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      <title>Los Elegidos by </title>
      <link>https://padlet.com/agustinadlp1710/loscuentoselegidos</link>
      <description>Recomendación de cuentos</description>
      <language>en-us</language>
      <pubDate>2020-08-05 22:57:44 UTC</pubDate>
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         <title>El pulpo está Crudo (Luis María Pescetti) Agustina</title>
         <author>agustinadlp1710</author>
         <link>https://padlet.com/agustinadlp1710/loscuentoselegidos/wish/670717159</link>
         <description><![CDATA[<div>Mi cuento preferido es El pulpo está crudo que está en el libro que lleva el mismo nombre.<br>Es muy divertido y fácil de leer<br>¡Lo súper recomiendo!</div>]]></description>
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         <pubDate>2020-08-05 23:00:33 UTC</pubDate>
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         <title>&quot;La noche del elefante&quot; un cuento con mucha imaginación...  le dejo la carta del autor ¡¡  </title>
         <author>biblio5de14</author>
         <link>https://padlet.com/agustinadlp1710/loscuentoselegidos/wish/671580931</link>
         <description><![CDATA[]]></description>
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         <pubDate>2020-08-06 17:29:57 UTC</pubDate>
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         <title>&quot;El centauro indeciso&quot;-Ema Wolf-Un cuento cortito y divertido del libro  [Los Imposibles] </title>
         <author></author>
         <link>https://padlet.com/agustinadlp1710/loscuentoselegidos/wish/672495073</link>
         <description><![CDATA[]]></description>
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         <pubDate>2020-08-07 15:17:05 UTC</pubDate>
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         <title>&quot;El divorcio&quot;-Liliana Cinetto</title>
         <author>candelavarela</author>
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         <description><![CDATA[<div>¡¡Un león cansado de su leona y que se quiere separar, con un final divertido!! =).....un cuento que les comparto para escucharlo de la propia autora. <br><em>Cande Bibliotecaria</em></div>]]></description>
         <enclosure url="https://youtu.be/riXDW4J9ScQ" />
         <pubDate>2020-08-07 15:26:45 UTC</pubDate>
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      </item>
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         <title>  Vanina Michelle 5 b turno tarde . La cenicienta de Charles Perrault https://images.app.goo.gl/CMc813qdh38qeoxa8 foto</title>
         <author></author>
         <link>https://padlet.com/agustinadlp1710/loscuentoselegidos/wish/673193501</link>
         <description><![CDATA[<div>cuento: <br>Érase una vez un gentil hombre que se casó en segundas nupcias con la mujer más altiva y orgullosa que se pudo ver jamás. Tenía dos hijas que eran idénticas a ella, al haber heredado todo su carácter. El marido, por su parte, tenía una hija joven, de una dulzura y bondad sin igual, pues se parecía en todo a su madre, que había sido la mejor persona del mundo.<br><br></div><div><br>Inmediatamente después de la boda, la madrastra dio rienda suelta a su mal carácter; no podía soportar las buenas cualidades de aquella niña, que hacían a sus hijas aún más odiosas. La obligó a hacer las tareas más viles de la casa: tenía que fregar los platos, limpiar las escaleras y toda la casa, arreglar todas las habitaciones, incluidas las de sus hijas. Dormía en un desván, en lo más alto de la casa, sobre un mal jergón, mientras que sus hermanas disponían de grandes habitaciones entarimadas, con camas a la última moda, y grandes espejos donde se podían ver de cuerpo entero.<br><br></div><div><br>La pobre chica lo sufría todo con mucha paciencia y no se atrevía nunca a quejarse a su padre, por temor a que le riñera, pues su mujer lo tenía completamente dominado.<br><br></div><div><br>Cuando la joven terminaba sus tareas, se iba a un rincón de la chimenea a sentarse sobre las cenizas, por lo que en la casa la llamaban generalmente Culoceniza. La hermana pequeña, que no era tan mala como la mayor, la llamaba Cenicienta ; aunque Cenicienta, con sus harapos, no dejaba de ser cien veces más hermosa que sus hermanas, a pesar de que ambas vestían con ropas muy lujosas.<br><br></div><div><br>Y sucedió que el hijo del Rey dio un baile, al que invitó a todas las personas de calidad, siendo invitadas también nuestras dos señoritas, ya que ellas pertenecían a una familia distinguida en el país. Helas aquí, pues, muy contentas y muy atareadas en elegir los vestidos y los peinados que les sentaran mejor. Esto ocasionó nuevos trabajos para Cenicienta, ya que era ella quien planchaba la ropa de sus hermanas y quien almidonaba los puños. Continuamente las oía hablar de la forma en que iban a arreglarse.<br><br></div><div><br>-Yo -decía la mayor- me pondré el vestido de terciopelo rojo y el aderezo de Inglaterra.