido.</div><div>Es más, a la mañana siguiente se levantó diciendo que no había pegado ojo, ante el asombro e incredulidad del personal. No hace falta que desvele quién era el “oso” porque quien más y quien menos sabe de quién hablo.</div><div>Esa noche empecé a descubrir aspectos insospechados de la vida nocturna en un refugio vivac. Se inició la función con una agria discusión por el espacio para dormir en las literas. Había un canadiense que parecía no entender qué pasaba. O lo entendió muy bien y haciéndose el sueco se embutió en su saco y no se movió ni un centímetro en toda la noche, por si acaso. </div><div>Los del club dormimos en el suelo, casi todos, y el amigo Vadillo fue el único que durmió fuera, calentito en un saco de plumas que le había dejado Emilio Ibáñez para la ocasión. </div><div> Conforme llegaban, los personajes se iban acoplando como y donde podían. Llegaron dos criaturas portando únicamente lo que llevaban puesto, ni mochila ni ropa de abrigo, creo que no llevaban ni calzado de montaña. No recuerdo si venían de Trevélez, de la Hoya de la Mora o del refugio Poqueira pero terminaron cobijándose en aquel antro. Esos tuvieron que dormir, o lo que fuera, sentados en el banco, apoyando la cabeza sobre sus brazos encima de la mesa, justo donde estaba el gran roncador.</div><div>Bien entrada la noche llegó un grupito de jóvenes fumadores de sustancias psicotrópicas, con un par de perros muy sociables. Vamos, que no extrañaban a nadie e iban buscando calor humano de saco en saco. Uno de ellos (a los perros me refiero) me sobresaltó plantándose encima de mis piernas. No pude evitar el acto reflejo y mis extremidades inferiores, a modo de catapulta, lanzaron al cánido dos o tres sacos más allá. Oí las quejas del “crisálido” afectado por el aterrizaje del perro volador que a su vez emitió una especie de gruñido a modo de reproche. </div><div>¡Ay, qué noche!</div><div>Durante el día había hecho frío, viento y nos había llovido de lo lindo pero la noche se quedó estupenda. Ya que lo de vivaquear en todo lo alto no había sido posible, al menos nos desquitaríamos subiendo a la luz de la luna llena. </div><div>Así que poco a poco empezaron a salir del refugio pequeños grupos de dos o tres personas para hacer cumbre. Cuando volvían daban buenas referencias del tiempo. Ni llovía ni hacía viento. Sea como fuere y ante el panorama que había dentro del tugurio, Rober, un tal Juanma (amigo del Paloma) y yo mismo nos pusimos de acuerdo para acercarnos a lo alto del Mulhacén. </div><div>Realmente se había quedado una noche de lujo con un cielo estrellado digno de cualquier película de Disney. No hacía ni chispa de viento y la ascensión me resultó muy gratificante. Recuerdo que nos subimos al vértice geodésico y nos abrazamos los tres dándonos golpecitos en la espalda y riéndonos como tontos. </div><div>Fue un momento extraño en el que tres personas que apenas se conocían, de repente se habían convertido en cómplices y estaban celebrando haber conseguido un objetivo común. </div><div>En el descenso Rober nos aseguró que al bajar de cota desaparecerían los síntomas del mal de altura ¡Mentira podría! No se me quitó el dolor de cabeza en toda la noche. Eso sí, pude seguir disfrutando de la alegre vida nocturna del refugio.</div><div><br></div><div><strong>Vamos que nos vamos. </strong></div><div>Un elemento fundamental en cualquier actividad es la planificación. Esa emoción previa y el gusanillo que empieza a cosquillearte los entresijos es tan importante como la misma excursión. </div><div>Preparar la mochila (macuto que se decía antes) el día anterior se convierte en una liturgia como preámbulo a una entusiástica jornada montañerística. </div><div>No es difícil que después de repasar varias veces todo el material, a la hora de la verdad se te haya olvidado la navaja, los guantes, las gafas, el frontal, los bastones, el agua, la comida o las botas (hablo por experiencia propia). </div><div>Esa noche pones el despertador de la radio, el del móvil y aquel que guardas en un cajón de la mesita de noche y que emite un insoportable “pipipipí, pipipipí,pipipipí...” y te vas a la cama con la sana intención de descansar lo mejor posible. Nada más lejos de la realidad. Cada media hora miras el reloj a ver si se te has quedado frito y no has oído el despertador, qué infeliz. </div><div>Pero cuando al fin consigues dormirte se desata el armagedón. Empiezas a manotear intentando apagar todos y cada uno de los sonidos infernales que te rodean hasta que terminan todos por el suelo. Y te levantas con el corazón saliéndote por la boca pero con la alegría de pensar que madrugas para hacer lo que te gusta. </div><div> El tempranero encuentro con el resto del personal supone ya un primer aporte de energía positiva. El segundo es el desayuno, parada obligada antes de emprender cualquier actividad montañera. Los comentarios sobre el tiempo, el posible estado de la nieve, la mejor ruta para llegar al objetivo marcado, provocan que la adrenalina vaya haciendo de las suyas, y un no se qué que qué se yo te va recorriendo el cuerpecillo de la cabeza a los pies.</div><div>El momento en el que empiezas a andar, que curiosamente suele ser siempre cuesta arriba, es delicado. Los primeros pasos te marcarán el resto de la jornada. </div><div>Surgen entonces de manera espontánea, a modo de letanía, los clásicos comentarios: “Esto no es como se empieza, es como se termina”, “Empieza como un viejo para terminar como un joven”, “La cumbre sólo es la mitad del camino”.</div><div>Los susodichos mantras son siempre recibidos con júbilo y regocijo por parte del resto del personal.</div><div>La verdad es que cuando salgo del coche y siento que bajo mis pies hay tierra y no asfalto, que el aire que respiro es puro y huele a las distintas especies vegetales que en el campo crecen, que en el horizonte hay montañas, valles, bosques, ríos o barrancos, sufro una transformación interior que me devuelve al origen, un hermanamiento con la naturaleza que me hace sentir lo frágil y a la vez lo fuerte que puedo llegar a ser. </div><div>Desde luego el hecho de compartir aventurillas con personas a las que te une el afán por superar algún reto o el elemental aunque sublime placer de andar por el monte gozando de los olores, colores y sabores que ofrece, te lleva a otra dimensión de relación interpersonal bastante enriquecedora. </div><div>Afloran entonces conversaciones que es difícil tener en otro entorno. Sentimientos convertidos en palabras.</div><div>Ahora bien, reconozco que de vez en cuando necesito hacer una escapadilla sin más compañía que mi propia voz interior y mis reflexiones.</div><div>Confieso que en estas soledades suelo recurrir a algún ser querido “ausente” para pedir consejo cuando el cansancio hace mella. Ya sé que es un recurso peculiar, por llamarlo de alguna manera, pero ciertamente es muy reconfortante cuando te parece oír, como si estuviera a tu lado, alguna de aquellas sensatas recomendaciones. </div><div><br></div><div><strong>Noches de blanco satén. </strong></div><div>Otro acontecimiento muy destacable es el dormir al raso en el monte. Proporciona experiencias únicas. Primero porque te saca de tu espacio de confort, lo cual te lleva a poner en guardia todos tus sentidos y después porque te da la oportunidad de disfrutar de espectáculos inolvidables como despertarte en medio de la noche y contemplar el cielo plagado de brillantes estrellas o que la luna llena ilumine todo el paisaje y convierta la noche en día.</div><div>También se puede dar la circunstancia de despertarte y tener a un palmo del careto los morros de un maldito zorro ladrón de comida. Yo no sé quien se asustó más.</div><div>Ni que decir tiene que, una vez metidos en los sacos, es esencial tirar de repertorio y contar historias de miedo. Todo un clásico de la noche montañera. </div><div><br></div><div><strong>Camina o revienta. </strong></div><div>El verano pasado subiendo desde Trevélez a la laguna de Vacares me dio un esparrapucio de aquí te espero. La subida había transcurrido de manera normal. Me perdí una primera vez, luego una segunda y por último me desubiqué de manera clamorosa. Entre tanto hice alguna parada para refrescarme en el río, disfrutar del paisaje y hacer fotos. En fin, lo de siempre. Lo de siempre pero sin estar en una forma física adecuada. Cosas del confinamiento.</div><div>En el Horcajo el asunto se enmarronó de manera farragosa. No es que estuviera perdido si no que ignoraba dónde estaba la salida de aquel laberinto. Salté alguna valla que otra, intenté pasar por aquí, por allá y nada, no había tutía. Empecé a sentir un ligero agobio mental y un acusado cansancio físico.</div><div>Logré llegar a un pequeño prado con vacas y algún caballo suelto por ahí y tuve la intención de sentarme en la fresca hierba. Fue entonces cuando empezaron a darme calambres en las piernas. Pero no un calambre en un punto en concreto, no. Conforme cambiaba de posición surgían calambres por todas partes, de manera que me vi haciendo la croqueta por el prado ante la atónita mirada de las simpáticas rumiantes.</div><div>Tuve que recurrir a la Reflexología para solventar la ridícula situación. Así que sin ánimo alguno de exhibicionismo me bajé los pantalones y rocié con Reflex mis espasmódicas canillas. Entre eso, un plátano y el litro de bebida isotónica que me tragué de golpe la situación se normalizó y pude continuar la subidita. Aunque, sobretodo, lo que me llevó a no dar media vuelta fue el hecho de que me estuvieran esperando mis coleguillas en la laguna de Vacares. Mereció la pena seguir. El recibimiento recompensó las penurias pasadas. Gracias Nati por aquella infusión milagrosa.