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      <title>El Cóndor ciego by gabi deleg</title>
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      <description>Análisis</description>
      <language>en-us</language>
      <pubDate>2020-04-08 16:49:53 UTC</pubDate>
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         <title>EL CÓNDOR CIEGO                                                                                             </title>
         <author>deleggabi</author>
         <link>https://padlet.com/deleggabi/2r7x1dse2qmt/wish/500834005</link>
         <description><![CDATA[<div> -HUELO A CARNE QUEMADA-dijo el viejo, y alzó hacia el aire enrarecido su perfil ganchudo.<br><br></div><div> -Si, carne quemada-repitió moviendo la cabeza tras el sutil efluvio.<br><br></div><div> -Son los indios de la Hacienda "Ingachaca"-dijo Huáscar, desde su sitio. <br><br></div><div>-Los indios?... <br><br></div><div>-Están marcando el ganado en las lomas del frente-explicó Chambo. <br><br></div><div>Se hallaban a dos mil metros de distancia, podían observar con claridad la operación y percibir la chamusquina. Es decir, el viejo no podía ver. Pero había sido cl primero en olfatear. Sus ojos claros y duros, color de incienso, estaban transparentes, pero no veían ya. Sin embargo, podía percibir a dos mil metros y más, la pequeña putrefacción de una rata campesina, si el viento soplaba favorable.<br><br></div><div> La Hacienda "Ingachaca" era una mancha verdinegra, rodeada de lomazos y grietas. Un río-un hilo imperceptible- bañaba los terrenos de sembradura y se hundía entre las depresiones cubiertas de vaho matinal. Lentas y numerosas humaredas, demoraban en las profundidades.<br><br></div><div>El viento de la altura soplaba en la hoguera de los cóndores, pero no conseguía arrancarles de la sombría obstinación de su atalaya. <br><br></div><div>De súbito, en la remotísima llanura del mar, a través de soñolientos bancos de nubes, penetró un rayo de sol delgado y tierno. Viniendo desde oriente, había rebotado en una garganta baja del Illiniza.<br><br></div><div> -Ya se despiertan los gusanos -dijo Huáscar. <br><br></div><div>-Ya se despiertan, debajo de los loros. ¡Grr... top, top! <br><br></div><div>Conversaban sobre un estrecho balcón de granito negro, lleno de lascas y excremento. Atrás, en la oscuridad del muro, entre enormes colmillos de piedra, estaban los nidales, casi desnudos. Olían a fiera.<br><br></div><div> Desde las ásperas patas de los rapaces, clavadas en el borde erizado, caían largas flecaduras graníticas bordadas de hielo. El ciego arrastró el ala derecha, y se volvió: <br><br></div><div>-Sarcoramphus, elévate y otea a la comarca. ¡Esperamos! El aludido salió de su ensimismamiento, y giró acrimonioso.<br><br></div><div> - ¿Mientras mis ojos vean. . .? -exclamó. Su talla oscura crujió agitada por el viento, sobre el perfil de la roca. Andaba lentamente, con la cola un poco estirada hacia un lado.<br><br></div><div> Hubo un tardo rumor de abanicos. Corrió unos segundos con las alas entreabiertas, y las extendió violentamente, hasta el fondo tenso de la envergadura. Estaba en el aire. Recogió las patas y giró frente al grupo, saludando con trágica solemnidad.<br><br></div><div>-¡Grr... top, top! <br><br></div><div>Al cabo de un momento reapareció alto y distante, con las alas tensas, casi inmóviles, y el cuello curvado hacia abajo. El sol naciente le arrancaba destellos acerados que se pulverizaban en la tempestad de las vibraciones y volvían a integrarse.<br><br></div><div> El sol subía paulatino. Inesperados resplandores, escintilaciones, biseles fúlgidos, vetas radiantes y ásperas esquirlas, brotaban -asustadas- de la mágica orografía. La nieve devolvía una mañana inverosímil desde el límite de su reposo duro.