<br><br></div><div><br>-Yo -decía la menor-, me pondré una sencilla falda, aunque también llevaré el mantón de flores de oro y el broche de diamantes, que no está muy visto.<br><br></div><div><br>Buscaron una buena peluquera que les hiciera los peinados de dos pisos, y encargaron en la sastrería lunares postizos; llamaron a Cenicienta para pedirle su opinión, ya que tenía muy buen gusto.<br><br></div><div><br>Cenicienta les aconsejó lo mejor que pudo, ofreciéndose incluso para retocarles el peinado, lo que aceptaron inmediatamente las hermanas, pues era lo que estaban deseando.<br><br></div><div><br>Mientras las peinaba, ellas le decían:<br><br></div><div><br>-Cenicienta, ¿te gustaría ir al baile?<br><br></div><div><br>-¡Ay, señoritas, ¿os estais burlando?; eso no está hecho para mí.<br><br></div><div><br>-Tienes razón, la gente se reiría mucho viendo a una sucia Culoceniza acudir al baile.<br><br></div><div><br>Otra que no fuera Cenicienta las habría peinado al revés, pero ella, que era buena, las peinó estupendamente.<br><br></div><div><br>Las dos hermanas estuvieron casi dos días sin comer, pues querían lucir una figura estilizada. Sin embargo, aún rompieron más de doce cordones a fuerza de tirar de ellos para conseguir una talle más fino, y no dejaban un momento de mirarse en el espejo.<br><br></div><div><br>Al fin llegó el feliz día y las hermanas se marcharon. Cenicienta las siguió con la mirada todo el tiempo que pudo y, cuando las perdió de vista, se puso a llorar.<br>Su Madrina, que era un hada, la sorprendió hecha un mar de lágrimas y le preguntó qué le pasaba.<br><br></div><div><br>-¡Me gustaría mucho..., me gustaría mucho...!<br><br></div><div><br>Cenicienta lloraba tan fuerte que no pudo terminar. El hada le preguntó:<br><br></div><div><br>-Te gustaría mucho ir al baile, ¿verdad?<br><br></div><div><br>-¡Ay, sí! -dijo Cenicienta suspirando.<br><br></div><div><br>-Bueno, si te portas bien -dijo su Madrina-, yo haré que vayas.<br><br></div><div><br>La llevó a su habitación y le dijo:<br><br></div><div><br>-Ve al jardín y tráeme una calabaza.<br><br></div><div><br>Cenicienta fue enseguida a coger la más hermosa que pudo encontrar, y se la llevó a su Madrina, no pudiendo adivinar cómo esa calabaza podría hacerla ir al baile.<br><br></div><div><br>Su madrina la vació dejando sólo la corteza, la tocó con su varita mágica y la calabaza se transformó en el acto en una hermosa carroza dorada.<br><br></div><div><br>Después miró en la ratonera, donde encontró seis ratones vivos aún, y le dijo a Cenicienta que levantara un poco la trampilla; a cada ratón que salía, le daba un golpecito con la varita y el roedor se transformaba en un hermoso caballo, así hasta que tuvo un precioso tiro de seis caballos, de un bello color de ratón gris claro.<br><br></div><div><br>Como estuviera preocupada por encontrar algo que le sirviera de cochero, dijo Cenicienta:<br><br></div><div><br>-Voy a ver si alguna rata ha caído en la ratonera, para convertirla en cochero.<br><br></div><div><br>-Tienes razón -dijo su Madrina-, mira si hay.<br><br></div><div><br>Cenicienta le llevó la ratonera, donde había tres ratas muy gordas. El hada eligió una, la que tenía las mejores barbas, y, tocándola con la varita, la convirtió en un gordo cochero, que lucía unos hermosos mostachos.<br><br></div><div><br>Después le dijo:<br><br></div><div><br>-Ve al jardín y allí encontrarás seis lagartos detrás de la regadera. Tráemelos.<br><br></div><div><br>En cuanto los hubo traido, el hada madrina los convirtió en seis lacayos, que subieron al instante a la trasera de la carroza con sus libreas llenas de galones, muy erguidos, como si no hubieran hecho otra cosa en su vida.<br><br></div><div><br>El hada dijo entonces a Cenicienta:<br><br></div><div><br>-Bueno, aquí tienes ya con qué ir al baile. ¿Estás contenta?<br><br></div><div><br>-Sí, pero, ¿cómo voy a ir con este viejo vestido?<br><br></div><div><br>Su Madrina no hizo más que tocar con la varita mágica las pobres ropas, y al momento se transformaron en vestidos de tisú de oro y plata, recamados de piedras preciosas; también le dio el hada un par de zapatos de cristal, los más bonitos del mundo.<br><br></div><div><br>Cuando Cenicienta estuvo de tal modo vestida, subió a la carroza; pero su madrina le recomendó ante todo que regresara antes de la medianoche, advirtiéndole que, si permanecía en el baile un minuto más, su carroza volvería a ser calabaza; sus caballos, ratones; sus lacayos, lagartos, y sus ropas viejas recobrarían su aspecto normal.<br><br></div><div><br>Prometió a su Madrina que haría todo tal como ella decía; y se fue llena de felicidad.<br><br></div><div><br>El hijo del Rey, a quien comunicaron que acababa de llegar una princesa que nadie conocía, fue a recibirla; le dio la mano cuando bajó de la carroza, y la condujo al gran salón donde estaban los invitados.