</div><div><br></div><div><strong>Rompiendo el hielo</strong></div><div>Nunca olvidaré la primera vez que me calcé unos crampones. ¡Qué sensación de seguridad! Lo más parecido que había visto en mi vida eran los tacos de unas botas de fútbol, date cuenta. Fue subiendo al San Juan con Francis, (él iba sin pinchos, sólo un piolet en la mano). Recuerdo que bajando pegó un resbalón y fue a clavar el piolo a menos de un palmo de la pobre Pipi, entrañable perrilla, que se quedó inmóvil pidiendo compasión con la mirada a su dueño. A partir de ahí viajó en la mochila.</div><div><br></div><div><strong>Sobran los motivos </strong></div><div>Puedo decir que he procurado aprender algo de todas las personas con las que he compartido momentos montañeros. Desde el ejemplo de veteranos como Andrés Rueda o Ángel Romero hasta el entusiasmo del último (don José). Seguro que me olvido de alguien pero por poner algún ejemplo diré que me quedo con: El humorismo del Quillo siempre pastoreando al grupo, los chascarrillos del Jou, la sensatez de Albi, la infatigable voluntad de Nati, el compartir la comida de Elma y Javier, el aprender de la experiencia de Francis y de la disciplina de Christel, también llamada Cristina. La admirable energía de María, el tranquilo conversar de Isaac y David, la inaudita fuerza de Laura, la impagable compañía de Carmen y Dionis, el dominio del Vitaminas, la vitalidad de Bebi y el afán de su Paco por convertirse en escalador de primera. Podría seguir pero sólo tengo dos folios. </div><div><br></div><div><strong>Cerrando el círculo</strong></div><div>Salir al campo con mis criaturas da otra dimensión al acontecimiento. De alguna manera convierte la experiencia en algo especial. Ellos, aunque no sean conscientes, están recibiendo el testigo que un día me fue entregado. Esa especie de obligación moral de transmitir lo que otros te enseñaron: ama a la naturaleza porque todos formamos parte de ella.</div><div><br></div><div><strong>P.D. </strong></div><div>No debe haber actividad montañera sin un colofón a modo de parada en el bar de turno. Cuando se unen la satisfacción por haber conseguido el objetivo fijado, o al menos haberlo intentado, y la ingesta de unas cervecitas la cosa toma otro cariz. </div><div>Ahí se genera otro tipo de vínculo no menos importante, que refuerza, y a veces distorsiona de manera cómica, todo lo que has vivido ese día.</div><div>Por último, y para rematar, nunca falta la susodicha frasecita tipo proverbio chino; “La actividad terminará cuando esté en la ducha de mi casa”.<br><br><strong>Emilio Castellana</strong></div>]]></description>
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         <pubDate>2020-12-11 10:45:40 UTC</pubDate>
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         <title>El caminante</title>
         <author>camseguirsubiendo</author>
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         <description><![CDATA[<div>Cierto día, con las primeras luces de la mañana, un hombre salió de su casa, con las botas puestas en los pies, la mochila cargada a la espalda y un bastón en su mano. El caminante, que así le llamaban sus más allegados, tenía un objetivo en mente. Su destino estaba en lo alto de una alta montaña, en la cumbre nevada de una cordillera imponente y escarpada. Allí había un refugio, donde esperaba volver a encontrarse con un viejo amigo, al que hacía años que no veía. </div><div>Quería reencontrarse con él después de tanto tiempo, pero primero debía subir por la montaña.</div><div>Como en todo gran viaje, el caminante comenzó con un paso, y uno tras otro, fue haciendo camino en el sendero. Su recorrido le llevó en primer lugar por unos viejos cerros, donde las cabras montesas aún se dejaban ver y los jabalíes nocturnos moraban al caer la noche. El caminante pasó junto a un viejo almendro, que le daba la bienvenida a un antiguo cortijo en ruinas. Las ventanas y las puertas ya no estaban y el techo casi se había derrumbado del todo, tan solo quedaba la piedra con la que fue construida, apenas cubierta por el yeso polvoriento. A su lado había un aljibe que aún contenía mucha agua en su interior. En otro tiempo, esa agua habría servido para regar los bancales cercanos a la modesta hacienda, que bordeaban las laderas de esas colinas despobladas. El caminante se sentó bajo el almendro a descansar y luego prosiguió la marcha.</div><div>Las sendas le llevaron por unos barrancos, donde antiguamente los mineros excavaban la tierra para extraer el valioso plomo. Los montículos de grava y piedra se acumulaban por los alrededores de los profundos agujeros en la roca. Un vagón oxidado reposaba en el fondo del cerro, olvidado e inútil, salvo como recuerdo de una época pasada.</div><div>El caminante ascendió por esas ligeras colinas, sin alejarse del sendero, pues el lugar estaba plagado de fosos mineros —donde no era recomendable meter la pata—, hasta llegar a una planicie, donde una carretera de tierra, bordeada por pitas y alguna que otra higuera solitaria, le condujo a otro cortijo abandonado. Sin embargo, el caminante no se detuvo allí, sino en un pozo blanco cercano, junto a una vereda apartada. Parecía una torre en miniatura, con un techo circular y un pequeño postigo de madera vieja. Al mirar dentro, vio que aún tenía agua en sus profundidades. El caminante se sentó en el muro del abrevadero contiguo y se comió un par de mandarinas.</div><div>Recuperadas las fuerzas, el descanso terminó para el caminante y siguió su camino hacia la montaña.</div><div>En el siguiente paso de su viaje, le llevaría a descender las colinas, plagadas por más cortijos olvidados y rastros del paso de rebaños de cabras. Una vez hubo llegado abajo del todo, debía cruzar un ancho valle y el río que lo recorría. Pero no había agua en el río. La mayor parte del año la ribera estaba seca y las aguas solo aparecían tras intensas lluvias torrenciales, llevándose consigo todo lo que estuviera en su camino, como ya había ocurrido en más de una ocasión. Sin embargo, y por fortuna para el caminante, en esa ocasión el río carecía de agua y podría andar perfectamente por esa rambla seca sin miedo a mojarse. Caminó por el lecho durante varias horas, tan solo acompañado por los voluminosos arbustos, donde los insectos y los pequeños reptiles se escondían, y algún que otro charco estancado, esperando convertirse en riada. Dejó el cauce y se adentró en unos extensos campos de olivos. Los frutos, de un color oscuro, aún colgaban de sus ramas y también había muchos desperdigados por el suelo. El caminante tuvo cuidado de no pisar de ninguno, pues eran muy valiosos. Salió de los campos de cultivos y recorrió otra larga carretera de tierra bordeada por casas, estas muchos más pobladas que los cortijos abandonados de la sierra. Los perros de los vecinos le ladraron a su paso, pero el caminante no hizo caso a sus quejas. Siguió caminando, pues la montaña estaba ya muy cerca.</div><div>El terreno comenzó a elevarse, la pendiente crecía cada vez más. El caminante se encontraba ya en las faldas de la montaña. Solo tenía que llegar a la cima.</div><div>El camino a la montaña le llevó por una larga carretera, esta de asfalto, que serpenteaba por las laderas de la cordillera. Las curvas se sucedían una tras otra, transitadas por otros viajeros y ciclistas que como el caminante, buscaban llegar a sus propios destinos, o simplemente disfrutar del aire de la montaña. Los arboles empezaron a crecer en número y en tamaño conforme ascendía hasta que surgió un bosque de encinas y coscojas. Los pinos también abundaban en el lugar. La carretera no llegaba hasta la cima y el caminante pronto encontró su final, pero seguía habiendo un sendero a través del bosque que le llevaría más arriba. </div><div>El aroma de las hojas y la tierra húmeda lo envolvía todo. Mirara a donde mirara, los árboles se extendían hasta perderse en el límite del horizonte. Los sonidos del bosque susurraban al caminante. Los pájaros cantaban y las ramas de los pinos se mecían con el viento. Una ardilla, que buscaba algo de alimento en el suelo, lo vio pasar y escaló por el tronco de un árbol para observarle desde la seguridad de las alturas. El caminante pasó por un ancho cortafuegos, donde el terreno se volvió más pedregoso y tan solo crecían algunas hierbas modestas. Estaba ahí para evitar la propagación de los incendios, lo cual agradecía mucho pues el fuego hacía mucho daño y no quería ese disgusto para su viejo amigo. </div><div>Tras cruzar el cortafuegos, el caminante se tomó un momento de descanso y paró a la sombra de un pino. Cuanto más ascendía, más fuerte pegaban los rayos del sol. El calor era agobiante y el sudor caía por su frente, pero era un precio escaso por volver a aquella cima nevada. Prendió una pequeña bombona y se preparó un café. En cuanto la cafetera estuvo lista, se sirvió en su taza de acero y se lo tomó tranquilamente, disfrutando el momento. La cima estaba cerca, la nieve ya empezaba a aparecer por la zona conforme iba a ascendiendo. </div><div>Era el momento de seguir adelante.</div><div>Siguió caminando, en la dirección que le marcaban los senderos, siempre hacia arriba. Los arboles empezaron a desaparecer, siendo sustituidos por páramos de rocas cubiertas de líquenes y musgos, y algunos arbustos espinosos. Los saltamontes grises saltaban a su alrededor y la nieve se acumulaba en pequeños montículos. Alguien, otro viajero que había llegado a esas altitudes, había hecho un muñeco, con ramas y algunas piedras. Parecía darle la bienvenida al caminante, y este le devolvió el saludo.</div><div>La cuesta se hacía cada vez más escarpada. Sus pies doloridos sentía la presión de cada piedra bajo la suela de sus botas azules y desgastadas. Pero estaba cerca. Muy muy cerca. Veía la cima delante de él, con sus propios ojos. Estaba cansado, claro, y quería volver a la comodidad de su casa, pero su viejo amigo le esperaba allí arriba y su deseo de verle de nuevo era más fuerte que las ganas de dar la vuelta. Había llegado hasta allí, ¿por qué no seguir hasta el final?</div><div>Y eso fue lo que hizo el caminante.</div><div>Por fin, allí estaba. Había llegado a la cima. Una bandera azotada por el frío viento ondeaba sobre el mástil. Cubierto por la nieve, el refugio seguía en su sitio, con sus muros de piedra y el techo en forma de arco. Su viejo amigo aún no había llegado, pero sabía que vendría al alba, así que pasó allí la noche. Se quitó las botas, descargó su mochila y dejó su bastón en la entrada. Tomó una buena cena al calor del fuego de la chimenea y durmió plácidamente en una buena cama, abrigado en su saco de dormir, hasta que la luz del sol atravesó el cristal de la ventana. Ya podía reencontrarse con su viejo amigo y salió del refugio para reencontrarse con él.</div><div>Y lo vio. Después de tanto caminar, allí estaba, delante de sus ojos. Su viejo amigo no había cambiado nada. Seguía tal y como lo recordaba. Se acercó al precipicio y contempló el paisaje. El horizonte montañoso, los campos de cultivo, las carreteras y las nubes en el cielo azul. El brillo del sol en mi cara y el desierto a lo lejos. Todo seguía tal y como lo recordaba.</div><div>«Hola otra vez, viejo amigo». </div><div>Se sentó en una roca, y miró, como aquella vez hacía tantos años cuando decidió que quería llegar hasta esa montaña y ver el mundo desde allí arriba. No hay una visión mejor.<br><br><strong>Jose Miguel López Felices</strong></div>]]></description>