<br><br></div><div> Inmovilizados en suntuosa acrimonia, miraban las inmensas almenas nevadas; las escarpas vertiginosas; las cuchillas murmurantes de hierba; el altiplano servido en infinitas terrazas de sustancias; las ingles de los pequeños valles, colmadas de vapores fecundos. <br><br></div><div>Es asombrosa la acuidad de su mirada. Desde inaccesibles oteros, o desde el aire -perdidos entre las nube- clavan sus pupilas casi igneas, en la lagartija friolenta que asoma un instante entre las grietas de las cercas; o sobre el conejo fatigado de vejez y correrías, que la muerte vapulea en el pajonal. <br><br></div><div>Fríos, pétreos de poderío y mal humor, prefieren los caballos espatarrados, a los toros cimarrones que mueren solitarios, sobre sus cuartos traseros, en lo más desolado de los páramos. Cuando marchan sobre la nieve, bajo el sol del mediodía, se detienen a veces, y ladeando la cabeza con aquel tic suyo tan noble y humorístico, observan minuciosamente la masa esplendente; distinguen las estrellas radiadas; las cristalizaciones columnarias; los finísimos cana- les neumáticos y las miríadas de naderías que forman la catedral helada.  <br><br></div><div>Sarcoramphus volvió entre una oleada de ázoe. Describió un giro sinuoso ante el balcón y recogió las alas. <br><br></div><div>Imperturbable, sin transparentar su emoción, fue a alinearse al lado de sus compañeros. <br><br></div><div>-Hay comida suficiente -informó, sin dejar caer aquella especie de frío monóculo de la solemnidad. -¿Algo nuevo? -inquirió el ciego.<br><br></div><div> -Sí; para ti un hombre y una mula rodaron anoche en Quebrada Seca, al pie de las solfataras. Cadáveres frescos, ¡descansen y vuelen!<br><br></div><div> -Oh -exclamó Huáscar-. ¡Grr... top, top!<br><br></div><div> -¿Qué quieres almorzar: bofes, hígado, abomaso .. . ? <br><br></div><div>-El corazón del hombre y sus testículos.. . ¡Necesito volar!<br><br></div><div> -¿Volar, tú ?-preguntó Chambo, con respetuoso interés. <br><br></div><div>-Mi último vuelo ... <br><br></div><div>Los ojos de color de incienso se iluminaron de salvaje entusiasmo. Pero los veló con perspicacia, enseguida. <br><br></div><div>-¡Díganle a Amarga que le espero esta tarde!<br><br></div><div> Hundió el cuello rojo y la gorguera entre las alas y se deslizó en la penumbra del nidal.<br><br></div><div>Huáscar, Sarcor y Chambo, saltaron sucesivamente al vacío con rumorosa corpulencia, y pronto, cada cual fue la boca de un gran deseo, bebiendo a raudales el espacio. <br><br></div><div>-Con vuelo tenso y potente, ascendieron hasta ponerse sobre todas las cumbres y los cráteres, y dibujaron tres lentísimos círculos entrelazados: <br><br></div><div>-¡Mira la Quebrada Seca! <br><br></div><div>-Es un indio... ¡un indio joven! <br><br></div><div>-La mula está gorda. . . igorda ! <br><br></div><div>-Y la quebrada, ¡la quebrada! <br><br></div><div>A pesar del contradictorio océano del viento, cada uno de los rapaces percibió distintamente la fragancia de los azúcares negros de la muerte, correspondiente a la bestia y al infortunado jinete. <br><br></div><div>Eran viejos bebedores de efluvios mortales. Y, sin olvidar el pedimento del ciego, hicieron su íntima elección. <br><br></div><div>El cóndor ciego parecía dormitar sobre sus poderosos tarsos, emplumados hasta los talones. Su plumaje negro, acerado, recorrido por largas plumas nevadas y grises, emanaba funesta potencia. Su cresta estaba hinchada aún de sangre rapaz; pero sus ojos velados por la membrana nictitante, aparecían contradictorios. No dormía. ¡Veía el sol de un abril lejano -casi vapor de sol y de recuerdo-, en ese nivel de los grandes rayos, al que no llega el humo de los montes! El y Amarga revolaban oteando la comarca. El Pastaza