<br><br></div><div><br>Se hizo entonces un repentino silencio; se paró el baile y los violines dejaron de tocar, de tan sorprendidos que estaban contemplando la gran belleza de aquella desconocida. Sólo se escuchaba un rumor confuso:<br><br></div><div><br>-¡Oh! ¡Qué hermosa es!<br><br></div><div><br>El propio Rey mismo, a pesar de ser muy viejo, no dejaba de mirarla y de decirle a la reina en voz baja, que hacía mucho tiempo que no veía a nadie con tanta gracia y belleza.<br><br></div><div><br>Todas las damas observaban con mucha atención su peinado y su vestido, para tener desde el día siguiente otros parecidos, siempre que pudieran encontrarse telas tan maravillosas y modistas tan expertas.<br><br></div><div><br>El hijo del Rey la colocó en un lugar de honor y en seguida la sacó a bailar. Ella danzó con tanta gracia que la admiraron aún más. Los criados trajeron manjares exquisitos para los invitados, pero el joven príncipe no probó bocado. ¡Tan embelesado estaba contemplando a la desconocida! Cenicienta se sentó al lado de sus hermanas, haciéndoles muchos cumplidos y compartiendo con ambas las naranjas y los limones con que el príncipe las había obsequiado, lo cual las sorprendióó mucho, pues ellas no la conocían de nada.<br><br></div><div><br>Estaban charlando, cuando Cenicienta oyó que daban las doce menos cuarto; entonces hizo una gran reverencia a todos los presentes y se marchó a toda prisa.<br><br></div><div><br>En cuanto llegó a casa, fue a buscar a su Madrina y, luego de haberle dado las gracias, le dijo que desearía otra vez ir al baile al día siguiente, porque el hijo del rey se lo había pedido.<br><br></div><div><br>Cuando ella estaba ocupada contándole a su Madrina todo lo sucedido en el baile, las hermanas llamaron a la puerta y Cenicienta fue a abrirles:<br><br></div><div>-¡Cuánto habéis tardado en volver!- les dijo mientras se frotaba los ojos y se desperezaba como si acabara de despertarse; aunque, por supuesto, ella no tenía nada de sueño.<br>Si hubieses venido al baile -le dijo una de sus hermanas-, no te habrías aburrido, pues ha asistido una hermosa princesa, la más hermosa que nadie haya visto jamás, y ha sido muy amable y atenta con nosotras, obsequiándonos con naranjas y limones.<br><br></div><div><br>Cenicienta estaba muy feliz y les preguntó el nombre de la princesa, pero le respondieron que nadie la conocía, ni siquiera el hijo del Rey, y que éste daría cualquier cosa por saber quién era.<br><br></div><div><br>Cenicienta, sonriendo, les preguntó:<br><br></div><div><br>-¿Tan hermosa era? ¡Dios mío, pues sí que tenéis suerte! ¿No podría verla yo? ¡Ay, señorita Javotte, ¿no podrías prestarme tu vestido amarillo, ese que te pones a diario?<br><br></div><div><br>-¡Pues sí -dijo la señorita Javotte -, precisamente en eso estaba yo pensando! ¡Estaría loca si prestara mi vestido a una sucia Culoceniza como tú!<br><br></div><div><br>Cenicienta esperaba esta negativa y se alegró de ello, porque se hubiera encontrado en un gran dilema si su hermana le hubiera querido prestar el vestido.<br><br></div><div><br>Al día siguiente las dos hermanas fueron al baile y Cenicienta también, aunque todavía mejor ataviada que la primera vez.<br><br></div><div><br>El hijo del Rey estuvo con ella toda la noche y no paró de decirle cosas bonitas; hasta tal punto la distrajo, que olvidó lo que su madrina le había recomendado, de manera que oyó sonar la primera campanada de medianoche, cuando creía que no eran aún ni las once. Cenicienta huyó entonces, con la ligereza de una gacela.<br><br></div><div><br>El Príncipe la siguió, mas no pudo alcanzarla, y ella, en la precipitación de la huida, dejó caer uno de sus zapatos de cristal, que el príncipe se apresuró a recoger con mucho cuidado.<br><br></div><div><br>Cenicienta llegó a su casa muy sofocada, sin carroza, sin lacayos, y con sus feos vestidos; no le quedaba de tanto esplendor más que el otro zapato de cristal, la pareja del que había dejado caer.<br><br></div><div><br>Preguntaron a los guardias de la puerta del palacio si habían visto salir a una princesa, y contestaron que sólo habían visto salir a una muchacha muy mal vestida, que tenía más el aspecto de una campesina que de una señorita.<br><br></div><div><br>Cuando sus dos hermanastras regresaron del baile, Cenicienta les preguntó si también esa noche se habían divertido y si la bella dama había de nuevo aparecido.<br><br></div><div><br>Ellas le dijeron que sí, pero que había huido cuando llegó la medianoche, y que había perdido en su precipitación uno de sus zapatitos de cristal, el más bonito del mundo; que el hijo del Rey lo había recogido, y que no había hecho otra cosa, en todo el resto del baile, sino mirarlo permanentemente, y que, con total seguridad, estaba muy enamorado de la hermosa joven a quien pertenecía ese zapatito.<br><br></div><div><br>Las hermanas decían la verdad, ya que pocos días después, el hijo del rey mandó publicar a toque de corneta que se casaría con aquella joven a quien le viniese bien el zapatito de cristal.