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         <pubDate>2020-12-11 10:56:07 UTC</pubDate>
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         <title>Penumbra</title>
         <author>camseguirsubiendo</author>
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         <description><![CDATA[<div>Se aproximó desde atrás. Veloz y callado, un manto lechoso me envolvió, inundándolo todo como una ola silenciosa y ligera que ocultaba el entorno por completo.</div><div>El aire se mudó pálido y denso, ciñendo cuanto encontraba a su paso y revistiéndome como mortaja húmeda y suave. Un abrigo gélido y acuoso sitiaba mis pasos.</div><div>La benda albina provocaba un aturdimiento desconocido y, a pesar de la claridad, la ceguera era absoluta.</div><div>No encontraba referencias con las que situarme mínimamente, ni una sombra que delatase la posición del sol, ni una silueta de vegetación, ni el perfil de un compañero o el contorno de una roca.</div><div>En la bruma era indistinto mirar arriba o abajo, a un lado u otro, pues cuanto me circundaba era igualmente pálido y difuso. Era tan la niebla que me envolvía que empecé a dudar de mi propia verticalidad. La sensación de vértigo, latente desde el principio, se acrecentaba y empezaba a acorralarme.</div><div>El rechinar de la nieve bajo mis pisadas era lo único que me posicionaba. Ese crujido aguado estimuló mis oídos, que hasta ese momento habían permanecido sordos.</div><div>Empecé a percibir murmullos. Esto se convirtieron en llamadas. Se esbozaban cuerpos entre la niebla, preludio del agrupamiento. Bien, pensé. Ya estamos todos. Frasco nos sacará de aquí.<br><br><strong>Mar Ordaz</strong></div>]]></description>
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         <pubDate>2020-12-11 16:19:03 UTC</pubDate>
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         <title>La montaña y yo</title>
         <author>camseguirsubiendo</author>
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         <description><![CDATA[<div>Montaña: elevación natural del terreno de gran altura, región o territorio donde abundan esas elevaciones.</div><div>Sin duda es una descripción completa y acertada de lo que es una montaña, pero nada más lejos del significado que tiene para mí esa palabra.</div><div>La montaña forma parte de la historia de mi vida, y os voy a contar sólo una pequeñita parte, que es lo que entra en estas dos páginas.</div><div>Ya sabéis muchos de vosotros que mi padre es montañero, y así nos metió en las venas desde niños esta pasión. Recuerdo levantarme de niña, aún de noche, y preparar con grasa de caballo mis botas para irnos a la montaña. Es cierto que nunca fueron grandes cosas y sí viajes en familia, siete en total, donde la montaña solía estar presente: dormir en la tienda, comer una buena olla de habichuelas que mi madre nos preparaba en un infernillo, jugar a las casitas con mi hermana utilizando hojas y piedras… en fin, pocos recuerdos porque el tiempo los borra pero muy gratos.</div><div>Llegó la adolescencia y empujados por mi padre y un poco reacia al principio, por este motivo (la oposición adolescente), llego al CAM, Club Almeriense de Montaña, la fecha: Octubre del año 1979. Comienza una nueva etapa en mi vida en la que todo está por descubrir. Mi hermano ya escala y mi hermana Mari y yo empezamos a practicar en el Salto del Gallo. Al poco, empezamos con la espeleología. Para las cuevas lo único que teníamos que comprar era un carburero, el resto fue cortesía de algunos socios, un casco de obra no sabemos sacado de dónde, un trozo de goma, una chapa, un mono de mecánico que no sé de donde apareció y poco más, equipo de espeleo listo. Conocemos a muchos jóvenes de nuestra edad, otros más mayores, y el club se convierte en una rutina de nuestras vidas donde pasar ratos muy agradables y donde hacer planes para el fin de semana.</div><div>Qué puedo decir del CAM después de tantos años, que parece que fue ayer cuando entré y que tanto la sede como sus socios son parte de mi vida, todos aquellos que conocí, conozco y conoceré, porque espero que pasen muchos años más manteniendo este hermoso lugar hecho con el entusiasmo de muchos para el bien de todos. Lo mejor, por supuesto, su gente. Hemos conseguido formar una gran familia de montañeros entre todos.</div><div>En el club conozco a mi mejor compañero de montaña y de cualquier otra cosa, con él, ya sabéis de quien hablo, la espeleo se convierte en la actividad principal. Me apasiona descender, ascender, arrastrarme, gatear, trepar, observar, escuchar….. es un mundo aparte, es mágico.</div><div>Lo más bonito de hacer cualquier tipo de actividad en la montaña o cuevas, es que en tu interior, las sensaciones, el espíritu, el eco de ti misma se transforma o todo se autogestiona de otra manera.</div><div>Alternamos espeleo y montaña, pasan los años y aumenta la familia, le decimos adiós a la espeleo para dedicarnos a otra gran aventura: los hijos. A partir de aquí disfrutamos de la montaña a otro nivel, bonito también, en cualquier caso lo importante es respirarla, olerla, sentirla y dejarnos envolver.</div><div>De nuevo solos, con más tiempo y más ganas disfrutamos de nuestras montañas, altas, bajas, sencillas, complicadas, largas, cortas, arriesgadas…!¡Qué más da! Lo importante son las sensaciones.</div><div>Si tuviera que explicar las sensaciones que he vivido en la montaña creo que me quedaría sin palabras, pero no lo digo por no encontrar la adecuada, sino porque las utilizaría todas. En la montaña he sentido el frío y el calor, la felicidad y la angustia, la pasión, el amor, la emoción, la tensión, la ternura, el riesgo, la fuerza y la dureza de los elementos, la belleza, la calma, la esperanza, el perdón, la amistad, la valentía, ¿veis?, no hay suficientes. Pero lo que más siento en la montaña es el consuelo del espíritu.</div><div>No soy una persona fuerte, ni con grandes pretensiones en la montaña, pero con lo que soy me basta para disfrutar plenamente de ellas.</div><div>¡Un saludo montañeros y amigos!<br><br><strong>Carmen Romero Escobar</strong></div>]]></description>
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         <pubDate>2020-12-11 16:19:53 UTC</pubDate>
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         <title>Raros con bávaros</title>
         <author>camseguirsubiendo</author>
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         <description><![CDATA[<div>Material prestado, preparativos, nervios, amigos, alguien que lo pone en duda, una aventura que nos emociona y acojona, terreno desconocido.</div><div>Compañero, madrugón, coger la alsina, mochilas, ducados y celtas, humo, curvas, mareo y angustia.</div><div>Montañas y valles. Entre los castaños se va pasando el mareo. Incertidumbre, ¿cómo es el camino?, ilusión, amistad, no hay fisuras. Confianza.</div><div>Alegría, casa en ruinas en el bosque, buen sitio, el previsto, para la primera noche.</div><div>Cena, ropa y mochila en el suelo, saco encima, parece casi un hogar.</div><div>¿Cómo será la subida de mañana a la primera cumbre? ¿Habrá hielo, será expuesto y peligroso? Zzzzzz.</div><div>Nos levantamos despacio, algo indecisos, aparece un hombre a caballo, le comentamos nuestros planes, se echa las manos a la cabeza. Habla de hielos, pendientes, etc., una locura con estos hielos. Nos recomienda la loma de enfrente. Soleada y menos empinada. No conocemos y le hacemos caso.</div><div>La loma es interminable, a la mitad hacemos noche en una cueva-refugio de pastores. Hay un ventisquero dentro. Atardecer precioso, frío y confortable a la vez. Disfrutamos de estar juntos en este sitio. Amanecer fantástico, leche condensada, miel galletas. Se está gusto al solecito, nos ponemos en marcha, continuamos otro día la interminable loma. Andamos y andamos, ratos solos, con nuestros pensamientos, a ratos juntos, navegando…</div><div>Por la la tarde coronamos la loma, arriba, el especie de refugio-ruinas que por fin hemos alcanzado, hay más gente. Nos buscamos un rincón. Estamos bien. Cansados, el aprecio y respeto que nos tenemos hacen el lugar y el ambiente agradables. Ya estamos altos, el frío y el hielo están presentes.</div><div>Amanece, hace viento, nos vemos claro continuar por la arista que no conocemos, bordeamos, asumimos sin dudas perder altura. Cae la tarde, llegamos al refugio guardado. Los sitios confortables están reservados para otra gente. Hablan más que nosotros. Quizás sean más importantes. Estamos en las mismas montañas, pero nosotros navegamos en otra dimensión.