fulguraba abajo. A veces lo escuchaban, como un inmenso plumero de metal sacudido en el viento. El y Amarga revolaban, revolaban, siempre. De pronto, vio él una ternera extraviada, mugiendo lastimeramente al borde de un desfiladero. La garganta se le hinchó de extraña pasión y giró alrededor de Amarga, gritando: <br><br></div><div>-i Voy a separar tu desayuno! <br><br></div><div>Y como un relámpago negro, descendió de un solo rasgo los mil quinientos metros que le separaban de la víctima. La ternera se encogió al sentir el huracán viviente sobre su cuerpo. Pero él, con un aletazo matemático, lanzó a la bestezuela dentro del desfiladero. Amarga bajó enseguida y devoraron juntos ¡Cómo resplandecían los bellos ojos de su compañera entre el humo picante de las vísceras frescas!<br><br></div><div> Regresaron apenas pasado el mediodía. El ciego dormitaba de ver- dad. El aleteo lo sacó del sueño. Irguió la enérgica cabeza sobre el plumaje y preguntó:<br><br></div><div> -¿Qué tal estuvo . . . ?<br><br></div><div> -jOh. .. Grr... Top, top! -confesó Chambo que tenía desocupa- do el pico color de cuerno. Huáscar y Sarcoramphus se aproximaron de lado, majestuosos; y depositaron ante las patas del ciego los sangrientos manjares señalados. Sin contenerse, el ciego empezó a devorar. <br><br></div><div>Terminó el fúnebre almuerzo; restregó el pico sobre las rocas y agradeció:<br><br></div><div>-El indio era joven... ¡Descanse y vuele!<br><br></div><div> -¡Descanse y vuele! -confirmó Chambo convencido.<br><br></div><div> -Y muera conmigo otra vez... ¡esta misma tarde! -exclamó el ciego con repentino aire de misterio. <br><br></div><div>-¿Qué nos quiere decir? <br><br></div><div>-Nada. Si ven a Amarga, jque venga al atardecer! <br><br></div><div>Con pausado tranco se dirigió al extremo del balcón. Por ahí mismo descolgábase una rugosa masa de lava petrificada. Del incendio rumoro- so de su terrible juventud, quedaba su silencio poderoso y mineral, salpicado de musgo rojizo y duro como limalla de cobre. <br><br></div><div>No se había vuelto aún, cuando los oyó elevarse. Sintiéndose solo, se recogió para digerir. Y mientras se adormilaba, oía ese silencio lúcido que florece en las cumbres, como la sublimación de todas las batallas.<br><br></div><div> Mediaba la tarde cuando regresaron. El ciego les esperaba en el sitio acostumbrado. Luego que todas las alas estuvieron cerradas interrogó: <br><br></div><div>-¿Han visto a Amarga?<br><br></div><div> -Amarga no ha sido vista –respondió Chambo contrariado. <br><br></div><div>-¡No ha sido vista!<br><br></div><div> El ciego no protestó. Se limitó a limpiarse el pico en la roca. <br><br></div><div>-Es tiempo. Subamos a la piedra negra -propuso, y empezó a ascender. Le siguieron en silencio, pero iban pensando: "¡EI lo sabe todo! ¡El, nos enseñó a dispersar un rebaño y a separar a la víctima! ¡El, nos enseñó el golpe de flanco que derriba! ¡El nos enseñó a elegir las nubes que hacen invisible nuestro plumaje!" <br><br></div><div>Se detuvo en una planicie angosta que terminaba a pico sobre el Occidente. Parecía un gigantesco trampolín encallado sobre el cielo. Al fondo, bajo el sol oblicuo, fulguraba el mar lejano, como una piedra pura, derretida. La costa remedaba solamente un reflejo que se persiguiera en su vaivén, desconociéndose a sí misma. <br><br></div><div>El ciego sacudió la dura cabeza y dijo: <br><br></div><div>-El hombre descanse y vuele. Muera otra vez, conmigo-. Luego empezó a correr a lo largo de la rampa, hacia el sol occiduo. Sus alas se fueron desplegando poco a poco en la carrera. Las largas plumas blan- cas, las remeras, se prolongaron en la línea máxima de la envergadura. Extendió el libre cuello y recogió los tarsos. Así entró en la atmósfera. <br><br></div><div>El grupo de sus compañeros avanzó en silencio hasta el tajo de la rampa. -"El, nos mostró la ciudad del hombre, entre gusanos. EI, nos mostró la unión sudorosa de la tierra con el mar. ¡El, nos mostró los árboles duros, encerrados en la miel del océano... !