<br><br></div><div><br>Y comenzó a probárselo a las princesas, siguiendo las duquesas, y a todas las damas de la corte, pero todo fue en vano.<br><br></div><div><br>Por fin, la prueba llegó a la casa de las hermanas, que hicieron todo lo posible para que su pie entrara en el zapatito, pero no lo consiguieron.<br><br></div><div><br>Cenicienta, que las miraba y que reconoció su zapato, dijo riéndose:<br><br></div><div><br>-¡Puedo intentarlo yo!<br><br></div><div><br>Sus hermanas se echaron a reír y empezaron a burlarse de ella. El gentilhombre que efectuaba la prueba del zapato, habiendo contemplado atentamente a Cenicienta, y encontrándola muy hermosa, dijo que era justo, y que él tenía orden de probárselo a todas las jóvenes. Hizo sentar, entonces, a Cenicienta y, acercando el zapato a su piececito, vio que entraba sin esfuerzo y que le caía como un guante.<br><br></div><div><br>La sorpresa de las hermanastras fue grande, pero más grande aún fue cuando Cenicienta sacó de su bolsillo el otro zapatito, que se puso en el otro pie. En ese preciso instante hizo su aparición el hada Madrina, quien, golpeando con la varita mágica los vestidos de Cenicienta, los convirtió en unos vestidos mucho más deslumbradores que todos los anteriores.<br><br></div><div><br>Entonces las dos hermanas la reconocieron como la hermosa dama que habían visto en el baile y se arrojaron a sus pies para pedirle perdón por todos los malos tratos que le habían hecho sufrir.<br><br></div><div><br>Cenicienta las levantó y les dijo, abrazándolas, que las perdonaba de todo corazón y que les rogaba que, en adelante, fueran buenas amigas.<br><br></div><div><br>Cenicienta, ataviada como estaba, fue conducida ante el joven Príncipe, que la encontró más hermosa que nunca; y unos días después se casó con ella.<br><br></div><div><br>Cenicienta, que era tan buena como hermosa, había hecho que sus hermanas se alojaran en el palacio, y el mismo día las casó con dos grandes señores de la corte.<br><br>Si hubieses venido al baile -le dijo una de sus hermanas-, no te habrías aburrido, pues ha asistido una hermosa princesa, la más hermosa que nadie haya visto jamás, y ha sido muy amable y atenta con nosotras, obsequiándonos con naranjas y limones.<br><br></div><div><br>Cenicienta estaba muy feliz y les preguntó el nombre de la princesa, pero le respondieron que nadie la conocía, ni siquiera el hijo del Rey, y que éste daría cualquier cosa por saber quién era.<br><br></div><div><br>Cenicienta, sonriendo, les preguntó:<br><br></div><div><br>-¿Tan hermosa era? ¡Dios mío, pues sí que tenéis suerte! ¿No podría verla yo? ¡Ay, señorita Javotte, ¿no podrías prestarme tu vestido amarillo, ese que te pones a diario?<br><br></div><div><br>-¡Pues sí -dijo la señorita Javotte -, precisamente en eso estaba yo pensando! ¡Estaría loca si prestara mi vestido a una sucia Culoceniza como tú!<br><br></div><div><br>Cenicienta esperaba esta negativa y se alegró de ello, porque se hubiera encontrado en un gran dilema si su hermana le hubiera querido prestar el vestido.<br><br></div><div><br>Al día siguiente las dos hermanas fueron al baile y Cenicienta también, aunque todavía mejor ataviada que la primera vez.<br><br></div><div><br>El hijo del Rey estuvo con ella toda la noche y no paró de decirle cosas bonitas; hasta tal punto la distrajo, que olvidó lo que su madrina le había recomendado, de manera que oyó sonar la primera campanada de medianoche, cuando creía que no eran aún ni las once. Cenicienta huyó entonces, con la ligereza de una gacela.<br><br></div><div><br>El Príncipe la siguió, mas no pudo alcanzarla, y ella, en la precipitación de la huida, dejó caer uno de sus zapatos de cristal, que el príncipe se apresuró a recoger con mucho cuidado.<br><br></div><div><br>Cenicienta llegó a su casa muy sofocada, sin carroza, sin lacayos, y con sus feos vestidos; no le quedaba de tanto esplendor más que el otro zapato de cristal, la pareja del que había dejado caer.<br><br></div><div><br>Preguntaron a los guardias de la puerta del palacio si habían visto salir a una princesa, y contestaron que sólo habían visto salir a una muchacha muy mal vestida, que tenía más el aspecto de una campesina que de una señorita.<br><br></div><div><br>Cuando sus dos hermanastras regresaron del baile, Cenicienta les preguntó si también esa noche se habían divertido y si la bella dama había de nuevo aparecido.<br><br></div><div><br>Ellas le dijeron que sí, pero que había huido cuando llegó la medianoche, y que había perdido en su precipitación uno de sus zapatitos de cristal, el más bonito del mundo; que el hijo del Rey lo había recogido, y que no había hecho otra cosa, en todo el resto del baile, sino mirarlo permanentemente, y que, con total seguridad, estaba muy enamorado de la hermosa joven a quien pertenecía ese zapatito.<br><br></div><div><br>Las hermanas decían la verdad, ya que pocos días después, el hijo del rey mandó publicar a toque de corneta que se casaría con aquella joven a quien le viniese bien el zapatito de cristal.