</div><div>Quinto día, nieve blanda, hace calor. Vamos hacia delante ilusionados. Hay huella y el camino ahora es fácil de encontrar. Hacemos cumbre y bajamos. Por hoy creemos que es suficiente aunque podríamos seguir, pero la bajada de la siguiente montaña, según hemos oído en tertulias del club, es complicada. Montamos la vieja "túnel " del club. Al anochecer se desencadena una tormenta. A algunos de los que hay por allí, entre los aullidos del viento y el ruido de la nieve, los oímos abandonar.</div><div>Nosotros estamos tranquilos. Mi compañero me ha traído un regalo hasta aquí arriba es mi cumpleaños. Quince.</div><div>Amanece el sexto día, hace mal tiempo. Continuamos bajando ¿Abandonaremos? En el fondo del valle vamos pensando como volver a casa, tristes… nos tropezamos con una vereda que por el otro lado del valle sube a la cuerda. La cogemos y de pronto se renueva nuestra ilusión por continuar. En la cuerda, arriba, nos sorprende otra vez la tormenta y seguidamente la noche.No hay donde cobijarse. Bajo unas peñas, nos metemos en los sacos y en la tienda como en una funda de vivac. Con botas y todo. No podemos comer nada. Las luces del valle nos tientan a bajar mañana. Luchamos interiormente para no caer en la tentación y bajarnos de aquí.</div><div>Amanece, seguimos mirando de reojo los pueblos. Pero seguimos andando. Tenemos mucha hambre.</div><div>Las montañas que vamos recorriendo ahora son cada vez más bajas, ya no hace tanto frío. No sé si paramos a dormir un rato en una cabaña de mineros o hemos andado toda la noche. Ya vamos en piloto automático. Recuerdo andar y andar en la oscuridad, observando el paso de mi compañero y las formas de las montañas.</div><div>Llegamos al pueblo. Nuestro destino. Hemos conseguido acabar nuestra travesía. Todavía no ha amanecido, en el bar no nos dan nada de comer. Cabreo que no enturbia a la satisfacción que nos embriaga. Encontramos una panadería. El pan caliente está buenísimo.</div><div>Pronto vuelven las curvas, el humo de educados y celtas… Todavía húmedos, cruzamos la ciudad desde la estación hasta nuestras casas. Damos mucho cante para la época. Andamos ligeros pero las rozaduras se empiezan enfriar. Ducha, comer, ampollas, toca andar unos días con mocasines. Felices, amigos, amor.<br><br><strong>Francis Segura</strong></div><div><br></div>]]></description>
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         <pubDate>2020-12-11 16:22:03 UTC</pubDate>
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         <title>Fuego y sudor</title>
         <author>camseguirsubiendo</author>
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         <description><![CDATA[<div>Era otra época, pero igual que ahora, y a la vez muy diferente: igual por las ganas de comernos el mundo que los jóvenes tienen, pero muy diferente por las metas a perseguir. </div><div>Rock &amp; Roll en vena y en altavoces pero canciones más livianas para irnos al saco: “…¡pon Pink Floyd!” era la respuesta para irnos con Morfeo, o si alguien preguntaba ¿qué cinta pongo?”, en el apretado coche cargado de macutos e ilusiones y hambre.</div><div>En aquella ocasión el hambre, mucho antes de amanecer, ya nos resonaba en los estómagos en el saco de dormir, pero de hambre y de nerviosismo. Daba hambre estar rodeado de picos esbeltos, que nos llamaban y nos invitaban, al menos a mirar y quizás algún día a subir. Eso sí, una mirada siempre significaba una ruta de subida, una ruta de escalada, allá donde se posaran o volaran los ojos. Irremediablemente los ojos de un neófito o novel montañero —o los de un avezado— recorren la silueta o las caras de cualquier montaña que vean, acariciando sus rutas, buscando la suya, la que harían si pudiera, o la que abriría si pudiese. </div><div>De niño, de más niño que ahora, durmiendo al pie del Peñón de Bernal, Pedro me enseñó que la hora más oscura es la del amanecer, como lo es la más fría, justo al romper el día con los primeros claros. Pero ese día y a esa hora ya estábamos desayunados y cargados con lo creíamos necesario para nuestra actividad de alpinismo de dos días, subiendo a ritmo que desconocíamos pero que pretendíamos saber como si ya lleváramos en esto años, y sin embargo era nuestra primera visita al Pirineo. </div><div>Traídos aquí de la mano y en el coche del ya experimentado Andrés Rueda Casinello, 30 años mayor que nosotros, fuimos dejados a nuestra suerte pocos días después, eso sí, tras haber hecho alguna subida de prueba y roce Pirenáico al Infierno, (al Pico, no al averno) y a la Gran Facha ( daba miedo el nombre, más que el del Infierno o mejor dicho los Del Infierno, porque ya habíamos probado en nuestros huesos de 15 años las porras de los perros de los fachas en una manifestación). Así pues, dejados a nuestra suerte, más pretendiendo que sabiendo, en una época que escaseaba la información y no había móviles, fuimos buscando nuestra ruta, que teníamos en la cabeza por las indicaciones de palabra y en las de un mapa no muy detallado y que para nuestra desgracia no incluía la parte Francesa. Craso error, pero subiendo lo ignorábamos, y el ignorante es feliz en su ignorancia.</div><div>Nos amaneció pisando las primeras manchas de nieve dura, era cuando entonces en julio había mucha nieve, y tras unas centenas de metros apurando los cantos de las botas, optamos por sacar nuestra artillería para el “casi” glaciar que subíamos: piolet largo y metálico –mi primer piolet— y crampones de correas para nuestras botas de cuero de montañeros, cuerda roja y gafas redondas metálicas para el sol. La cuerda de poco valía para nuestra poca experiencia de maniobras de cuerda en nieve, apenas unas subidas a nuestros pirineos del Sur y cercanos: el Almirez y el Buitre, unas veces más helados que otras, que ya es algo. </div><div>De pronto nos encontramos una chimenea oscura y tenebrosa, con manchas de hielo amenazante que era parte de nuestra subida, y que encaramos con nuestra mejor disposición, pero que se fue complicando cada vez más, si mucha posibilidad de asegurarnos. Si uno caía, arrastraría irremediablemente del otro. Caer, que nadie quería, era parte del juego de ser alpinista, se aceptaba el riesgo, pero pronto enzarzados en ese tejemaneje de metros y largos, vimos el sol sobre terreno menos escarpado y fuera de la chimenea; y así, como gatos perseguido por perros, salimos a la pala de nieve, con la espalda encrespada, y la alegría callada de haber superado la primera dificultad seria que Andrés nos dijo que tendríamos. </div><div>Ahora, ya engolosinados por la perfecta nieve, que nos llevó hasta la cumbre del Soulano, un casi tres mil, donde la cosa se ponía seria, y tras otear el horizonte, las vistas y las opciones que nos daba la cresta, empezamos a escalar un sube y baja horizontal-vertical en esta cresta que se extendía ante nosotros, corta de visión , larga de actividad, la Del Diablo, de un aéreo granito, soñado y magnífico, cuyos pasos fuimos desenhebrando con relativa facilidad, con un vacío a ambos lados que mareaba e imponía, pero que disfrutábamos con ansiedad, y al que de algún modo olvidábamos centrándonos en cada paso, en cada seguro, en los movimientos que eran tan diferentes a la caliza a la que estábamos acostumbrados allá en el sur y que con cierta ansiedad dábamos pensando ya en terminar la actividad y de salir de esta trampa que es siempre una cresta. Éramos jóvenes, pero no tan tontos, una cresta es una trampa, eso lo sabíamos. Rapelar, abandonar desde cualquier punto de la cresta era harto complicado y peligroso. Pero, el camino estaba elegido: escalar a casi tres mil metros y vivaquear si se nos hacía de noche. La mayor incógnita era el tiempo... Por entonces, en la 1ª Mariano Medina no daba previsiones muy acertadas de meteo en la montaña; vamos, ni muy acertadas, ni previsiones… y menos sin tele, porque llevábamos días durmiendo al lado del ibón de la Ranas, en Respomuso, nuestro campamento base. </div><div>De un sol y cielo raso, a cada largo que dábamos de escalada, la cosa empezó a cambiar. Numerosas nubes, espesas y avisadoras (quien avisa no es traidor) cubrían nuestro horizonte de 360º en derredor. Paramos. 10 minutos de discusión. Y visto que cada vez era peor la meteo, Enrique Arriola y yo decidimos salir por patas, escalando el tramo que acabábamos de rapelar de una de las agujas y volviendo largo a largo sobre nuestros pasos para quitarnos de la posible tormenta en la cresta. Se acabó lo que se daba... Fin de la actividad... ¡Já!. Fue aquí donde empezó la actividad de nuevo, la cual se alargaría hasta casi 20 horas intensas. No está mal para unos niños. </div><div>De nuevo estábamos en la cumbre del Soulano, saludados esta vez por viento frio y húmedo. Mirar para bajar por donde habíamos subido nos daba repelús. Pensar en bajar por esa peligrosa chimenea que parecía que nos tragaría con sus fauces abiertas, nos empujó junto con el fuerte viento hacia el norte, buscando dar más vuelta, pero en teoría más fácil. Así que nos dejamos caer hacia Francia, donde por motivos desconocidos, pero que sigue pasando, en nuestro mapa español no había datos ni nombres ni curvas de nivel ni pollas en vinagre. Pronto, bajando, nos encontramos con un par de franceses de bajada. ¡Bien! Y les preguntamos. ¡Mal! Nos dijeron que España, y nuestro deseo de alcanzar, estaba al otro lado de un farallón rocoso impresionante que delante nos frenaba el paso. Alguien nos dijo tiempo ha, que hacia Francia era más fácil escaquearse, y luego “simplemente” era subir un collado (quizás el Col de Cénac?) a la derecha para volver a España…</div><div>Así comenzamos la entretenida bajada por el glaciar (era el de Neous, pero NO lo sabíamos), ramaseando y disfrutando, haciendo lo que habíamos practicado alguna vez y que habíamos visto en libros de Rebuffat, pero sin saber la dirección exacta a seguir. Sin darnos cuenta, la nieve nos fue engolosinando y acabamos en una zona rocosa casi vertical. Un rápel montado con un hilo blanco de nailon de 3 mm que pusimos en un saliente y luego más nieve de bajada, y a la derecha no se veía nada de brecha, solo un farallón oscuro, una pared alargada que cada vez se hacía más alta, muy alta, conforme seguíamos bajando y ya era un descenso de unos 300 o 400 metros de desnivel. Así que volvimos un tramo sobre nuestros pasos, y tras consensuarlo, Enrique y yo dibujamos la línea a escalar más fácil en ese farallón, que en ese tramo sería de unos 250 metros, y decidimos subir por esa línea. </div><div>Primero una pala muy empinada de nieve y ya llegando a la rimaya, se resbaló el crampón. Caí muuuchos metros a gran velocidad por la nieve, dando vueltas hasta que en un rebote y cabeza abajo, con las gafas llenas de nieve, clavé el piolet hasta que me paré. Enrique arriba: “¿Estás bien?”