<br><br></div><div>" El ciego ascendía serenamente, adivinando la inmensa candela de la tarde. Ya era una sola mancha horizontal en la ilimitada transparencia, sobre el mar. La sal húmeda y bullente de la profundidad le llegó al sentido. La aspiró con gusto mortal para el último gesto. Enseguida, sabiéndose ya sobre el abismo, cerró las alas de golpe. <br><br></div><div>Miraban. Un cuerpo oscuro y apretado cayó girando como un fruto negro. El mar no sueña si hay un corazón que lo busca y lo pierde en un combate de íntimo rumor.<br><br></div>]]></description>
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         <pubDate>2020-04-09 15:58:23 UTC</pubDate>
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         <title>TIPO DE NARRADOR</title>
         <author>deleggabi</author>
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         <description><![CDATA[<div>Narrador omnisciente (narrador que lo sabe todo)<br>By: Joaquín Gordillo </div>]]></description>
         <pubDate>2020-04-09 15:59:58 UTC</pubDate>
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         <title>PERSONAJES</title>
         <author>deleggabi</author>
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         <description><![CDATA[<div>Huáscar <br>El Cóndor Ciego<br>Chambo <br>Amarga <br>Sarcoramphus</div>]]></description>
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         <pubDate>2020-04-09 16:00:52 UTC</pubDate>
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         <title>el Cóndor ciego</title>
         <author>deleggabi</author>
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         <description><![CDATA[<div>A pesar de condición tiene el mejor olfato del grupo, es un Cóndor viejo, sabio y lidera de un grupo de cuatro cóndores. <br>El utiliza la muerte como</div>]]></description>
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         <pubDate>2020-04-09 16:44:24 UTC</pubDate>
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         <title>Huáscar</title>
         <author>chichigarcia2007</author>
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         <description><![CDATA[<div>Representado en un cóndor es el inca que indica el sufrimiento de los indígenas en el Ecuador.<br>Cristina García</div>]]></description>
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         <pubDate>2020-04-09 23:49:49 UTC</pubDate>
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         <title>Amarga </title>
         <author>deleggabi</author>
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         <description><![CDATA[<div>Era una cóndor que le gustaba al cóndor ciego <br>Gabriela Deleg</div>]]></description>
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         <pubDate>2020-04-09 23:50:25 UTC</pubDate>
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         <title>Sarcoramphus</title>
         <author>choezmayerly11</author>
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         <description><![CDATA[<div>Formaba parte del grupo, era un cóndor que su principal función era buscar comida para los demás integrantes.<br>Mayerly Choez</div>]]></description>
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         <pubDate>2020-04-10 00:36:12 UTC</pubDate>
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         <title>Imágenes </title>
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         <pubDate>2020-04-11 01:23:33 UTC</pubDate>
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