<br><br></div><div><br>Y comenzó a probárselo a las princesas, siguiendo las duquesas, y a todas las damas de la corte, pero todo fue en vano.<br><br></div><div><br>Por fin, la prueba llegó a la casa de las hermanas, que hicieron todo lo posible para que su pie entrara en el zapatito, pero no lo consiguieron.<br><br></div><div><br>Cenicienta, que las miraba y que reconoció su zapato, dijo riéndose:<br><br></div><div><br>-¡Puedo intentarlo yo!<br><br></div><div><br>Sus hermanas se echaron a reír y empezaron a burlarse de ella. El gentilhombre que efectuaba la prueba del zapato, habiendo contemplado atentamente a Cenicienta, y encontrándola muy hermosa, dijo que era justo, y que él tenía orden de probárselo a todas las jóvenes. Hizo sentar, entonces, a Cenicienta y, acercando el zapato a su piececito, vio que entraba sin esfuerzo y que le caía como un guante.<br><br></div><div><br>La sorpresa de las hermanastras fue grande, pero más grande aún fue cuando Cenicienta sacó de su bolsillo el otro zapatito, que se puso en el otro pie. En ese preciso instante hizo su aparición el hada Madrina, quien, golpeando con la varita mágica los vestidos de Cenicienta, los convirtió en unos vestidos mucho más deslumbradores que todos los anteriores.<br><br></div><div><br>Entonces las dos hermanas la reconocieron como la hermosa dama que habían visto en el baile y se arrojaron a sus pies para pedirle perdón por todos los malos tratos que le habían hecho sufrir.<br><br></div><div><br>Cenicienta las levantó y les dijo, abrazándolas, que las perdonaba de todo corazón y que les rogaba que, en adelante, fueran buenas amigas.<br><br></div><div><br>Cenicienta, ataviada como estaba, fue conducida ante el joven Príncipe, que la encontró más hermosa que nunca; y unos días después se casó con ella.<br><br></div><div><br>Cenicienta, que era tan buena como hermosa, había hecho que sus hermanas se alojaran en el palacio, y el mismo día las casó con dos grandes señores de la corte.<br><br></div><div><br><br></div><div><br><br></div><div><br><br></div><div><br><br></div>]]></description>
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         <pubDate>2020-08-08 17:40:18 UTC</pubDate>
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         <title> Hola mi nombre es ISABELLA ZAPATA 5-A TM Mi cuento preferido es EL GATO NEGRO de EDGAR ALLAN POE . Lo recomiedo para quienes les gusta el terror y ficcion.</title>
         <author>horrorsansmujer</author>
         <link>https://padlet.com/agustinadlp1710/loscuentoselegidos/wish/673283766</link>
         <description><![CDATA[<div>Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por el centro de la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo agarré y, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al instante se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separaba de un golpe del cuerpo; y una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Saqué del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras seguía sujetando al pobre animal por el pescuezo y deliberadamente le saqué un ojo. Me pongo más rojo que un tomate, siento vergüenza, tiemblo mientras escribo tan reprochable atrocidad.</div><div>(...)</div><div>Y entonces se presentó, para mi derrota final e irrevocable, el espíritu de la PERVERSIDAD. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu. Sin embargo, estoy tan seguro de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano... una de las facultades primarias indivisibles, uno de los sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en los momentos en que cometía una acción estúpida o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que nos enfrenta con el sentido común, a transgredir lo que constituye la Ley por el simple hecho de serlo (existir)? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y ese insondable anhelo que tenía el alma de vejarse a sí misma, de violentar su naturaleza, de hacer el mal por el mal mismo, me empujó a continuar y finalmente a consumar el suplicio que había infligido al inocente animal. Una mañana, a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol, lo ahorqué mientras las lágrimas me brotaban de los ojos y el más amargo remordimiento me retorcía el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivos para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que pondría en peligro mi alma hasta llevarla- si esto</div><div>fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del dios más misericordioso y más terrible.</div><div><br></div><div>El Gato negro</div><div>~Edgar Allan Poe</div><div><br></div>]]></description>
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         <pubDate>2020-08-08 22:57:53 UTC</pubDate>
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         <title></title>
         <author>horrorsansmujer</author>
         <link>https://padlet.com/agustinadlp1710/loscuentoselegidos/wish/673286896</link>
         <description><![CDATA[]]></description>