. Subí encabronado, por mi error y por tener que subir la pala de nieve de nuevo tan cansado como estaba. Estábamos en cara norte, hacía frio y cada vez se hacía más tarde. Las horas pasaban. Estábamos muy cansados. Enrique más que yo aún. La pared comenzaba fácil y comencé a dar largos, pero tras varios largos por un canalizo, éste se tornó chimenea, y tras un largo más, me encontré con una gran piedra encajada que hacía un techo y que nos cortaba el paso. Sobre el peñón decenas de bloques sueltos y apilados uniformemente. </div><div>A mi pregunta si seguir o dar la vuelta, Enrique me hizo ver que anochecería en breve, así que con el valor de la ignorancia, y dando movimientos muy atléticos, superé el techo, subiendo en “X” para no tocar los inestables cientos de bloques, que nos respetaron, quizás por nuestra edad. Después Enrique subió y ni me preguntó cómo había pasado... Seguimos escalando cogiendo resuello de a poco, y sabíamos, intuíamos, se olía, el final de la pared y a la par el final del día. Sin embargo, el final de la placa en la que estaba luchando era liso, sin fisura donde clavar un clavo. ¡Joder! Una mierda de placa me cortaba el paso: 4 metros más y estaría en la hierba verde y húmeda que veía a mi derecha. Varios intentos y nada. Al final, con el cuerpo en tensión, sudando del esfuerzo y del miedo, tras unos pasos arriesgados sin seguro cercano y luego con un último balanceo de circo, me vi tumbado sobre el césped, de lo vertical a lo horizontal y a salvo: en España y ya en cuesta, sin pared. </div><div>Enrique subió por la cuerda tensa con prusiks ese último tramo y ni preguntó como pude salir. Ambos, tumbados boca arriba y acopiándonos de fuerzas bajo la mirada de las estrellas y sin rastro de tormenta, dudábamos entre vivaquear o bajar. Bajamos. Laderas herbosas, resbaladizas, pero sin peligro, fuimos bajando y derivando a derecha envueltos en la oscuridad de nuestros frontales. Estábamos salvados pero destrozados. Agotados, no, lo siguiente, y preguntándonos si estábamos en buen camino en esta ladera herbosa y sin vereda. Al rato, largo rato, y a lo lejos, una tienda iluminada. Como luciérnagas fuimos hacia ella. Un francés abrió raudo la cremallera a nuestra llamada de “mesié, sir vu plé”. Imaginad cómo nos vio que nos ofreció todo lo que estaba cenando: queso fundido sobre tostada de pan de molde, que nos supo a gloria y que en segundos convertimos en sangre y energía. Amablemente nos indicó dónde coger un poco más adelante la vereda que fácilmente nos llevaría, tras casi 20 horas de actividad, al hoy antiguo refugio Respomuso, nuestro hogar durante un par de días más donde nos repusimos en silencio y con humildad, para seguir la ronda. Lección dura, grabada a fuego y sudor.<br><br><strong>Jesús Segura "Vitaminas"</strong></div><div><br></div>]]></description>
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         <pubDate>2020-12-11 16:23:25 UTC</pubDate>
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         <title>Separate reality Una realidad aparte</title>
         <author>camseguirsubiendo</author>
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         <description><![CDATA[<div>Ya llevábamos seis meses los cuatro viviendo en esta pequeña tienda. El espacio era mínimo, incluso menos de lo necesario. Encerrados, aunque saliendo lo justo: para necesidades básicas corporales que nadie puede hacer por ti. También para aportar algo de comida que, no sin dificultad, encontrábamos aquí y allá. </div><div>Salir de este espacio de “confort” (que habitábamos cómodamente sin mascarilla) significaba especialmente para mí poder contemplar el horizonte... honrando mi apellido segundo, cuyo significado es el lugar desde el que solían partir —altivas de gesto, humildes de acto— las águilas y así otear el horizonte; era su excusa para buscar comida, pero era volar lo que en realidad necesitaba el águila, así como yo lo necesitaba, y como todos los que aún tenemos algo de seres vivos, y no los que ciegos y deshumanizados no ven más allá de su pantalla y su paquete de snacks.</div><div>¡Salir!, si, y poder contemplar incrédulo una vez más cómo esta locura, sin embargo, había traído libertad al resto de seres vivos, pequeños y grandes; ver que nuestra huella de CO2, nuestros arrojos diarios, y por doquier, de plásticos, de despojos de nuestra civilización en forma de miles de residuos no naturales y no biodegradables se había reducido, mejor dicho se había confina-momentáneamente reducido… para bien de Gaia, nuestra madre, a la que el humano había prácticamente olvidado y vilipendiado sin remordimiento en apenas 260 años de historia industrial moderna, especialmente los últimos 25, y así nos va. Por una parte, esta locura de confinamiento nos traía a cada uno de nosotros memorias de tiempos mejores, o que al menos considerábamos mejores, pero eso era lo que comunicábamos verbalmente…</div><div>La realidad mental de cada uno era bien diferente. Los pensamientos, los recuerdos, como ecos de nuestras vidas, los deseos, los logros o fracasos, nombres queridos, amores, miedos, risas y alegrías en nuestra interrelación personal con otros, resonaban en nuestro interior como las voces emitidas en el monte y que nadie oirá mientras se pierden en cualquier amplio valle verde y profundo rodeado de magníficas y atractivas montañas. Montañas y paredes que ahora echaban de menos a los escaladores subir por ellas. Ellas se sentían también solas, sin los dedos de los escaladores, sin los resoplidos del esfuerzo de los montañeros en su subida, sin las miradas atisbando los agarres de pies y manos en los recorridos mentales de las paredes, sin las voces alegres de esas personas de corta edad pero de ojos vivaces; pequeños ansiosos de aventuras soñadas en las montañas. </div><div>Esta soledad, este aislamiento era compartido por la mayoría de los humanos en todo el mundo: este virus nos había rebajado prácticamente a todos al mismo nivel: muerte para muchos, confinamiento para todos. Aunque algunos pocos tenían tiendas de campaña enormes, con departamentos y todo. El virus solo entendía y atendía su misión que era simple y llanamente: hacernos parar, recapacitar, darnos un tiempo sosegado en el que hacernos comprender que la dirección que llevamos los humanos deshumanizados es ya insostenible a corto plazo. Los plazos se nos acaban, igual que el agua limpia, los mares con vida, el aire con olor a limpio y la vida natural. El plazo para entender que somos uno con la naturaleza, con la Tierra, se nos acaba. La Tierra no nos necesita, nos acoge, pero no nos necesita, ¡así no!</div><div>Mientras mis tres compañeros seguían durmiendo plácidamente y sin mascarilla, abro con sigilo la cremallera de la tienda, y al hacerlo, el naranja del paredón vertical de enfrente inunda mi nervio óptico alcanzando los minúsculos músculos elevadores del vello que hacen su función, se elevan, como mi anhelante mirada por descubrir un día nuevo. Un nuevo día de confinamiento en el que puedo oír a mis hermanos pájaros cantando y volando en libertad, y en mi deseo de ser pájaro también, y saltándome la ley, me quito la mascarilla, como el que se quita la venda de los ojos, e intensa y profundamente inhalo el aire fresco, ya menos contaminado, y huelo a mi alrededor… respiro y rememoro gratamente el olor a piel de mujer, a piel de seres queridos, a piel de bebé, a pan recién hecho, a mis animales de compañía –secos o mojados—, a tierra mojada tras lluvia recién caída, a chimenea, a jazmines, a comida hecha para uno y para los demás sin prisas y con amor, a lágrimas de felicidad, que saboreo con mi lengua mientras respiro, lágrimas que noto bajando por mis mejillas a la par que entre los campanilleos de los cencerros lejanos oigo una voz muy lejana que va haciéndose cada vez más y más cercana y clara: </div><div>“Hey, hey, Juannnn, despierta… despierta ya y ¡sal del saco…! Si no desayunamos, preparamos el material y planeamos la escalada de este paredón de 1 km de alto y del que solo tenemos apenas una línea en una foto que pone vía Don Quixote, se nos hará de noche y tendremos que hacer un nuevo vivac, de esos que te gustan tanto cuando son sin tormenta y sin lluvia. ¡Vamos hombre, despierta… despierta ya!”<br><br><strong>Jesús Segura “Vitaminas”</strong></div><div><br></div>]]></description>
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         <pubDate>2020-12-11 16:24:41 UTC</pubDate>
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         <title>Me he quedado dormida</title>
         <author>camseguirsubiendo</author>