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         <pubDate>2020-08-08 23:09:35 UTC</pubDate>
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         <title>Coraline de Neil Gaiman</title>
         <author></author>
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         <description><![CDATA[<div>es un libro muy bueno de terror y fantasía  <br>lo recomiendo a personas curiosas de esperimentar el terror de este libro<br>Helena Leahy di Leone 5º grado turno tarde</div>]]></description>
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         <pubDate>2020-08-09 18:35:54 UTC</pubDate>
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         <title>El Negro de París</title>
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         <description><![CDATA[<div>Hola ni nombre es Santiago Monzón 5-A TM. El cuento que yo elegí fue El Negro de París,  de Osvaldo Soriano<br>Lo recomiendo porque la historia narra la amistad entre un niño y un gato. <br><br>El protagonista de esta historia es un chico argentino que debe abandonar su país junto con sus padres durante la dictadura militar de 1976. La familia se va a Francia pero tiene que dejar en Buenos Aires a la mascota del nene, la gatita Pulqui.<br>                            </div>]]></description>
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         <pubDate>2020-08-10 19:05:04 UTC</pubDate>
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         <title>la gama ciega </title>
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         <description><![CDATA[<div>autor Horacio Quiroga <br>hola soy benjamín Valdez de 5b turno tarde <br> Había una vez un venado —una gama— que tuvo dos hijos mellizos, cosa rara entre los venados. Un gato montés se comió a uno de ellos, y quedó sólo la hembra. Las otras gamas, que la querían mucho, le hacían siempre cosquillas en los costados.<br>          Su madre le hacia repetir todas la mañanas, al rayar el día, la oración de los venados . Y dice así:<br><br>I. <em>Hay que oler bien primero las hojas antes de comerlas, porque algunas son venenosas.</em><br><br>II. <em>Hay que mirar bien el río y quedarse quieto antes de bajar a beber, para estar seguro de que no hay yacarés.</em><br><br>III. <em>Cada media hora hay que levantar bien alto la cabeza y oler el viento, para sentir el olor del tigre.</em><br><br>IV. <em>Cuando se come pasto del suelo hay que mirar siempre antes los yuyos, para ver si hay víboras.</em><br><br>         Este es el padrenuestro de los venados chicos. Cuando la gamita lo hubo aprendido bien, su madre la dejó andar sola.<br>         Una tarde, sin embargo, mientras la gamita recorría el monte comiendo las hojitas tiernas, vio de pronto ante ella, en el hueco de un árbol que estaba podrido, muchas bolitas juntas que colgaban. Tenían un color oscuro, como el de las pizarras.<br>         ¿Qué sería? Ella tenía también un poco de miedo, pero como era muy traviesa, dio un cabezazo a aquellas cosas, y disparó.<br>          Vio entonces que las bolitas se habían rajado, y que caían gotas. Habían salido también muchas mosquitas rubias de cintura muy fina, que caminaban apuradas por encima.<br>          La gama se acercó, y las mosquitas no la picaron. Despacito, entonces, muy despacito, probó una gota con la punta de la lengua, y se relamió con gran placer: aquellas gotas eran miel, y miel riquísima porque las bolas de color pizarra eran una colmena de abejitas que no picaban porque no tenían aguijón. Hay abejas así.<br>         En dos minutos la gamita se tomó toda la miel, y loca de contenta fue a contarle a su mamá. Pero la mamá la reprendió seriamente. —Ten mucho cuidado, mi hija —le dijo—, con los nidos de abejas. La miel es una cosa muy rica, pero es muy peligroso ir a sacarla. Nunca te metas con los nidos que veas.<br>         La gamita gritó contenta: —¡Pero no pican, mamá! Los tábanos y las uras sí pican; las abejas, no.<br>          —Estás equivocada, mi hija —continuó la madre—. Hoy has tenido suerte, nada más. Hay abejas y avispas muy malas. Cuidado, mi hija, porque me vas a dar un gran disgusto.<br>          —¡Sí, mamá! ¡Sí, mamá! —respondió la gamita. Pero lo primero que hizo a la mañana siguiente, fue seguir los senderos que habían abierto los hombres en el monte, para ver con más facilidad los nidos de abejas.<br>         Hasta que al fin halló uno. Esta vez el nido tenía abejas oscuras, con una fajita amarilla en la cintura, que caminaban por encima del nido. El nido también era distinto; pero la gamita pensó que, puesto que estas abejas eran más grandes, la miel debía ser más rica.<br>         Se acordó asimismo de la recomendación de su mamá; mas, creyó que su mamá exageraba, como exageraban siempre las madres de las gamitas. Entonces le dio un gran cabezazo al nido.<br>          ¡Ojalá nunca lo hubiera hecho! Salieron en seguida cientos de avispas, miles de avispas que le picaron en todo el cuerpo, le llenaron todo el cuerpo de picaduras, en la cabeza, en la barriga, en la cola; y lo que es mucho peor, en los mismos ojos. La picaron más de diez en los ojos.