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         <description><![CDATA[<div>Me he quedado dormida. Estoy angustiada, se me accelera el pulso. Cómo ha podido pasar, me desespero por segundos. Una tristeza inmensa me invade, no lo he conseguido, se me ha escapado, lo he perdido, ¿lo habré perdido para siempre?</div><div>Me vienen los recuerdos, cuántas aventuras, cuántas vivencias, cuántos enfados. El tiempo no para, a pasos agigantados sigue avanzando, pasando por nosotros, desde que nací ha transcurrido bien poco tiempo. Por lo menos eso pienso. No siento tener la edad que tengo realmente. ¿Quién es quien me engaña en esto, yo misma, mi mente? </div><div>Tantas cosas me han pasado, tanta gente he conocido, o más bien me han conocido a mí. Porque yo no recuerdo a todos. A veces me saludan y pienso y pienso, pero no caigo. Intento hablar de cosas generales para no delatarme, a veces, sí, después de un rato, lo descubro, a veces no y me quedo con mi vergüenza. </div><div>Sé a donde me llevará esto, lo he visto, lo estoy viendo. Empezaré a no poder entender el reloj, a olvidar lo que me has dicho, me perderé en el pueblo. Luego se me olvidará quien soy, me sentiré extraña en mi propia casa, no reconoceré a mis hijos. No sé si seré capaz de vivirlo. Pienso: no merece la pena, no quiero vivir así. Pero ¿seré capaz, cuando llegue el momento, decidir que a partir de ahora ya no valdrá la pena vivir? <br>Hoy me he levantado muy temprano, es de noche todavía. Enciendo las luces, busco poco a poco mi ropa, me aseo y me visto. Tengo tiempo. Tranquilamente cojo la cafetera, echo agua en el recipiente, abro un nuevo paquete de cafe del que sale un aroma que me traslada, empiezo a soñar. ¿Cómo sería ver una plantación de café en los Andes, observar estos picos de cerca, perderse en la selva entre plantas y animales desconocidos?</div><div>Tuesto el pan, dos veces, para que este más bueno, pero tengo que tener cuidado, que no se me queme. Ahora cojo el taburete de bar, lo pego a la barra de la cocina, son las 7.30 h, ya empiezan a verse los contornos de la casa de enfrente, de los olivos, de la palmera, el perfil de la montaña, me quedan diez minutos. Qué ganas tengo de subir estas rocas, las veo todas las mañanas desde la ventana de mi cocina, imaginándome la piedra caliza de color rojiza, los espartos, los lagartos, las perdices, el águila dando vueltas en el cielo azul, el olor a tomillo limonero.</div><div>Todavía cinco minutos, abro el bote de mermelada. Este que tenía escondido en el armario, el de frambuesas silvestres, que tienen un sutil aroma de bosque de hayas, estaba reservado para una ocasión especial. De pronto escucho el silbido, me pongo agitada, dónde está, no lo veo, no quiero perderlo, no otra vez. Empiezo a buscar en la ladera de enfrente, recorro con mis ojos todo el espacio de la ventana. No lo veo. De repente otro silbido. Allí, allí esta, una sombra fugaz entre los olivos. Los primeros rayos de sol alumbrándolo. Tan pronto como ha surgido vuelve a desaparecer.</div><div>Pero hoy, hoy sí estoy contenta, lo he visto, estoy tranquila, pienso en ti, estarás bien, estas haciendo lo que te gusta. Tienes muchos sueños, tienes mucha energía, ganas de vivir, ganas de comerte el mundo. </div><div>El tren de Madrid de las 7.40 h.<br><br><strong>Christel Steinhauser</strong></div><div><br></div>]]></description>
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         <pubDate>2020-12-11 16:30:10 UTC</pubDate>
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         <title>La Pepa</title>
         <author>camseguirsubiendo</author>
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         <description><![CDATA[<div>Este es el relato de los primeros escaladores montañeros de Almería, cuando se estaba gestando el primer Club de Montañismo de Almería: el CAM. Cómo se hizo la primera vía de seis largos, siendo la vía más larga en Almería.</div><div>En 1974 ya llevábamos algunos años saliendo a la montaña un grupillo de amigos, haciendo rutas en Sierra Nevada, espeleología y escalando en el barranco de Tartala con cuerdas de cáñamo y de pita.</div><div>Empezamos a comprar material de escalada y alta montaña en Madrid y Barcelona en 1972, pero solo en 1974 estuvimos equipados para acometer escaladas de más nivel. Ese año regresábamos en el autocar de una travesía Fiñana-Laujar Paco Delgado, Manolo Freniche y yo, Pedro Tamayo. Cuando pasamos Instinción, vimos desde la carretera la gran muralla de la llamada Piedra Lisa, en el Barranco del Fuerte o del Infierno. Nos quedamos flipados por la verticalidad de la pared y nos miramos los tres pensando lo mismo: “hay que escalarla”. Los días siguientes solo hablamos de hacer acopio de material para intentarlo: buriles para las zonas lisas, clavos, drizas, cordinos y tacos de madera para las grietas anchas. Por entonces no había friends ni empotradores ni parabolts ni spits.</div><div>En otoño de 1974 decidimos empezar la vía. Nos fuimos el sábado en el autocar hasta el cruce de Huécija y caminamos un 1 km y medio hasta la entrada del barranco. Ese día iniciamos la escalada. Lo hicimos Paco Delgado y yo, Freniche decidió estar de apoyo pues creía que una cordada de tres sería muy lenta. Paco y yo estábamos más acostumbrados a la escalada. </div><div>Lo echamos a suertes y me tocó el primer largo. Lo resolví con dos buriles en la placa de entrada, y algunos clavos con algún estribo en la placa. Tras equipar la primera reunión, rapelamos y vivaqueamos en el barranco, en unos bloques grandes que hacían de cueva. El día siguiente hicimos el primer largo y le tocó a Paco abrir el segundo. Después de varios pasos inseguros entró en una placa vertical que equipó con cuatro buriles. Se le veía muy seguro escalando y progresando, como si llevase toda la vida haciéndolo, pues siempre le fue fácil resolver problemas. Después de hacer una travesía la izquierda un tanto precaria, cogió un pequeño diedro que aseguró con un taco de madera. Después metería yo un buril para darle más seguridad. Instaló la segunda reunión en un arbusto de retama y se nos acabó el día rapelando desde el tronco del arbusto. Tuvimos suerte con ese rapel, hoy día no me atrevería a hacerlo del mismo sitio.</div><div>Volvimos a Almería muy contentos pues nos había ido bien, dos largos en dos días era más de lo que esperábamos, aunque lo que nos quedaba por encima prometía mucho trabajo. Teníamos un extraplomo duro y el siguiente largo era espectacular: un diedro y unos techos impresionantes que nos hacían soñar con las mejores vías que veíamos en los libros de montaña, en particular una de Anglada en las Dolomitas. </div><div>Volvimos al cabo de una semanas después de comprar más material: clavos, buriles y algunos mosquetones de duraluminio, pues los que teníamos eran de acero. Íbamos siempre cargados con mucho peso. Hoy día el material es súper ligero y no tiene nada que ver con el de antes. Llegamos al barranco y decidimos escalar hasta el segundo largo, donde nos quedaríamos a vivaquear para ganar tiempo. Con los frontales llegamos a la reunión y dormimos en la repisa sentados en el saco, asegurados a un arbusto. Flipamos esa noche, comimos algo y le echamos unos tragos a la bota de vino que siempre llevábamos. Por la mañana inicié yo el tercer largo: un extraplomo por el que fui progresando con buriles y superándolo con algún clavo. Al cabo de toda la mañana llegué a la salida del largo con mucha piedra suelta y tierra.</div><div>Avisé a Paco de la caída de piedras mientras terminábamos ese tercer largo y lo animé: “Vamos Paco, que es nuestra”. Recuperé hasta que llegó a mi lado, en su cara se notaba la emoción al mirar los techos con una sonrisa. Me felicitó por ese tercer largo y yo le dije: “Ahí tienes el pastel de la vía, es todo tuyo”. Mientras se cargaba de material, yo saque de mi mochila un juego de tacos de madera que había hecho en la carpintería. Los puros friends de la época. Paco flipó Y comenzó el largo.</div><div>Fue progresando por las fisuras que daba el diedro, con clavos universales y de U hasta llegar al techo donde empezó a meter tacos de madera. La pared retumbaba por el golpeteo de la maza. “¿Cómo quedan esos tacos?”, le pregunté. “Chachis, van de puta madre”, me respondió. Eso me relajó un poco. Continuó a lo suyo y llegó al paso un poco desplomado que daba a la repisa de la cuarta reunión, un reunían cómoda, con unas vistas impresionantes de todo el barranco. Paco gritó: “¡Reunión!” y fue recuperando cuerda. Yo empecé a escalar recogiendo mosquetones y cintas y dejando el largo equipado, pues tendríamos que volver, era tarde y habría que rapelar. Continué, dando paso tras paso con seguros precarios, diciéndome: “Qué cojones tiene este Paco, con los tacos que dan yuyu”. “Matas, vaya techo”, le dije, a lo que me contestó “espera que veas lo que te espera”. Y cuando fui llegando a la reunión vi a qué se refería: un bonito diedro gris perfecto, de 30 metros, que ya estaba ansioso por hacer. Nos dimos un abrazo de alegría. “¡Vaya largo guapo!”. Los dos estábamos emocionados. Nos quedaban solo dos largos: uno fuerte y otro fácil. Pero había que rapelar y hasta la próxima.