<br>         La gamita, loca de dolor corrió y corrió gritando, hasta que de repente tuvo que pararse porque no veía más: estaba ciega, ciega del todo.<br>         Los ojos se le habían hinchado enormemente, y no veía más. Se quedó quieta entonces, temblando de dolor y de miedo, y sólo podía llorar desesperadamente.<br>         —¡Mamá!... ¡Mamá!...<br>         Su madre, que había salido a buscarla, porque tardaba mucho, la halló al fin, y se desesperó también con su gamita que estaba ciega. La llevó paso a paso hasta su cubil con la cabeza de su hija recostada en su pescuezo, y los bichos del monte que encontraban en el camino, se acercaban todos a mirar los ojos de la infeliz gamita.<br>         La madre no sabía qué hacer. ¿Qué remedios podía hacerle ella? Ella sabía bien que en el pueblo que estaba del otro lado del monte vivía un hombre que tenía remedios. El hombre era cazador, y cazaba también venados, pero era un hombre bueno.<br>         La madre tenía miedo, sin embargo, de llevar a su hija a un hombre que cazaba gamas. Como estaba desesperada se decidió a hacerlo. Pero antes quiso ir a pedir una carta de recomendación al oso hormiguero, que era gran amigo del hombre.<br>         Salió, pues, después de dejar a la gamita bien oculta, y atravesó corriendo el monte, donde el tigre casi la alcanza. Cuando llegó a la guarida de su amigo, no podía dar un paso más de cansancio.<br>         Este amigo era, como se ha dicho, un oso hormiguero; pero era de una especie pequeña, cuyos individuos tienen un color amarillo, y por encima del color amarillo una especie de camiseta negra sujeta por dos cintas que pasan por encima de los hombros. Tienen también la cola prensil porque viven siempre en los árboles, y se cuelgan de la cola.<br>         ¿De dónde provenía la amistad estrecha entre el oso hormiguero y el cazador? Nadie lo sabía en el monte; pero alguna vez ha de llegar el motivo a nuestros oídos.<br>         La pobre madre, pues, llegó hasta el cubil del oso hormiguero.<br>          —¡Tan!, ¡tan!, ¡tan! —llamó jadeante.<br>          —¿Quién es? —respondió el oso hormiguero.<br>         —¡Soy yo, la gama!<br>         —¡Ah, bueno! ¿Qué quiere la gama?<br>         —Vengo a pedirle una tarjeta de recomendación para el cazador. La gamita, mi hija, está ciega.<br>          —¿Ah, la gamita? —le respondió el oso hormiguero—. Es una buena persona. Si es por ella, sí le doy lo que quiere. Pero no necesita nada escrito... Muéstrele esto, y la atenderá.<br>         Y con el extremo de la cola, el oso hormiguero le extendió a la gama una cabeza seca de víbora, completamente seca, que tenía aún los colmillos venenosos.<br>         —Muéstrele esto —dijo aún el comedor de hormigas—. No se precisa más.<br>         —¡Gracias, oso hormiguero! —respondió contenta la gama—. Usted también es una buena persona.<br>          Y salió corriendo, porque era muy tarde y pronto iba a amanecer.<br>         AI pasar por su cubil recogió a su hija, que se quejaba siempre, y juntas llegaron por fin al pueblo, donde tuvieron que caminar muy despacito y arrimarse a las paredes, para que los perros no las sintieran. Ya estaban ante la puerta del cazador.<br>         —¡Tan!, ¡tan!, ¡tan! —golpearon.<br>         —¿Qué hay? —respondió una voz de hombre, desde adentro. —¡Somos las gamas!... ¡TENEMOS LA CABEZA DE VÍBORA!<br>         La madre se apuró a decir esto, para que el hombre supiera bien que ellas eran amigas del oso hormiguero.<br>         —¡Ah, ah! —dijo el hombre, abriendo la puerta—. ¿Qué pasa?<br>         —Venimos para que cure a mi hija, la gamita, que está ciega.<br>         Y contó al cazador toda la historia de las abejas.<br>         —¡Hum!... Vamos a ver qué tiene esta señorita —dijo el cazador. Y volviendo a entrar en la casa, salió de nuevo con una sillita alta, e hizo sentar en ella a la gamita para poderle ver bien los ojos sin agacharse mucho. Le examinó así los ojos, bien de cerca con un vidrio redondo muy grande, mientras la mamá alumbraba con el farol de viento colgado de su cuello.<br>          —Esto no es gran cosa —dijo por fin el cazador, ayudando a bajar a la gamita—. Pero hay que tener mucha paciencia. Póngale esta pomada en los ojos todas las noches, y téngale veinte días en la oscuridad. Después póngale estos lentes amarillos, y se curará.<br>         —¡Muchas gracias, cazador! —respondió la madre, muy contenta y agradecida—. ¿Cuánto le debo?<br>         —No es nada —respondió sonriendo el cazador—. Pero tenga mucho cuidado con los perros, porque en la otra cuadra vive precisamente un hombre que tiene perros para seguir el rastro de los venados.<br>         Las gamas tuvieron gran miedo; apenas pisaban, y se detenían a cada momento. Y con todo, los perros las olfatearon y las corrieron media legua dentro del monte. Corrían por una picada muy ancha, y delante la gamita iba balando.