</div><div>Una semana más tarde volvimos al ataque. Se vinieron de apoyo con nosotros Pepe Andújar, Paco Hernández, Manolo León y Manolo Freniche. Ellos dormirían en el barranco, mientras nosotros subiríamos con material de vivac, repasaríamos los largos con algunos buriles y dormiríamos en la repisa del tercer largo para poder aventajar temprano y poder así terminar la vía. Me había pasado toda la semana soñando con el diedro y esa noche no sería menos. Después de escalar los tres primeros largos montamos el vivac. Éramos los primeros en montar uno en medio de una pared, aunque para nosotros era la segunda vez en esa pared. Estábamos “soñando”. Esa noche hablamos de nuestros sueños: las Grandes Jorasses, el Piz Badile, el Eiger, todos ellos por su cara norte. Eran sueños necesarios para vivir y tener metas. </div><div>Por la mañana volvimos a la realidad. Paco hizo el cuarto largo, metiendo algún buril para asegurar y detrás subí yo hasta la reunión. Comencé el diedro con clavos, algún taco y algún empotrador hecho con nudos. Fui progresando, el diedro era precioso de escalar con empotraciones en su ancha fisura, pues entraban las manos y las punteras de las botas. Con algún buril para reasegurar llegué al final, montando una reunión en una repisa al final del diedro. Fue rápido y pensé que saldríamos por arriba ese mismo día. Paco fue recuperando material y llegó a la reunión sonriente: "Ya es nuestra ". Nos estrechamos la mano y sin pérdida de tiempo metí yo el primer buril de la placa: lisa, sin fisuras y un poco desplomada. Paco continuó poniendo tres buriles y yéndose a la derecha, hacia un pequeño diedro y después recto hacia la cumbre. Me esperó a medio largo para llegar juntos, un gesto que solo hacen los buenos amigos sin ánimo de protagonismo. Siempre lo recordaré como mi mejor amigo en la montaña y en la vida cotidiana. Juntos hemos hecho muchas escaladas, travesías y ascensiones, junto a nuestro gran amigo Manolo Freniche.</div><div>Así se gestó esa gran vía, la más bonita de todas las de Almería: la PEPA. PE de Pedro y PA de Paco, que da nombre de mujer: “nuestras madres”.</div><div><br></div><div><br></div><div>P. D. Que sirva como homenaje a mi gran amigo Francisco Delgado Hernández, alias “El Matas”.<br><br><strong>Pedro Tamayo</strong></div><div><br></div>]]></description>
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         <pubDate>2020-12-11 16:47:23 UTC</pubDate>
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         <title>Cuando no puedo andar</title>
         <author>camseguirsubiendo</author>
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         <description><![CDATA[<div>Cuando no puedo andar me gusta pensar que todo va a ir bien. Que en breve saldremos en tropel, como sabuesos liberados de la correa sanitaria que nos amarra a una rutina tediosa, lejos de nuestros parajes preferidos. Que el instinto recordará las sendas infinitas y nos devolverá a nuestro lugar en las cumbres. </div><div>Me gusta pensar que los montañeros somos expertos en esperas. Sabemos aguardar con paciencia a que levante la niebla, a que se haga de día, a que la nieve transforme. Tenemos la certeza de que esa ventana de buen tiempo llegará tarde o temprano, pese a que el abigarrado cielo gris afirme lo contrario. Y entonces, ay entonces, treparemos, caminaremos y disfrutaremos con la intensidad que se fragua en ser profundamente conscientes de que estar vivos es un milagro. </div><div>Hacemos tiempo buceando en nuestro mundo interior, prolijo en detalles escapistas. Repasamos mentalmente un manual de nudos, recordamos itinerarios, reafirmamos nuestra lista de anhelos pendientes. Nos miramos las palmas de las manos situando en cada dedo el agarre de nuestras paredes míticas. </div><div>Me gusta pensar que, por fin, la nieve que empieza a caer; en silencio, tapizando la sierra, cubriendo rocas y grietas. La temporada pasada quedó a salvo de muestras pisadas, inmaculada, hasta que el sol primaveral la fue derritiendo en silencio, para luego correr valle abajo en una algarabía prodigiosa, en busca del mar. </div><div>Me gusta pensar que somos un ejército shackeltoniano que convierte una situación límite en un juego de niños. Que varados en la banquisa que es este monótono confinamiento somos capaces de sacarle una sonrisa al enfermo febril e inventar un juguete con un cordino y un mosquetón. </div><div>Aprovechamos para ordenar fotografías y recuerdos. Para pulir tablas, afilar las piernas y perfeccionar técnicas. Para leer y aprender. Para darnos cuenta de que mirar al mar también es una delicia y de que vivimos en un enclave magnífico, parapetado tras los mil pliegues de un territorio seco y sabio, que aún esconde tesoros y merece nuestros cuidados. </div><div>Me gusta pensar que esta pandemia será otra muesca más en el piolet. Y la recordaremos al calor de nuestra chimenea, en la sede del club, planificando la siguiente invernal, las próximas salidas en bici, escuchando las historias de los compañeros, al abrigo de la leña crujiendo bajo el peso de la lumbre. </div><div>Me gusta pensar que aquí nadie se queda atrás. Que a cada huella le sigue una pisada. Que más que saber resistir, nos gusta resistir y que cada decreto, cada confinamiento, cada nueva restricción, es un nuevo desafío al que derrumbar con la tozudez entrenada a base de muchas derrotas y algún triunfo memorable. </div><div>Estamos hambrientos de aire puro y espacios abiertos. Sedientos de sentir el jadeo profundo que desgarra la garganta. Con ganas de quemar grasa, soltar adrenalina y gritarle al mundo: ¡estamos de vuelta!<br> Me gusta pensar que llevamos el confort a cada metro cuadrado en el que acampamos. Que incluso sobre la nieve, una tienda y un saco nos sirven para reír y compartir unos buenos tragos de vino tras una cena pírrica a base de noodles o cualquier otra chuchería. Me reconforta pensar que, tras una jornada dura, de apuros en un corredor, de camisetas empapadas de sudor y pies mojados, nos apretaremos alrededor de otra ronda de tapas. Y que brindaremos por haber vuelto a librar, por haber madrugado, por estar todos juntos, por qué no sea la última. </div><div>Cuando no puedo andar me gusta, eso, pensar, y decirle al invierno: espera, que llego.<br><br><strong>J. M. Valderrama</strong></div>]]></description>
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         <pubDate>2020-12-11 16:48:04 UTC</pubDate>
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         <title>Ehpedizión</title>
         <author>camseguirsubiendo</author>
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         <description><![CDATA[<div><em>Basado en una historia real</em></div><div><em>Cualquier parecido con la realidad es pura suerte</em></div><div><br></div><div>Las cosas ocurrieron tal y como las voy a contar, salvo omisiones o desperfectos narrativos, que de todo habrá. Pero la culpa será solo mía. ¿De quién iba a ser?</div><div>Después de varios meses de encierro viral, estábamos hasta las esferas procreadoras de tanta encerrona, tanta mascarilla y tanto viaje al mercadona. Nuestros grandes proyectos, nuestros grandes planes de expedición, se habían ido yendo al garete uno tras otro. Yo nunca había subido al Mahjahalirhjar, en las Huetor Mountains, y por culpa de la pandemia tuve que aplazar mi sueño. Tampoco pudimos hacer la gran travesía de las Safe Mountains, nos quedamos con la mochila llena y la boca abierta cuando nos cerraron de nuevo la frontera. Cada vez que pensábamos en ir a algún sitio, los virus se apareaban con júbilo para engordar las estadísticas y algún gracioso nos encerraba un poco más. Era una pesadilla. </div><div>Estábamos empezando a cansarnos de dar vueltas por los barrancos de la Gador Sparto Forest, jugando a no pisar ningún caracol chapa, cuando una mañana de escasa calima miré hacia el horizonte y, pese a mi mala visión, oteé el skyline de la Alhamilla Mountains Range. Y de repente, la iluminación. Pero ¿alguien se habría dado cuenta antes de que “Alhamilla” era el anagrama de “Himalaya?” Si consideramos que la y y la ll se pronuncian igual, podríamos llamarla Sierra Halamiya, y quedaría de un nepalés total.</div><div>Preso de la excitación, propuse a mis compañeros una nueva expedición, esperando que esta vez no apareciese ningún municipal para prohibirnos el acceso a las Übeda’s Caves:</div><div>—¡Una expedición a la cima del Halamiya: el Colativí Peak! —exclamó Kiyo.</div><div>—¡Al Colativíquetevítararítararí! —le siguió Nati.</div><div>—Ese es el nombre aborigen —expliqué yo— hubo que acortarlo porque uno de las Medina’s Caves, que era tartamudo, se atragantó al intentar pronunciarlo y estuvo a punto de palmarla. Pero como no se moría, lo tiraron a la rambla. Y ahí sigue to tieso, se le ve desde el collado suroeste, entre basura y pencas podrías. Como los congelados en la subida al Everest, marca el camino, pero para confundir, porque por ahí no es.</div><div>—Montaremos una gran expedición, nada de estilo alpino minimalista, nada de prisas. Iremos despacio y contaremos mentiras. Llevaremos grandes mochilas, exquisitos víveres, vinos y licores para vivaquear como se merecen las estrellas. Será una hazaña heroica.</div><div>—¡Para Kiyo, para! —pero se veía que a Nati empezaba a hacerle ilusión la idea.</div><div>—Me gusta esa intendencia, pero tendríamos que buscar sherpas y/o porteadores </div><div>—No me atraía tener que cargar con todo eso a coscoletas.</div><div>—De acuerdo. Hay que ir preparando el menú.</div><div>—Al campo vas, lo que lleves comerás —fue mi aportación final, que pasó desapercibida.</div><div><br></div><div>Componíamos una experimentada y muy compenetrada cordada: Nati Bonatti, Kiyo Rebufao, Hervío Vamás y Gobefree, el perro escocés que odiaba escalar, pero que lamía como solo él sabía hacerlo: a traición.</div><div>Cargados como camellos (de los reyes magos ¡eh!) atacamos las primeras estribaciones de la sierra desde el Frasco’s cottage. Contábamos con encontrar paisanos para proponerles guía y porteo hasta el campo base avanzado, pero no se veía ni un alma por la Rambla del Agua, (qué original). Al fin divisamos algo con trazas humanas a lo lejos, en un pintoresco paisaje de cuevas trogloditas donde convivían en indiferente armonía el 5g y las cagarrutas de cabra. Con esas trazas y rodeado de cuatro cabras, no podía ser otra cosa que un pastor y hacia él nos dirigimos.</div><div>—Parece el pellejo de alguna viscera animal —señaló Nati.</div><div>—Y lo es, lo es —confirmé yo.</div><div>—Más bien de escroto —puntualizó Kiyo.</div><div>—De hipopótamo —supuse.