<br>          Tal como lo dijo el cazador se efectuó la curación. Pero sólo la gama supo cuánto le costó tener encerrada a la gamita en el hueco de un gran árbol, durante veinte días interminables. Adentro no se veía nada. Por fin una mañana la madre apartó con la cabeza el gran montón de ramas que había arrimado al hueco del árbol para que no entrara luz, y la gamita, con sus lentes amarillos, salió corriendo y gritando:<br>         —¡Veo, mamá! ¡Ya veo todo!<br>         Y la gama, recostando la cabeza en una rama, lloraba también de alegría, al ver curada su gamita.<br>         Y se curó del todo. Pero aunque curada, y sana y contenta, la gamita tenía un secreto que la entristecía. Y el secreto era éste: ella quería a toda costa pagarle al hombre que tan bueno había sido con ella y no sabia cómo.<br>          Hasta que un día creyó haber encontrado el medio. Se puso a recorrer la orilla de las lagunas y bañados buscando plumas de garza para llevarle al cazador. El cazador, por su parte, se acordaba a veces de aquella gamita ciega que él había curado.<br>         Y una noche de lluvia estaba el hombre leyendo en su cuarto, muy contento porque acababa de componer el techo de paja, que ahora no se llovía más; estaba leyendo cuando oyó que llamaban. Abrió la puerta, y vio a la gamita que le traía un atadito, un plumerito todo mojado de plumas de garza.<br>         El cazador se puso a reír, y la gamita, avergonzada porque creía que el cazador se reía de su pobre regalo, se fue muy triste. Buscó entonces plumas muy grandes, bien secas y limpias, y una semana después volvió con ellas; y esta vez el hombre, que se había reído la vez anterior de cariño, no se rió esta vez porque la gamita no comprendía la risa. Pero en cambio le regaló un tubo de tacuara lleno de miel, que la gamita tomó loca de contento.<br>         Desde entonces la gamita y el cazador fueron grandes amigos. Ella se empeñaba siempre en llevarle plumas de garza que valen mucho dinero, y se quedaba las horas charlando con el hombre. Él ponía siempre en la mesa un jarro enlozado lleno de miel, y arrimaba la sillita alta para su amiga. A veces le daba también cigarros que las gamas comen con gran gusto, y no les hacen mal. Pasaban así el tiempo, mirando la llama, porque el hombre tenía una estufa de leña mientras afuera el viento y la lluvia sacudían el alero de paja del rancho.<br>         Por temor a los perros, la gamita no iba sino en las noches de tormenta. Y cuando caía la tarde y empezaba a llover, el cazador colocaba en la mesa el jarrito con miel y la servilleta, mientras él tomaba café y leía, esperando en la puerta el ¡tan-tan! bien conocido de su amiga la gamita.<br><br></div>]]></description>
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         <pubDate>2020-08-10 19:55:52 UTC</pubDate>
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         <title>Las medias de los flamencos</title>
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         <description><![CDATA[<div>Hola les recomiendo este cuento porque es un cuento de aventuras y hay todo tipo de animales y es muy divertido!!! el autor es Horacio Quiroga. Santiago Pereira 5to turno tarde</div>]]></description>
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         <title>acqu</title>
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         <description><![CDATA[]]></description>
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         <pubDate>2020-08-19 13:32:17 UTC</pubDate>
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         <title>Kylie Jean Reina de la fiesta </title>
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         <description><![CDATA[<div>Morena Berbere soy de 5-A.<br>Este cuento lo recomiendo para a quienes les guste las fiestas, los regalos y las pijamadas. La autora de esta novela es por Marci Peschke.</div>]]></description>
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         <pubDate>2020-08-20 15:31:05 UTC</pubDate>
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         <title>“A que sabe la luna”</title>
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         <description><![CDATA[<div>Autor: Michael Grejniec<br>Alumna: Uma Canto, 5toA T.M.<br>Recomiendo este cuento por que lo leo desde que soy chiquita y siempre me gusta. <br>Hacía mucho tiempo que los animales deseaban averiguar a qué sabía la luna. ¿Sería dulce o salada? Tan solo querían probar un pedacito. Por las noches, miraban ansiosos hacia el cielo. Se estiraban e intentaban cogerla, alargando el cuello, las piernas y los brazos. ¿Quién no soñó alguna vez con darle un mordisco a la luna?</div>]]></description>
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         <pubDate>2020-08-28 17:03:12 UTC</pubDate>
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         <title></title>
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         <description><![CDATA[]]></description>
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