</div><div>—Sí, tiene la cara muy curtida por el sol y el viento —empatizó Nati.</div><div>—Yo me refería al zurrón —Kiyo dixit.</div><div>—Y yo. Pero también sirve.</div><div>Nuestro pastor, entre otras muchas hipotéticas virtudes, era tartaja. Debía de ser una característica endémica en los pobladores del lugar. Tarta pero no múo. A nuestras preguntas y propuestas, nos indicó a gritos, entreverados de silbidos a sus cuatro penosas cabras, que de subir mochilas nanay pero que nos indicaría por dónde se iba p’arriba, tras el pago voluntario de veinte euros por su amabilidad. Kiyo Rebufao respondió:</div><div>—Y una mierda.</div><div>—Po-pos no te-te lo-lo di-digo —tartajamudeó el pastor.</div><div>—Dos euros —contraataqué yo, sin la menor intención de darle ni un guirlón, solo por el placer de regatear.</div><div>—Quince.</div><div>—Nos vamos —corto Nati.</div><div>—Vaaaaale —suspiramos todos, aliviados.</div><div>Yo no soy muy paranoico, solo lo suficiente para entrever aviesas intenciones en la mirada del pastor, así que cuando se dio la vuelta le di, disimulando, un empujoncito, para que acabase rodando por el barranco como su ancestro. No le hizo maldita la gracia y me amenazó con el cayado, pero como nosotros llevábamos seis bastones, se largó entre injurias y blasfemias que no quise escuchar. </div><div>—Bien, tendremos que apañarnos sin guías ni porteadores. Nos orientaremos con el sol y las estrellas —propuse yo, aventurero.</div><div>—¡Pero si el Colativí está ahí delante! —exclamó Nati. </div><div>—¿Ves como es posible orientarse? Lo haces muy bien. Tú serás nuestra guía.</div><div>—Hervío, ¡estás cocío!</div><div>—¿Por qué no le colgamos a Gobefree un barrilillo con whisky? Así aligeramos la carga —terció Rebufao.</div><div>—Porque es un perro escocés, igual le da por el autoconsumo. </div><div>—Entonces lo llevo yo en la mochila.</div><div>—Sí, mejor.</div><div>Y así atacamos las empinadas laderas entre espartos, jaras, azulagas, tomillos, retamas y cobardes conejos con los que Gobefree intentaba inutilmente entablar amistad. Durante largas horas ascendimos en silencio porque no nos quedaba resuello ni para un mal chiste. Pero al atardecer por fin hicimos cima y celebramos nuestra victoria con entusiasmo, tirando las mochilas donde pillamos y yendo directamente a por las provisiones. Las cervezas no estaban tan frías como nos hubiera gustado, así que dejamos una docena de botellines para el Rebufao y pasamos al vino. El menú de la cena no estuvo mal, aunque en mi opinión le faltó coherencia: exquisitas empaNATIllas de la Bonatti, tortas de harina de algarroba con almendra (almendra solo una que, como siempre, me comí yo) del Rebufao y un curry que picaba más que un alacrán con guindillas, made by me.</div><div>—Esto no hay quien se lo coma, tengo el gaznate abrasao —me soltó Rebufao, el tío más duro y más gracioso de la República de Kai —¡A quién se le ocurre echarle pólvora! ¿Pero tú eres Hervío, o te falta un hervor? </div><div>—Crúo por dentro, quemao por fuera, como las croquetas de mi madre. O al revés, que de todo guisaba, y mal. ¿Y a ti te falta una patata para el kilo, Kiyo? El picante es estupendo para evitar infecciones estomacales. Esto lo mata todo —intenté justificarme.</div><div>—Sí, y a mí también.</div><div>—¿Las croquetas eran de jamón? —intercedió curiosa Nati.</div><div>—Eran de bolsa.</div><div>—A mí no me gustan mucho los boniatos —apostilló Nati Bonatti, cambiando astutamente de tema y dejándonos un tanto perplejos y confusos, nuestro estado natural. Aprovechamos para meternos en los sacos e intentar dormir, solo que Gobefree también quiso ensacarse con Kiyo y se armo la gresca, luego me pisoteó a mí y al final, ofendido, se tumbó a los pies de Nati. </div><div>Tras una larga noche de aullidos e inoportunos lametones caninos, salió de nuevo el sol, para variar. No vimos mucho del glorioso amanecer porque no nos levantamos hasta que el sol se puso pesado, como nuestras cabezas. Recogimos, eso sí, dejándolo todo como los chorros del loro y seguimos caminando, ya más ligeras las mochilas, esta vez de vuelta y de bajada, un tanto tristes y resacosos.</div><div>En resumidas cuentas, la expedición fue todo un éxito si consideramos que no hubo congelaciones ni tuvimos que comernos al perro, tampoco caídas en grietas ni avalanchas, nadie se despeñó, como mucho sufrimos un cierto ardor de estómago del que me reconozco culpable. No sé si volverá a ocurrir, pero lo intentaré.</div><div>Al caer la tarde, felices y agotados, alcanzamos nuestro campamento base, un bar de Medina’s Caves que merecería un relato aparte, además de una inspección sanitaria y un estudio antropológico.<br><br><strong>Hervío Vamás</strong></div>]]></description>
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         <pubDate>2020-12-11 16:48:58 UTC</pubDate>
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         <title>Montaña 1.0</title>
         <author>camseguirsubiendo</author>
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         <description><![CDATA[<div><strong>Día 1. Campamento Base</strong></div><div>Esta atardeciendo y estamos llegando a nuestro objetivo, el refugio que nos servirá de base para mañana ascender a uno de los tres mil del macizo de Sierra Nevada. </div><div>Somos unas 6 personas, incluido la persona que nos hará de guía, un fenómeno. Al llegar al refugio el responsable nos da la bienvenida y nos indica cuales son nuestras habitaciones, además nos dice que en una hora se servirá la cena. </div><div>Subimos a las habitaciones, dejamos nuestros objetos y decidimos dar una vuelta por los alrededores, para estirar las piernas y hacer hambre. </div><div>Llegamos justo a la hora de la cena, huele que alimenta, nos sentamos y nos sirven una sopa calentica, para entrar en calor. Entre plato y plato, escuchamos alguna que otra anécdota, algunos chascarrillos y se escapan algunos chistes. </div><div>Al finalizar algunos se retiran a las habitaciones, pero unos valientes nos quedamos delante de la chimenea saboreando la cena. De repente el dueño del albergue se acerca con unos chupitos y una botella de ron de caña para compartir. Se inicia una velada al ruido del crepitar del fuego, que se alarga un poco mas de lo permitido, así que toca retirada que mañana nos queda un día largo. <br><br></div><div><strong>Día 2. La ascensión</strong></div><div>La mañana se presenta fresquita, no viene mal para despejarse del calentón de la noche anterior. Nos encontramos en el desayuno, un desayuno contundente para recargar energía para la ascensión. </div><div>Antes de empezar la jornada, el guía nos da unas indicaciones, por donde vamos a subir, el tiempo aproximado, las dificultades que podríamos encontrar... Iniciamos la marcha, tenemos por delante una jornada entera en la montaña. </div><div>El inicio es suave y permite recrearse en el paisaje, el fresquito que baja de las cumbres, algún que otro pajarillo que llama mi atención por su trino... y el rumor de la voz del guía, que no para de hablar durante toda esta primera parte de la ascensión, parece que ha comido lengua. Pero tiene su explicación, como más adelante comprobé. Me dejo caer hasta la última posición del grupo, empiezo a escuchar el silencio de la montaña. </div><div>Vamos a buen ritmo, ya la pendiente se va acentuando, vamos por una vereda rodeada de piornos, a la vera de una acequia de careo, que recoge las aguas del deshielo, que en determinados tramos se desborda, creando unas chorreras que, con la luz del sol, parecen hilos de algún metal valioso. </div><div>A mitad de la ascensión, en una parada para hidratarnos, uno de los componentes del grupo presenta algún síntoma relevante de cansancio. El guía se acerca hasta él, le pregunta por su estado, y responde que está bien, que puede seguir, que no se preocupe... Pero el guía no está conforme, le vuelve a preguntar, y le dice que esta bien. En ese momento, el guía decide que, junto con otra persona de confianza, se vuelva para el refugio. Nos despedimos y continuamos con la ascensión. </div><div>Nos estamos acercando al “collao”, y me pregunto como ha resuelto esta situación el guía, vamos si fuese psicólogo, seria el mejor. Se nota que vamos cogiendo altura, ya empezamos a ver nieve, y por fin la pisamos. Nos estamos acercando a la cota de los 3.000 metros. Ya se va notando el cansancio, ya no estamos tan locuaces, y el silencio vuelve a ser la banda sonora de la jornada, junto con el ruido de nuestras pisadas en la nieve. </div><div>En un momento de la subida, el guía me pregunta: ¿estás bien?, a lo que le respondo que sí, y él me dice: estás muy callado. Cómo no iba a estar callado, si estoy tomando la mejor medicina para este mundo que nos trae de cabeza, un mundo de prisas, de agobios, de depresión, de nerviosismo... Estos minutos en silencio, ordenando los pensamientos, y sabiendo lo que uno quiere en la vida, puede ser más sanador que cualquier pastilla. </div><div>Llegamos a la cima, foto de rigor, y ante nuestros ojos se abre un paisaje impresionante, por donde mires hay una instantánea. Se empieza a levantar un viento gélido, nos abrigamos y volvemos hacia el inicio, por otro camino de vuelta. </div><div>Ya se ven los coches en la lejanía, estamos cerca del final, recapitulo lo acontecido durante la jornada, la sensación de libertad, de paz, de alegría, de sosiego... Un descanso para el alma. </div><div>Llegamos a los coches, ya anocheciendo, nos despedimos rápidamente y cuando me quedo solo con el guía, le saco el tema de cómo gestionó la decisión de enviar de vuelta al compañero, su respuesta fue: no me miró a los ojos. </div><div><br><strong>Manuel Acosta</strong></div>]]></description>
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         <pubDate>2020-12-11 19:17:56 UTC</pubDate>
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